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A bordo del buscarril: De Sucre a Potosí por los raíles del cielo.

Betanzos no puede más que hacerme rememorar veraneos de cerveza lánguida y marisco omnipresente a orillas del Cantábrico. Con lentitud de cóndor ebrio vamos alcanzando tierras más amables, pero tal vez, qué le vamos a hacer, menos espectaculares.

La Razón / Pablo Cerezal

01:04 / 30 de junio de 2013

No son pocos los que gustan de merodear e indagar las procedencias de nombres, apelativos, patronímicos, epítetos y denominaciones. Bolivia, inmersa en la inevitablemente contradictoria herencia de los furibundos encontronazos y lascivos abrazos que a lo largo de toda su geografía se han dado, es lugar propicio para arriesgar en el juego de los orígenes. Ciertamente se encuentra, el país de los Andes, cicatrizado de batallas, presidios, hambrunas, expolios, pero también de amoríos, fraternidades, cópulas, vínculos, participados todos ellos por personas provenientes de lejanas tierras. Mayormente (pero no sólo) españolas.

Y comprende el viajero que no es baladí el brutal ministerio ejercido por las tropas hispanas, siglos ha, al recalar en una perdida localidad de nombre Betanzos (en el departamento de Potosí). En este caso el excursionista nació en la misma tierra que parió a aquellos atolondrados y exacerbados conquistadores que llegaron a Bolivia con ansia de novedad y murieron en ella hastiados de riqueza y añoranza. Y tal vez sea por ello que el nombre, Betanzos, no puede más que hacerme rememorar veraneos de cerveza lánguida y marisco omnipresente a la orilla del mar Cantábrico. Porque en España existe una localidad renombrada por su gastronomía y su dolcefarniente, cercana a dichas mareas norteñas, de nombre idéntico al del recoleto poblado del altiplano boliviano: Betanzos.

Y comentábamos al inicio lo dadas que son determinadas personas a buscar el germen, origen o causa de los nombres con que el camino o el vagabundeo les increpan. Lamento tener que proclamar aquí que, inserto en la geografía laberíntica del viaje, un servidor se olvida en no pocas ocasiones de la Historia y las leyendas, y se limita a recopilar coincidencias y amarrar concomitancias sin mayor ánimo que el de finalizar resumiendo algo tan obvio y banal como el famoso: el mundo es un pañuelo.

Ocurre que de los viajes y excursiones comienzo a sólo apreciar, cada vez con más intensidad, los rasgos y voces de esos pobladores que encuentro al hilo de una charla pausada y, si se tercia y es posible, un café de amanecida. Ha de ser la edad, ya quedó atrás la época inmediatamente posterior a los años de estudios, esa misma en que me enfebrecía de apasionado delirio estético al contemplar el flamígero vuelo gótico de la Catedral de León, la decadencia de mármol y tiempo del Partenón ateniense, el ensueño de acero y eternidad de la parisina Tour Eiffel, o la lúcida pasión de piedra y espanto del Muro de Berlín, por ejemplo.

Ahora, ya digo, me intereso mayormente por las gentes, las personas, su día a día, sus alegrías y desvelos.

Es así que en la boliviana Betanzos, sólo quise saber el porqué de su nombre una vez entablada conversación con el conductor del buscarril que, tras horas de surcar cordilleras y ahondar simas altiplánicas, había decidido aceptarme un cigarro y un breve cruce de palabras a la espera de que el tráfago de viajeros despejase el insólito trazado férreo por el que había de seguir desplazándose, moroso e insomne, el viejo carruaje de fabricación alemana.

El capitán

Basilio es uno de los encargados de pilotar ese arqueológico vehículo sobre los rieles casi celestiales de un trazado férreo que recorre amplias zonas de las cordilleras que dan forma al altiplano, de Sucre a Potosí y de regreso al punto de inicio. Los viajeros le conocen, le saludan, le charlan y comparten con él fragantes viandas, agrias sonrisas y escuetas habladurías y él acepta, saluda, charla y conoce sin desviar la mirada de las vías de tren sobre las que se desplaza a velocidad inauditamente lenta el aparato del que es capitán, con idéntica autoridad a la que detentan los patrones de yates, aeroplanos o trasatlánticos.

Capitán de ese cielo inverso que viene a romper mareas de nubes y amenazas de tormenta contra los atrevidos riscos de frío y estupor del altiplano.Ignora Basilio si el nombre de Betanzos procede de algún perdido conquistador hispano, al igual que ignoro yo el porqué de tal nombre en el pueblo gallego de la península ibérica. Pero me asegura que, de ser así, habrían pasado no pocas generaciones hasta que el labriego Miguel Betanzos, hijo de español exiliado e indígena boliviana, inició allá por el siglo XIX una denodada guerrilla contra los caciques de la zona, a efectos de reivindicar, para él y los suyos (entiéndase como suyos sus compañeros de fatigas) las tierras que le habían visto nacer. Lo cierto es que, desde aquel entonces, estas áridas lomas violentadas por el refrigerio calamitoso de los vientos andinos pertenecen a los campesinos, y son ellos los encargados de gestionar la prole de cosecha y mies de los surcos que las cruzan.

Algo así me relató Basilio, ya digo, pero esto ocurrió casi seis horas después de haber partido de la estación de El Tejar, en las afueras de Sucre (Chuquisaca), la nívea ciudad boliviana que juega, con notable éxito, a ser remedo de capital europea.

Es Sucre, efectivamente, punto de partida (también de llegada), en el trazado ferroviario que une esta ciudad con la mítica Potosí. Pero no muerde sus rieles ferrocarril alguno. No hay tren que recorra esta férrea trayectoria que une ambas localidades. Como sustituto a los vagones del ingenio eléctrico, recorre el trazado un viejo autobús marca Volkswagen, con capacidad para 30 personas, cuyos neumáticos han sido sustituidos por unas ruedas de hierro muy similares a las de los primeros trenes que vio nacer el mundo. Imagino que éstas habrán sido sustraídas a los añosos convoyes férreos que recorrieron, antaño, el país.

La primera estación (última si el recorrido se hace a la inversa), El Tejar, permanece anclada a la orilla del valle que inaugura las calles de Sucre, como flotando en una niebla de abandono intemporal, adultas ya las hierbas, crecidos los matorrales, plásticos y desperdicios entre sus raíles oxidados. Y el Jefe de Estación, de rostro esculpido a fuego por siglos de indigenismo resistente, se emplea a fondo en convencer al turista de que, a pesar de lo comúnmente comentado, no todos los bolivianos son reacios a entablar conversación con el extranjero. No sólo conversa y sonríe y agradece y abraza y estrecha manos y brazos, sino que se encarga de reservar al foráneo los mejores asientos, para que pueda gozar mejor del viaje. No es algo de lo que me sienta orgulloso, menos al observar cómo comienza a anidar en la estación un número considerable de aldeanos cargados de bolsos, aguayos, recién nacidos o recién iniciados en la pubertad, útiles de labranza, bolsas con fragantes alimentos recién extirpados al fogón y un sinfín de bultos que me hacen dudar de la posibilidad de que el anciano Volkswagen pueda cargar, como parecen pretender los viajeros. Los que alrededor del vehículo comienzan a apiñarse, son muchos más de los 30 que puede acoger cómodamente instalados en sus butacas. Comprenderé, después, que no es impedimento el viajar sin tomar asiento durante inacabables horas para quien no tiene otra manera de desplazarse.

Orgullo o prepotencia del viajero que, a pesar de tener por costumbre el hollar caminos poco transitados, pretende conocer mejor que los lugareños los métodos de subsistencia a emplear, en este caso para recorrer los pocos kilómetros que les separan de sus viviendas y a las que, de no ser por la existencia del buscarril, tardarían varios días en llegar.

Efectivamente, es este medio de transporte el utilizado por los pobladores de las montañas. Así pueden bajar a Sucre o Potosí para emprender la venta de los pocos puñados de alimentos que hayan logrado arrancar a la Pachamama y, de nuevo, regresar a su hogar. También es usado para hacer llegar paquetes y cartas a los vecinos de estas localidades que muerden el cielo y ven pasar los años al mismo ritmo pausado e indolente con que se trasladan las nubes, las estaciones, los nacimientos y fallecimientos de vecinos y familiares y, de tanto en tanto, la figura antediluviana y grotesca del buscarril, que rebana el cauto silencio de las cordilleras con su lento fulgor amarillo y el estrépito amable de su bocina.

Juana es una de las muchas personas que utilizan el buscarril, al menos un par de veces por semana. Una para desplazarse hasta Sucre, a efectos de disponer en las afueras del mercado municipal la recolección de papa que le proporcionará crédito suficiente para sobrevivir el resto de la semana. La otra para regresar a su casa, en las inmediaciones de la estación de Vila Vila, a casi 4.000 metros de altitud, y hacerse con una nueva carga de tubérculos. Y vuelta a empezar.

Juana no conoce el desliz placentero del fin de semana, ni tiene calendario laboral que la advierta de los días feriados. Ignoro su edad (prudencia obliga) pero aventuro que está más cerca del centenario que de la cincuentena. Sus manos acogen surcos más pronunciados que los que ha de arañar para extraer la papa de los ariscos campos. Su mirada se atraganta en una extraña intensidad que te obliga a olvidar lo anciano de su rostro. Su conversar es pausado, más por intentar encontrar las palabras adecuadas en español, creo, que por poca prisa a la hora de exponer sus pensamientos. Juana sólo utiliza la lengua de los antiguos conquistadores para mejor vender su mercancía en la ciudad. El resto del tiempo departe con vecinos, familiares y amigos en puro quechua.

Las risas de las mujeres

Y así, arracimado a la pausada conversación con Juana y absorto en la desconsolada belleza del paisaje colindante, las cerca de cinco horas que emplea el buscarril para llegar de Sucre al apeadero de Vila Vila se transforman en un placentero paseo por la orilla de la bóveda celeste.

Vila Vila viene a ser el punto intermedio del recorrido. No hay casas a la vista, ni calles, ni senderos, tan sólo la destartalada construcción que hace las veces de estación y en cuyas paredes apoyan su hastío numerosas mujeres que reciben la llegada del vehículo casi saltando de los lugares que ocupaban, lanzándose en pos de los viajeros que bajan a estirar las piernas, armadas de jugos, empanadas, api, cuñapés y otras artesanas viandas de rápida digestión y groseramente escueto precio.

Así que me abro paso entre las vendedoras que, al ver cómo pretendo ayudar a Juana a bajar del techo su aguayo, comienzan a reírse de manera estrepitosa y profieren palabras en quechua de las que, supongo, soy el único destinatario. Juana me agradece infinitas veces antes de internarse en la frondosidad moribunda del bosquecillo colindante, si despedirse. Aún le queda un paseo cercano a los diez kilómetros para llegar a su casa. Diez kilómetros, a 3.000 metros de altitud sobre el nivel del mar, con una edad matusalénica y un aguayo cargado de cachivaches al que mis estimaciones adjudican un peso cercano a los 20 kilogramos.

Adiós, Juana, un placer.

Hasta llegar a Vila Vila, el Volkswagen ha devorado apenas la mitad del recorrido total, que es de unos 175 kilómetros. La velocidad del aparato la ha mantenido Basilio, de manera constante, a unos 40 km/h. Al menos es lo que he podido advertir desde el privilegiado lugar que ocupo en el coche.

No es poca la importancia del trabajo que realizan Basilio y su compañero Carlos que hace el recorrido firmemente aferrado a lo que se supone es el asiento del copiloto.

Si utilizásemos uno de esos modernos programas que, en internet, permiten ver las imágenes de nuestros periplos vía satélite, nos sorprendería lo retorcido, enrevesado y caprichoso (a primera vista) del trazado que recorre el buscarril. Y no, no es caprichoso, sólo responde a la necesidad de salvar casi de manera constante terrenos lo menos irregulares posibles, para evitar una mala caída, un mortal traspié. Esto no siempre es cómodo, Basilio aparenta, quizás por ello, ser tan poco dado a más charla de la que emplea para saludar efusivamente a cada uno de los labriegos que, sin previo aviso, en un recodo del camino, aparece manoteando el aire. Alguno de éstos hace señas para que aminore la marcha. Basilio frena a pocos metros de la estoica figura que, sin impedimento alguno de los que serían propios de su edad, salta a bordo del vehículo casi antes de que la puerta haya quedado definitivamente abierta.

Y no son pocas las ocasiones en que Basilio ha de detener el vehículo de manera brusca y Carlos debe apearse para retirar de entre los raíles peñascos arrastrados por algún desprendimiento de tierra, e incluso algún animal hinchado por la descomposición que, imagino, pasó sus postreras horas a la espera de que algún caminante ocioso le restituyese el alimento y, de paso, la vida.

A casi 4.000 metros de altura sobre el nivel del mar, rodeados sólo por la inmensidad inabarcable de riscos y mesetas, sorprendidos ante la presencia lejana y minúscula de aquel puente que, al cruzar en el inicio del recorrido, supusimos inacabable y grandioso, esas personas que caminan como pastoreando los cielos, en el epicentro de la nada más absoluta, me recuerdan a aquellas figuras que, en la infancia, veía caminando al atardecer las inabarcables llanuras castellanas.

Antes, hoy

 En aquel entonces, a lomos del vehículo familiar, no podía dejar de preguntar a mi padre: “¿a dónde van?”, “¿de dónde vienen?”. A lo cual mi progenitor respondía lacónicamente: “A trabajar”. “De trabajar”. Claro, yo nunca pude imaginar dónde se ubicaría su lugar de trabajo. Más difícil es imaginarlo en estos parajes bolivianos que rezuman solitaria parquedad. Ni tan siquiera soy capaz de atisbar los supuestos cultivos que proporcionen alimento a los habitantes de estas regiones. Ni rastro tampoco de los animales de carga o tiro que les debiesen ayudar en sus duras labores campestres.

Juana intentó, momentos antes de llegar a Vila Vila, explicarme que la vida allá, en las alturas, no es tan difícil como pudiese aparentar. Yo no terminé de convencerme, y acusé a su escueto conocimiento del idioma español la imposibilidad de explicarme los arduos problemas a que, de seguro, se enfrentan los habitantes del altiplano para mejor sobrellevar el día a día.

Abandonamos Vila Vila y el estruendo comercial de las vendedoras de vituallas queda silenciado por el ronroneo monocorde del buscarril. Es entonces que el vehículo inicia un sosegado y parsimonioso vaivén que le lleva a ascender y descender por una sinuosa coreografía de terraplenes y simas, y por laderas imposibles que finalizan abruptamente en lagos, lagunas y cursos fluviales.

De pronto, allá abajo, puedo descubrir los primeros signos de vida organizada alrededor de campanarios enhiestos y sembradíos hortícolas profusos en colorido y variedad. Con lentitud de cóndor ebrio vamos alcanzando tierras más amables pero tal vez, qué le vamos a hacer, menos espectaculares. Aún hay quien pide parada en medio de la nada y desciende trabajosamente de la vieja vagoneta. Por más que intento adivinar su recorrido, lo pierdo en el primer recodo pedregoso.

Hasta que arribamos a Betanzos y, ante la inminente parada de diez minutos que anuncia Basilio, doy inicio a la manufactura de un cigarro y decido fumarlo, una vez detenido el vehículo, en su compañía. El hombre acepta mi ofrecimiento tras inquirir insistentemente si no es marihuana lo que inhalan mis pulmones. Le tranquilizo haciéndole ver que sólo es tabaco. Acepta. Fuma en silencio. Le explico que existe un pueblo en España de igual nombre, una localidad cercana a la costa cantábrica, y él me relata la historia de rebelión y venganza de Miguel Betanzos, el guerrero criollo.

Nos encaramamos de nuevo en el vehículo, Basilio y yo por la misma puerta; el herrumbrado Volkswagen tiene el portón del conductor indefinidamente sellado.

Abandonamos Betanzos y nos internamos en la extensa y, ahora sí, tediosa línea recta que nos conduce hasta la ciudad de Potosí. Llegando a la ciudad arrecian los vertederos provocados por las industrias de extracción mineral. Los flancos del recorrido se pueblan de uralitas y miradas hoscas a orillas de los raíles. Una negrura como de fin del mundo asfixia el ambiente, y los ya escasos viajeros entran en un estado de sopor macilento.

Tras unas horas de recorrido que amenazan dar al traste con lo bucólico del desplazamiento, al fondo, recortando el firmamento con su doloroso perfil de hambre y avaricia, aparece el Sumaj Or-cko, el Cerro Rico que mis antiguos compatriotas desvencijaron en su loca orgía de rapaz codicia, para arrancar a la Madre Tierra sus vísceras de plata. Y una vez arrancadas éstas, enviarlas hasta la corte hispana a fin de que ésta pudiese pagar las deudas contraídas con la recién nacida banca británica. Ése fue el inicio de la loca carrera mercantilista de avasallamiento y desguace a cuyos estertores, quiero imaginar, asistimos.

El último tramo

Como presagiando las malas vibraciones que todavía enredan la brisa potosina, el cielo se torna desmesuradamente oscuro y el buscarril sufre una avería que le obliga a detenerse casi a las puertas de la segunda ciudad, poblada por más de 100.000 habitantes, más alta del planeta, entre chabolas ruines y miradas envenenadas por la ociosidad de la pobreza.

Basilio resopla. Mira hacia atrás, pronuncia unas palabras en quechua que sirven de acicate para que los pocos oriundos despierten de su estado de somnolencia y abandonen el vehículo antes de entrar en la estación, retorna su mirada hacia mí a la par que recupera su habitual silencio, mira al frente, da vuelta de nuevo a su cabeza, me sonríe y pregunta: “¿Me invitas otro cigarro de esos? Creo que esto va a llevar su tiempo”.

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