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La caja roja

Iván casi siempre vuelve de Alemania con alfombras que otros botan y que él reutiliza en su casa.

Iván Nogales, 51 años, sociólogo y actor. Director ejecutivo de la Fundación Compa. Foto: Álex Ayala Ugarte

Iván Nogales, 51 años, sociólogo y actor. Director ejecutivo de la Fundación Compa. Foto: Álex Ayala Ugarte

La Razón (Edición Impresa) / Álex Ayala Ugarte

00:00 / 30 de noviembre de 2014

La caja roja de Iván Nogales probablemente todavía existe, pero ha desaparecido. Su primer dueño fue Indalecio Nogales, su padre, uno de los miembros de la guerrilla boliviana de Teoponte —que defendió los ideales del Che Guevara tras su muerte—. Indalecio también se esfumó del mapa, como la caja. Se despidió entre lágrimas dos días después del nacimiento de su segunda hija y no volvieron a verlo. “Suponemos que lo asesinaron           —suspira Iván—. Hasta el momento nadie ha podido encontrar el cuerpo”.

La caja roja era un gran cubículo de madera de casi metro y medio de altura que Indalecio usaba casi a diario. “Era su mesa oficial de trabajo.

Como todo perseguido político, mi padre se vio en la necesidad de hacer un poco de todo para sobrevivir. Y gracias a ella, se convertía en carpintero, mecánico, pintor o plomero”, comenta su hijo.

Iván heredó la caja roja a los seis años —cuando Indalecio decidió unirse a los combatientes guevaristas—. Por aquel entonces, era muy pobre.

Vivía junto a su madre y sus dos hermanas en un cuarto con una única cama que ocupaba la mayor parte del espacio que había. Y agarró la costumbre de revolver en un vertedero para buscar cosas con las que distraerse: piedras llamativas, envases chiquititos para guardar fósforos, pedacitos sueltos de cacharros rotos. El botín recolectado lo metía luego en la famosa caja. Y él también solía introducirse en ella para jugar alumbrado por la luz de una vela.     

Cuando creció, Iván estudió sociología, y cambió los estercoleros por la Feria 16 de Julio, uno de los mercados de pulgas al aire libre más vigorosos de América Latina. “Me convertí en un cachivachero —piensa en voz alta—. Algunos me tomaban por un loco y me llamaban el rey de la basura porque acumulaba lo que me compraba o me regalaban casi a la intemperie, bajo algunas calaminas. Pero en el fondo lo que hacía  y lo que sigo haciendo es recuperar tesoros perdidos en medio de supuestos desperdicios”.

Teatro Trono

Entre los objetos que Iván ha ido acopiando hay gorras, sombreros, monedas antiguas, faroles, muñecos, campanas, dados, obras de arte que a veces cuelga en horizontal en el techo, paraguas. Y también, puertas de autobús, molduras y ventanales.

Esas molduras, esas puertas, fierros, chatarras y otros materiales forman parte ahora de una emblemática construcción de siete pisos de Ciudad Satélite, uno de los barrios más dinámicos de la ciudad de El Alto. Iván se instaló aquí junto a siete chicos de la calle cuando esto era apenas una humilde vivienda, y convivió con ellos alrededor de siete años. “Fue maravilloso, muy duro, complicado, bueno, tragicómico, poético, un poco de todo”, recuerda. Juntos montaron el teatro Trono. A veces, salían a una esquina a actuar sólo para alimentarse. Querían convertirse en reyes de la imaginación y lo consiguieron.

Hoy, el estrambótico edificio, diseñado por el propio Iván, es una fundación —Compa— que da cobijo a artistas populares; que imparte talleres regularmente; que cultiva (junto a un grupo diverso de visionarios) la que ha sido bautizada como cultura viva comunitaria; que recorre pueblos en un camión que se convierte en escenario; que también se mueve a países lejanos; y que acumula alrededor de 300.000 kilómetros en viajes, una distancia equivalente a dar siete vueltas y media a la circunferencia terrestre.    

Cuando les invitan a Alemania, Iván casi siempre regresa con alfombras que otra gente bota. “Las empleo para envolver el resto del equipaje, para armarlo a modo de atado”, explica. “Y después las reutilizo: son las que ahora estamos pisando” (se sonríe).

Su casa, que ocupa todo una planta de la institución, es un garzonier enorme en el que las habitaciones las conforman los propios muebles y los artefactos apilados como si fueran muros. Un decorado imposible en el que hay un retrato de Lenin, una máscara del Circo del Sol, imanes para refrigerador, un viejo brasero que modificó para volverlo velador, máquinas de fotos de la época del daguerrotipo, marcos sin cuadro, marcos sin espejo, cuadros sin marco, un rincón muy cotidiano con los trastos de su hija de seis años, relojes, revistas, sillas, timbres. Y además, una maleta con separaciones para acomodar casetes, portadocumentos, carteras, chuspas, bolsones de tela y de cuero.

Iván me muestra su colección de chucherías con la cara emocionada de un astronauta cuando pasea lejos de nuestro planeta, y se toma unos segundos para extraer de una de sus bolsas un libro que le dio su padre —Mi amigo el Che, seguramente lo único que salvaría en un incendio—.

Después me dice que su hogar es como la caja roja que se le extravió. Y luego asegura que no ha dejado de ser un niño en todo este tiempo.

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