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El bolso infinito

Marisol comenta que ella a veces busca lo que necesita sin mirar adentro, a puro tacto, por intuición.

Marisol Calle, 26 años, maquilladora y productora independiente. Suele trabajar en películas, documentales y anuncios para la televisión. Su bolso es un depósito de materiales de trabajo. Foto: Álex Ayala

Marisol Calle, 26 años, maquilladora y productora independiente. Suele trabajar en películas, documentales y anuncios para la televisión. Su bolso es un depósito de materiales de trabajo. Foto: Álex Ayala

La Razón (Edición Impresa) / Álex Ayala

00:00 / 21 de diciembre de 2014

El bolso rosado de Marisol Calle, de 26 años, es un agujero negro que todo lo traga. Marisol, que tiene el cabello corto y un peinado como de artista de cine, se gana la vida como productora independiente: trabaja en películas, documentales y anuncios para la televisión. Y su bolsón es una prótesis indispensable que siempre está ahí para rescatarla.  

Esta extensión artificial de uno de sus brazos, cuando está repleta —es decir, la  mayor parte del tiempo—, pesa igual que el cadáver de un animalito: entre cinco y seis kilos. Y Marisol (más conocida como Sol entre sus amigos) tarda alrededor de diez minutos en vaciar todo su contenido: tenazas, una tijera, varios estiletes, delineadores, arroz mezclado con un poco de harina (combinación muy efectiva para que la cerveza genere más espuma cuando quieren destacarla en los comerciales), látex y plastilina (para armar, por ejemplo, sonrisas de payaso malvado, cuernos puntiagudos, heridas realistas), un limpiador de vidrios que usa para adecentar paredes y muebles, otra tijera, pegamento,

toalli- tas húmedas, rollos de masking tape, cinta adhesiva de doble cara a la que no se le resiste nada, un alambre de amarre, un estuche con aguja e hilo, gomina, lápices, guías Pantone, otra tijera, tornillos, un encendedor, un peine de madera, un cepillo dorado, una pistola de silicona, guantes, desarmadores, un martillo, un serrucho. Los que no conocen bien a Marisol podrían confundir su bolso fácilmente con el kit de un asesino en serie. “Tengo hasta botecitos con sangre falsa en diferentes grados de descomposición”, bromea ella. Entre los mejunjes milagrosos que le han salvado en más de un entuerto hay un curioso líquido para zapatos que sirve para fingir canas en el pelo. Y en el interior de su bolsón infinito uno puede encontrar hasta un tapón de ducha.

Marisol me cuenta que ella a veces busca lo que necesita sin mirar adentro, por intuición. “Mi hermano, en cambio, creo que le tiene miedo —dice y se ríe—. Prefiere ir a la ferretería a comprarse una herramienta que hurgar en la bolsa hasta dar con ella”.

Una investigación de la empresa Initial Washroom Hygiene asegura que la superficie de los bolsos es un hábitat ideal para los gérmenes; y calcula que uno de cada cinco bolsones representa un peligro potencial para la salud del dueño. El de Marisol ocultó una vez una empanada que casi echa raíces: se volvió verde tras permanecer días en el olvido, quizá semanas. Y algunas de las manchas que lo salpican son tan evidentes y profundas que parecen la rúbrica rodeada de borrones de tinta de un notario inexperto.

Celular, llaves, documentos

El bolsón rosado de Marisol es un regalo que recibió hace seis años —durante su época de universitaria—, y obviamente no es el único de su colección, que contiene más de 30 piezas que ha acomodado en el armario de su habitación principal. Varias son de colección: morrales elaborados a mano por mujeres indígenas; y otras, minimalistas. “Algunas de ellas no las agarro nunca. Están ahí como recuerdo”, explica. Y después comenta que para las salidas casuales y para las fiestas suele escoger carteras pequeñas.

Su favorita, de color turquesa, tiene tres compartimentos —el más grande, para el celular y otras menudencias (una entrada para el cine, un palito de helado, un flash memory, un espejito, un monedero, una navaja); el siguiente para las llaves; y el último para las tarjetas y documentos—. No la suelta casi nunca, y le critican por eso. “Cuando voy de visita a algún lado, no falta quien piensa que me quiero ir porque no me la saco”.  

Entre las cosas más extravagantes que Marisol recuerda haber introducido en sus bolsones podemos mencionar un arma de fuego que no funcionaba —que acabó en la bodega de un avión de pasajeros sin que nadie lo advirtiera—, vibradores, condones, lubri- cante. “No para mí, para los rodajes”, aclara. Y considera imprescindible su set de maquillaje cuando sale de casa. Como a menudo anda a las apuradas, ha aprendido a ponerse guapa en los taxis y en los autobuses “Es solamente cuestión de práctica. Una labor en equipo con el conductor, ya que una depende sobre todo de sus movimientos”.

En 2011, la canciller alemana Angela Merkel causó revuelo en las redes sociales tras estrenar un bolso talla XL muy llamativo —color naranja— de 385 dólares. Marisol es mucho más austera en sus adquisiciones. Confiesa que su debilidad son los diseños extravagantes: “con púas o con forma de guitarra o de vinilo”. Y se declara una gran admiradora del de Ramona Flowers —un personaje de cómic que lo emplea como portal de teletransportación— porque piensa que a la hora de elegir la imaginación es el límite.

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