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La cabeza de Zepita

El Papirri recuerda cómo era la Pérez Velasco, centro de personajes con historias dispares, abogando por la recuperación de su mítico paisaje .

Foto: El papirri

Foto: El papirri

La Razón (Edición Impresa) / El papirri

00:00 / 15 de marzo de 2015

Sentada en la oreja de la cabeza de Zepita/ está la Margarita aspirando thinner/ Candidato en la polera, sopleteada de cebollas/ 15 años en las pecas, y su ombligo vocaliza cinco meses”, así inicia la canción mía dedicada al ícono urbano de mi ciudad de La Paz. En aquella intensa década del 90, desde la Casa de la Cultura paceña, observaba admirado transcurrir todo el linaje vital, todo el impulso de mi ciudad en la Plaza de los Héroes y en el latido mítico de la plaza Pérez Velasco. El corazón paceño, así de grande, pulsaba vigoroso sus hilos de solidaridad en ese territorio trascendente. Allí nos encontrábamos, nos descifrábamos. Era de ver a los aymaras urbanos lustrándose los cachos vía cajón celeste k’este. Pobres, dignos, esperaban, miraban siempre desde aquella alturita: ellos eran los héroes de la plaza.

La Pérez Velasco lograba que La Paz siempre estuviera de Navidad. La cabeza de Zepita nos congregaba, volteaba gobiernos, los mártires alimentaban a las apachetas de la escultura de Ted Carrasco (una composición artística con piedras sagradas), erigida como centro capital, como taypi paceño. A partir de allí se levantaba la intensa visión del casco histórico, desde San Francisco para atrás, con sus adoquines auténticos de lomo de ballena, brillando. Era de verse los colores del pasaje de las flores, los coleccionistas de libros pagineando. “¡Nos vemos en la Pérez!”, señalábamos felices rebalsando salteñas. En las noches se encendía aquella festividad imperecedera, las caseras de sucumbé hacían pasar el frío, los anticuchos afeitaban las estrellas. En las mañanas, los excombatientes ponían y sacaban gabinetes, los lustras descansaban jugando un partidito, el p’ajpacu de la esquina vendía rata calva sin amebas, los choros te invitaban chicle.

De pronto llegó la violación del espacio, la amputación del imaginario, la apropiación indebida. Transformaron a la fuerza el corazón paceño en hígado, en bilis, en no lugar. Construyeron —con nuestra plata— un bloque de cemento de mal gusto, una especie de mercado con textura de terminal, un remedo de market que quebrantó el centro histórico de La Paz. Cercenaron la obra de Carrasco, arrancaron el taypi declarando que infringía el paisaje urbano. Aquella horrible pasarela liquidó nada menos que a la Pérez Velasco, volviéndola un viaducto solitario, gris y peligroso.

Siento que la denominada Plaza Mayor paceña es el símbolo de un pensamiento colonial depredador, discriminador, deshumano. La gestión edil pasada arrasó sin miedo con el corazón de La Paz. El patrimonio tangible de la ciudad fue quebrantado con daños irreversibles, con topadoras ignorantes. La obra de Ted Carrasco —un complejo artístico que no solo incluye la cabeza del gran Andrés de Santa Cruz— fue destruida y puesta en un gallinero (leer Mariano Baptista, en esta separata). Las apachetas sagradas que en la punta hacían navegar a los espíritus rebeldes fueron hechas polvo. La venerable Plaza de los Héroes —territorio solemne paceño— vuelta  ceniza por técnicos de fruslería que querían un parqueo para aquel mercado. Y lo peor, el patrimonio intangible fue amputado: la visión del ícono, el vigor del taypi, la celebración del artista callejero, la ilusión del desempleado, la valentía del mártir aymara en la guerra del gas, la alegría del mockochinchi, las caseras y su linaza esparcida, las flores espontáneas, los hermanos lustras de Alpeve (Asociación de Lustracalzados de la Pérez Velasco) generando su milagro, alimentando a miles de niños y adolescentes trabajadores, toditos perseguidos, arrasados por una visión edil pseudo modernista que invoca al cadalso ultramarino, que insta a regar a los más pobres con agua helada para retirarlos de la “culta” Plaza Mayor. Y los paceños, ¿dijeron algo? Parece que no, aceptaron en su rutina tensa la transgresión de la memoria. Me queda admirar aún más a esta ciudad de Quito que creó un Fonsal (Fondo de Salvamento) que resguarda su casco histórico de los disparates de algún “corregidor” de turno, recreando su memoria de manera respetuosa, restaurándola e interviniéndola con amor y consenso. Si esta “intervención” se realizaba en Quito, las autoridades ediles autoras serían rigurosamente castigadas por terrorismo cultural al centro histórico.

Algunos soñamos con retornar el complejo artístico de Ted Carrasco a su venerable lugar en un acto de reparación histórica y humana. Y resucitar a la Pérez Velasco. Entonces La Paz rugirá de nuevo, reciclará esta desventura con el verdadero sentido común del paceño caminador de sus subidas. La Paz debe  recuperar su ajayu, sus apachetas, su espacio solidario, superando el abuso de los que solo la conocen desde sus autos oficiales. Mientras tanto, hay que pararlos y prevenir más transgresiones urbanas, convocar de emergencia a los paceños de verdad a frenar el exterminio, son capaces de poner  ascensor en Las Velas, un mall en el Tambo Quirquincha, pavimentar la Jaén, un supermarket en el Illimani, creando —eso sí— más puestos policiales sin motivo que solo traen desolación.  Ojalá el nuevo Gobierno municipal nos devuelva la legendaria Plaza de los Héroes, nos proteja de tanta inauguración de pacotilla, renueve y convoque nuestra alma inclusiva, nuestra vida fraterna, nuestra La Paz del trato amable, la del artesano creativo, la del comerciante respetuoso, La Paz humana, la del encuentro, la solidaria, alegre y con memoria. l(*) El papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

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