Escape

La ballena gris: Proeza migratoria

Entre enero y abril de cada año es la temporada de avistamiento de estos gigantes marinos en el estado mexicano de Baja California.

La Razón Digital / Víctor Quintanilla

00:00 / 20 de abril de 2014

El aire contenido en sus pulmones es expulsado con gran fuerza, se condensa y hace visible en una nube de vapor al entrar en contacto con un entorno más frío del que proviene. Su respiración se eleva entonces en un chorro de agua cuando parte de su anatomía se asoma a la superficie del mar.

Aunque incapaz de respirar por la boca, sino por espiráculos (orificios nasales sobre su cabeza) —como ocurre con otros cetáceos—, la ballena gris puede contener el aire bajo el agua de 15 a 50 minutos. Otra de las características de esta especie es la cercanía que le permite al ser humano. A metros de distancia, en un bote, éste puede verla y hasta sentir cuando la columna de agua que emana de su cuerpo le moja la cara.

Más aún, cada año, miles de ballenas gris se dejan ver junto con sus crías recién nacidas en las lagunas costeras de Baja California Sur, al norte de México. Migran a ese lugar para aparearse y, en el caso de las hembras ya preñadas, para dar a luz luego de 12 a 13 meses de gestación.

Su travesía no es corta. Estos grandes mamíferos recorren más de 12.000 kilómetros desde el Mar de Bering y los mares fríos de Alaska, pasando antes por las costas de Canadá y Estados Unidos. Su destino les recompensa. En él encuentran aguas, quizás frías para el hombre, pero templadas frente a las temperaturas glaciares en las que pasan gran parte de su vida, y más favorables a su proceso reproductivo.

A simple vista

Además, estas aguas de color verdoso contienen mucho plancton y kril (crustáceos), “el alimento que las ballenas necesitan para subsistir durante el apareamiento”, explica Eduardo Gómez, nativo de La Paz —capital de Baja California Sur— y guía turístico certificado hace 12 años. La ballena gris, detalla, no tiene dientes y atrapa su comida en el fondo marino mediante barbas o láminas con cerdas que funcionan a manera de filtro. La conoce muy bien. La ve con frecuencia en los paseos que organiza durante la temporada de avistamiento, entre enero y abril. Hasta febrero de este año, la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (Conamp) reportó el avistamiento de 2.500 ejemplares y el nacimiento de 850 ballenatos en los santuarios de Baja California Sur: Ojo de Liebre-Guerrero Negro, San Ignacio y Bahía Magdalena. La entidad prevé que los alumbramientos llegarán a 1.000 al final de la temporada. “La mayoría de los ballenatos nace en enero”,  precisa Eduardo.

La proa, parte delantera, representa las 12 y la popa, la trasera, las 6. Vista como un reloj por sus pasajeros y tripulación, la propia panga —una pequeña lancha— sirve de referencia para no perder de vista a las ballenas que dentro de poco emergerán por diferentes flancos. La travesía partió del Puerto Adolfo López Mateos, parte del complejo lagunar de Bahía Magdalena y localizado en el océano Pacífico, a tres horas y media de La Paz, en vehículo.

El paisaje que rodea a la embarcación es diverso. Dunas, barras arenosas, manglares, islotes, marismas y otros hábitats conforman ese mosaico. Y es que, de acuerdo con la organización internacional Costa Salvaje, la bahía, además de ser una zona clave para la reproducción de la ballena gris, es el humedal más importante de Baja California Sur. Los ecosistemas que alberga son esenciales en el mundo para la conservación de aves migratorias y residentes, el desove de peces y para la alimentación de cuatro especies de tortugas marinas en peligro de extinción.

Tras unos minutos de recorrido, la panga llega a una de las lagunas de crianza de la llamada Boca de la Soledad, la principal entrada al puerto.

“Ballena a las tres”, grita Eduardo para alertar a los pasajeros de la presencia de un cetáceo en el costado derecho del bote. A simple vista, el negro y gris de su cuerpo contrastan con el blanco de las cicatrices y manchas irregulares que tiene en la cabeza y con el blanco grisáceo de los percebes, un tipo de crustáceos que permanecen inmóviles y se aferran con fuerza a su piel.

A ese avistamiento le siguieron muchos otros. A la Boca de la Soledad llegaron otras tres pangas y, siempre en dúo —madre e hijo—, las ballenas se dejaron ver en distintos puntos de la zona, unos apacibles y otros con fuerte oleaje. Los pequeños botes, vulnerables a la marea alta, se tambalean con facilidad. Aun así, un ballenato con ganas de un encuentro amistoso, consigue reunir a todas las pangas en un mismo sitio. Las personas a bordo no dudan en ocupar solo uno de los costados de los botes, aunque ello los incline peligrosamente, para acariciar a la traviesa cría que se aproxima sin miedo.

Nacen en el agua y nadan de inmediato. “En tres meses, los ballenatos crecen el 60% de su tamaño total, se desarrollan muy rápido porque deben tener la fortaleza para realizar el viaje de regreso”, comenta Eduardo. Las crías nacen pesando entre 700 y 800 kilos, y midiendo unos 4,5 metros. Dependen de una dieta de leche los primeros seis meses de vida. “Los machos permanecen en mar abierto, embarazando a otras hembras”, añade el guía. En su etapa adulta, los machos miden 14,5 metros y las hembras, 15 metros, y pesan hasta 30 toneladas.

Lancheros y guías están tan familiarizados con las madres y sus ballenatos que con frecuencia pueden reconocerlos por alguna característica física o por su actitud frente a los visitantes. Por cuatro meses, los cetáceos son parte importante de su cotidianidad. “Es Olivia”, afirma Pedro García al verla. La hembra protege a su cría que, juguetona, pasa por debajo del bote, se asoma por uno y otro costado sin animarse a levantar la cabeza y dejarse rozar por los pasajeros que con desesperación baten el agua con las manos para atraerla. El lanchero recuerda el mal carácter de la madre que, días atrás, golpeó levemente su panga con la cola —ésta puede medir hasta 3,6 metros— y decide mover la embarcación hacia otro rumbo.

Luego de dos horas y media en la Boca de la Soledad, es tiempo de volver al puerto. La naturaleza no dejaría de sorprender en el camino de regreso.

Como reafirmando su presencia, dos ballenas adultas se reunieron en un mismo punto. Nadaban con cierta rapidez, no de lado a lado como los peces, sino batiendo su cresta dorsal o giba de arriba hacia abajo. Un poco más lejos de la panga, otra hizo algo no tan común en la ballena gris y más visto en otras especies como la jorobada. Saltó fuera del agua y cayó de costado, revelando sus aletas pectorales en forma de remo y, sobre todo, su inmensidad. Lo hizo tres veces para que en los espectadores no quede duda de la acrobacia.

Nivel de protección

La ballena gris se desplaza de manera lenta y vive cerca de la costa. Ese rasgo la hizo presa fácil de la caza y la sobreexplotación. Antes del siglo XX, la especie estuvo al borde de la extinción. El panorama es otro desde 1930, año en el que la Comisión Ballenera Internacional la declaró especie protegida, con la excepción de una cuota anual de caza de subsistencia para los aborígenes de la costa del Pacífico en la ex Unión Soviética. De acuerdo con datos de la organización intergubernamental, la población de ballena gris en el Pacífico oriental, aquella de origen mexicano, es de 20.000 aproximadamente. Y según la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) de México, actualmente son 25.000 los ejemplares nacidos en ese país, cifra similar a la existente hace 170 años. No ocurre lo mismo en el Pacífico occidental donde la situación de la ballena gris es muy vulnerable. En esa parte del mundo solo hay 130 de ellas como consecuencia del exterminio previo.

Las medidas orientadas a la preservación de los cetáceos en México fueron adoptadas en 1972, cuando se decretó la creación de los primeros santuarios balleneros en San Ignacio y Ojo de Liebre-Guerrero Negro. En 1998, también por decreto, se creó la Reserva de la Biosfera El Vizcaíno, un área natural protegida ubicada en el norte de Baja California Sur. El sitio, junto con otros parques naturales e islas del Golfo de California, fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2005. Dos años después, la medida fue extendida a su zona terrestre. Y es que la reserva no solo es santuario para la ballena gris, también lo es para otras especies de fauna como el león marino de California, la foca común, la ardilla de piedra y la rata canguro, entre otras.

La protección de los grandes mamíferos contempla además su avistamiento. En 2010, la Semarnat emitió una norma que establece lineamientos y especificaciones para las actividades de observación de ballenas. Esas directrices buscan su protección y la conservación de su hábitat. Entre otras cosas, la norma restringe el avistamiento en áreas naturales protegidas y en una franja de dos kilómetros de la costa hacia mar abierto, zonas donde las madres alimentan y cuidan a sus crías.

Fascinante. Lo es no solo por sus enormes dimensiones, sino también por emprender una ruta migratoria que desafía su sentido de orientación y su resistencia física. Su fin último es evidente: seguir siendo parte de este mundo. Los esfuerzos internacionales en favor de la ballena gris le han dado un respiro pero, como otros cetáceos, aún debe enfrentar situaciones de riesgo: derrames de petróleo, choques con grandes barcos, mallas de arrastre de la pesca industrial y otras cuyos responsables son aquellos a quienes se acerca en amigable convivencia.

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