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El cachudito de Yungas. La pérdida de la queñua lo pone en peligro

Se reproducen una vez al año y ponen dos huevos. El cuidado de las crías se realiza siempre en pareja.

La Razón / Liliana Aguirre

00:00 / 01 de septiembre de 2013

Su trino es un gorjeo cuyos tonos suben y bajan, agradables para el oído. Aunque parece que estuviera cantando, en realidad está marcando su territorio ante cualquier amenaza. Tiene unos 13 centímetros de largo, plumaje gris y un peso que oscila entre nueve y 11 gramos. Es el Anairetes alpinus o cachudito pechicenizo, como se lo denomina coloquialmente, un pájaro que habita en los bosques de queñua de los Yungas. Los peligros que lo acechan son tan grandes que ni aunque cante con todas sus fuerzas podrá espantarlos, pues no dependen de él.

“Esta ave de alas negras está en peligro porque su hábitat está siendo amenazado principalmente por tres factores: la tala de los árboles en los que vive, las quemas accidentales, que se expanden, y la ganadería”, explica Isabel Gómez, responsable del Departamento de Ornitología de la Colección Boliviana de Fauna (CBF), dependiente del Museo Nacional de Historia Natural de Bolivia.

La bióloga, que durante más de diez años ha trabajado en investigaciones sobre estas pequeña aves y cuyas conclusiones se compilan en el Libro Rojo de la fauna silvestre de vertebrados de Bolivia, indica que la población no supera los 1.000 integrantes y puede decrecer considerablemente hasta el punto en que no pueda recuperarse. “Están en peligro porque, al vulnerar su hábitat, mueren, ya que son poco flexibles para adaptarse a otro entorno”, dice con un gesto de preocupación. Según el Libro Rojo, el cachudito pechicenizo está en peligro. La destrucción de su hábitat es una de las mayores amenazas que dificultan su supervivencia. Vive en los Yungas, en el norte del departamento de La Paz, concretamente en los árboles conocidos como queñua (Polylepis), de la que hay 13 tipos en Bolivia, según el estudio Diversidad del género Polylepis (Rosaceae, Sanguisorbeae) en los Andes peruanos (realizado por la Universidad Mayor de San Marcos, de Perú).

Los bosques de Polylepis son escasos y, además, los lugareños tienen por costumbre usar esta madera como leña en la cocina. También sufren los incendios que se originan con los chaqueos, que los destruye. Y, por si fuera poco, las vacas se comen los tallos de esta planta. “Es especialmente durante las épocas secas cuando el ganado vacuno pone en peligro los brotes de queñua, mientras que en las de lluvias el pasto está crecido, por lo que no hay tanto problema”, explica Gómez.

Al perder su área, este animal está condenado a la desaparición. “Son muy territoriales. Su refugio es muy particular porque son bosques húmedos de aproximadamente cuatro hectáreas y en ellos habita su alimento: los insectívoros”, agrega Gómez. Los cachuditos no se adaptan a otros árboles que no sean queñuas y, cuando pierden su hogar, vagan buscando qué comer hasta que les fallan las fuerzas y dejan de aletear.

Esta ave existe sólo en el oeste de Bolivia (en las cordilleras de La Paz y Apolobamba), donde se registró por primera vez en 1935, y en el sur de Perú.

A fin de combatir las amenazas que ponen en peligro de extinción a este animal, la CBF ha trabajado en proyectos para resguardar la vida del ave. “Lo primero que hemos hecho ha sido intentar recuperar los bosques o restaurarlos, y para ello se han plantado las semillas de queñua”, explica la ornitóloga.

Además, se ha trabajado con las poblaciones cercanas a los bosques donde vive el pájaro para que se involucren en su cuidado. “Son pequeñas comunidades en la Cordillera de Apolobamba y en Pongo.  La temática medioambiental es la que se abordó con ellos para que conozcan el problema que atraviesa la especie del cachudito pechicenizo”.

La bióloga añade que se han centrado en reducir la destrucción y extracción de leña de Polylepis y lo primero que la CBF hizo fue instalar cocinas más eficientes que reducen el consumo de combustible. “También hemos plantado árboles alternativos cerca de la comunidad, que ayudan a que no vayan al bosque a cortar la queñua y usen estas otras especies”. La conservación y restauración del hábitat de esta especie ayuda, además, a evitar el deterioro del piso que se produce con las precipitaciones. “Los bosques de queñua regulan el clima, conservan el agua de lluvia y facilitan que se infiltre en la tierra.

Disminuyen la erosión y mantienen el ciclo de los nutrientes en la renovación del suelo”.

“Para encontrar al ave usamos una grabación con su canto porque ellos se hacen ver cuando sienten la presencia de un pájaro extraño, ya sea o no de su especie, en sus dominios”, comenta Gómez. Durante las investigaciones, la ornitóloga ha marcado a un par de aves con anillos plásticos de colores que se colocan en las patitas, para reconocerlas y hacerles seguimiento a lo largo de su vida. “Un año  después (del marcado) las encontramos cuidando un nido y alimentando a sus crías”, cuenta.

Una vez al año, en noviembre, se produce el apareamiento. “En la época húmeda ponen dos huevos que resguardan en un nido en forma de copa, cubierto de musgos, y forrado por dentro con sus plumas para que sea suave al tacto”, explica la bióloga. Tras casi cuatro semanas de incubación, nacen los pequeños cachuditos. Tanto la hembra como el macho cuidan a sus polluelos y les traen insectos.

A pesar de tener todo en contra, la dedicación de los Anairetes alpinus con sus crías se torna en una esperanza para la especie, una vez que estos nuevos individuos alzan el vuelo.

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