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La biblioteca cautiva

Entre los ejemplares que el Editor tiene que volver a acomodar hay primeras ediciones y policiales baratos.

El Editor, 37 años. Se dedica al negocio de la impresión de libros. Vive en La Paz. Foto: Álex Ayala Ugarte

El Editor, 37 años. Se dedica al negocio de la impresión de libros. Vive en La Paz. Foto: Álex Ayala Ugarte

La Razón Digital / Álex Ayala Ugarte

00:00 / 17 de agosto de 2014

El hombre tiene 37 años, voz de radialista, ojeras pronunciadas de boxeador y peinado con la raya a un lado. El hombre vivió una juventud de libros prestados, en la que los cuentos y novelas pasaban de mano a mano como un juguete de playa, hasta que se les salían las hojas, hasta que los lomos volaban, hasta que quedaban inutilizados para una lectura clásica. El hombre, a quien a partir de ahora llamaremos el Editor, a veces lee durante el día y luego duerme sin silenciador, como un perro cansado. El hombre (el lector, el Editor) pasó casi dos años sin su gran amor, sin su biblioteca. Se la incautaron.

Un día —relata—, se marchó de casa tras una discusión, se le quitaron las ganas de volver y su novia —“Dalila, llámala Dalila”, me suplica—, que a partir de ese momento pasaría a ser la ex (su ex), secuestró miles de páginas repletas de palabras como veneno, odio, traición, desazón, manzana. “Yo le debía como 3.000 dólares y ella no confiaba mucho en mi buena fe. Imagino que por eso prefirió no devolver nada”.

Tras una ruptura —después de un “matricidio”—, a menudo una de las partes pierde un automóvil, la tutela de los hijos y también, el control de las cuentas bancarias. Se visitan abogados una y otra vez —hasta que un juez dicta sentencia—. Y se firman montañas de documentos repletos de fórmulas legales que inventaron señores de peluca y de toga en construcciones frías con estatuas de granito y escalinatas que nunca acaban.

En este caso, en el del Editor, no hubo un más allá —un hasta que la muerte (o el divorcio) nos separe—. Se trató de un simple alejamiento sin orden judicial, de un affaire que dejó de ser, pero la experiencia resultó igual de traumática, y con papeles de otro tipo de por medio. Dalila dejó marchar al Editor: le abrió la puerta. Y se la cerró a los más 1.500 títulos que su expareja había ido comprando desde los 18 años. A partir de aquel instante catastrófico, alrededor de 500 kilos de papel llenos de anécdotas, de pasión e intrigas, comenzaron a acumular polvo en algún librero de Dalila. O quizás en algún rincón oscuro. O sobre decenas de trastos inútiles, en una baulera. “Yo jamás le vi agarrar un libro mientras estuvimos juntos”, dice ahora el Editor. Seguramente exagera.

Chequeo médico

Cuando quiero averiguar qué funcionó mal en su relación, el Editor cae en el lugar común: “Éramos muy distintos”; en el mea culpa: “Jamás debí haberme enamorado”; en la resignación: “Hablaba más con su madre que con ella”; en la frase cifrada: “En mi cumpleaños, me regaló un chequeo médico”. Luego, suena en la calle la sirena de una ambulancia y me dice que todo fue un desastre, que ella comía demasiado sano, que le obsesionaba su apariencia física, que solía contratar a un personal trainer, que no  soportaba nada fuera de lugar: un poco de caos. “Y no era solo yo el que se molestaba. Ella probablemente me consideraba un pobre pelotudo de mierda. No nos aguántabamos”.

Antes de escapar de ella sin despedirse, el Editor agarró su ropa, un libro de ensayos sobre el fin del mundo y otro titulado Eros, la superproducción de los afectos. “Quizás no fue la mejor elección”, reconoce con una carcajada. Y me da a entender que desde entonces, cada vez que necesitaba alguno de los volúmenes en manos de Dalila, daba paseos sin saber qué hacer, como un turista en una terminal gigante de aeropuerto.

Hoy, en el living del departamento de soltero que ocupa el Editor desde hace algún tiempo, hay un cenicero repleto, latas de cerveza vacías, luz en abundancia y un olor leve a cartón y a establo viejo. También, una mesa para planchar, una plancha con la superficie helada, ropa (sin planchar) sobre el sofá, y 13 cajas que acaban de llegar, que contienen los más de 1.500 libros que le pertenecen por derecho (recuperarlos era un deber). “Y que están aquí, de vuelta, gracias a que terminé de pagar mi deuda”, me aclara. Luego, cuenta que Robert Plant, vocalista de Led Zeppelin, guardaba sus discos preferidos en la maletera de su carro por si alguna vez tenía que huir de una mujer. A continuación, señala que él debía haber hecho algo parecido. Y después, se ríe.

Entre los ejemplares que el Editor tiene que volver a acomodar —y que son una especie de currículum vitae para alguien como él— hay uno firmado por Ricardo Piglia, el setentón argentino que aún mantiene un diario personal y que sostiene que narrar es “como jugar al póquer”, una colección de Philiph K.

Dick, creador del mundo futurista de Blade Runner, policiales baratos, primeras ediciones y un libro con un título singular: Museo de la Novela de la Eterna. “Hecho de prólogos” —me explica—. “Su autor escribía influenciado por el fallecimiento de su esposa, y estuvo a punto de enloquecer”.

De los exámenes médicos que le obsequió su exnovia, el Editor asegura que salió indemne: “fuerte como un burro de carga”. Y, desde entonces, la salud sigue sin abandonarle. Estar tanto tiempo distanciado de su biblioteca, sin embargo, casi le mata.

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