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El camino hacia el tatuaje

Los filipinos pueden convertir el objeto más gris y sencillo en algo que brille con luz propia pues le aportan vida, pasión.

Alba González

00:00 / 17 de agosto de 2014

Voy de camino a Tinglayan, una zona al norte de Filipinas llena de historia, testigo de diversas culturas. Me esperan unas cuantas horas de viaje en autobús o en jeepney, como lo llaman en este lugar del mundo. En un principio estos vehículos eran jeeps militares estadounidenses de la Segunda Guerra Mundial, pero los filipinos decidieron añadirle color, al igual que hacen con todo. Los filipinos pueden convertir el objeto más gris y sencillo en algo que brille con luz propia pues le aportan vida, pasión. Es algo que admiro de ellos, lo fácil que les resulta mirar la vida desde un ángulo más sencillo y dibujar una sonrisa sea cual sea la situación.

Algo curioso sobre los jeepneys es que siempre hay hueco para alguien más, no importa lo apretados que estén dentro.

Duermo toda la noche y cuando me despierto ya he llegado a donde tengo que esperar al siguiente autobús que me lleve a mi destino, a casa de Whang Od, la última tatuadora kalinga.

La tribu kalinga es uno de los mayores grupos etnolingüísticos que habitan en el norte de la isla de Luzón.

En el autobús ya todo el mundo me conoce por ser la única extranjera y tienen curiosidad por saber de dónde vengo. “¡Ah, eres de Castilla!”, me dice el señor que se sienta a mi lado.

Hay un tramo en el camino en el que todos, casi al unísono, insisten en que haga fotos a la Bella Durmiente. Me asomo por la ventana para así observar a lo lejos una montaña con forma de mujer acostada.

Los filipinos tienen muchas leyendas basadas en la naturaleza. Esta en concreto es especial porque es uno de los cuentos infantiles más apreciados entre los kalinga. La historia cuenta que había dos amantes de tribus distintas que fueron separados trágicamente por una guerra. Él murió, pero ella sin saberlo se quedó esperándole en la cima, eternamente.

De ahí la forma que tiene la montaña, esa silueta de bella durmiente.

En uno de los tantos altos que hacemos voy a estirar las piernas y me paro por un momento. Me sumo en el encanto de las vistas y en la autenticidad de la gente. Ya casi estamos llegando. Cuando digo casi es que faltan unas tres horas más, por caminos sinuosos y haciendo paradas a cada rato pero me centro en disfrutar las vistas que me brinda este paraje.

¿Que por qué he venido hasta aquí? Pues bueno como muchas más personas que vienen a esta zona de todas partes del mundo, a ver a Whang Od, una de las ancianas más longevas de la tribu.

Hasta hace poco esta tradición tan propia de la cultura tribal kalinga iba a desaparecer cuando ella falleciera. Hoy en día, sin embargo, una sobrina suya ha aprendido las técnicas propias de este magnífico arte y con ella crece la seguridad de que la belleza de estos tatuajes no se perderá en los recuerdos. Esta práctica se ha utilizado durante siglos como lenguaje de la piel, ya que simboliza la hermosura en las mujeres y la valentía en los hombres. En este último caso aquellos que cuentan con un águila en el pecho es porque en su día, durante la Segunda Guerra Mundial, cortaron la cabeza a uno de sus enemigos japoneses.

He llegado. Me despido del autobús, una gente encantadora, me dicen que tenga cuidado y yo, sigo mi camino.

Bajo un sol infernal y una humedad del 80% empiezo a subir la montaña que me lleve a Buscalan. La naturaleza que me rodea es sobrecogedora.

Sigo andando y los paisanos, curiosos, me preguntan a dónde voy y de dónde vengo. Me uno a un grupo de colegialas y subimos juntas a la aldea.

Me acompañan a su casa. Un señor me recibe.

— Whang Od está durmiendo la siesta un rato, ¿quieres un poco de café más mientras se despierta?

— Claro, vale. ¡Cómo decir que no a un café así!

Lo saboreo con gusto y pienso que en pocos sitios me puede saber mejor que ahí, rodeada de montañas y gente auténtica. Alrededor de mí hay cerdos, niños medio desnudos corriendo de un lado a otro y tranquilidad, la tranquilidad de vivir en el ahora. Escribo en mi cuaderno, ha sido un día tan largo que me cuesta recordar lo que he hecho por la mañana. Mis más de 20 horas de viaje han merecido la pena. Aquí estoy y sí, voy a hacerlo.

Whang Od se despierta tranquila, serena, con la sabiduría y aplomo de alguien que ha visto mucho en la vida. Sale del pequeño saloncito de donde duerme y me sonríe. No habla inglés, pero esa mirada me lo dice todo.

No me puedo creer que la tenga enfrente. Me dijeron que tenía 94 años, pero a mí no me lo parece para nada ¿Cuál será su secreto?

Lleva un pañuelo en la cabeza y su cuerpo está lleno de tatuajes por todas partes. Se sienta en el suelo y empieza a jugar con los niños. Para sentir su ternura no hace falta hablar ningún idioma. Whang Od es la última tatuadora de la tribu kalinga y eso la ha hecho famosa en el mundo entero.

Me llevan a otro sitio donde tienen las herramientas preparadas. Dos banquetas, un coco que sirve de recipiente para la tinta y una aguja y, ¡menuda aguja!

Venga, ya no hay vuelta atrás…

Mientras el sobrino le explica a Whang Od el dibujo que quiero yo digo madre mía, ¡lo voy a hacer de verdad!

El dibujo lo he elegido yo porque es un símbolo que significa mucho para mí y con este viaje de Asia ha cobrado incluso más sentido. Se puede elegir cualquiera de los modelos que tiene en un cuaderno, pero yo tenía claro lo que quería.

Me siento en la banqueta y extiendo mi brazo. Prefiero no mirar.

Vuelvo a mirar el clavo que sirve de aguja, tiene unos cuatro centímetros y está hecho con una espina de una planta que a su vez está unida a un palo de bambú. También se ayuda con una ramita de calamansi, algo parecido a la lima que crece en Filipinas (y que por cierto usan en muchas comidas y para aderezar sopas).

Empieza a golpear el palo. Cierro los ojos. Madre mía, esto sí que duele. Es un dolor que te penetra el ser, como cuando te pellizcan por mucho tiempo. Lo peor es que no se acaba cuando dejan de pellizcar porque siguen y siguen.

Acabamos. Uf, ya ha pasado. Menos mal que es pequeñito el tatuaje…

Whang Od se va a descansar y viene su sobrina, la única que ha heredado el arte del tatuaje en la aldea. Tiene 26 años y estudia en la universidad, pero mientras tanto ayuda a su tía y algún día será ella la única que haga tatuajes en Buscalan. Por lo menos la tradición seguirá viva.

Me repasa el tatuaje, siento cómo se hincha mi muñeca pero yo me convenzo de que todo va a ir bien, de que el dolor pasará.

Me levanto victoriosa, como una guerrera. Y ahora ¿qué? Siento que no puedo hacer nada con el brazo izquierdo. No me atrevo a tocar nada.

De vuelta me encuentro con dos chicos, un francés y un alemán que están de viaje por la zona y vienen a hacerse un tatuaje también.

Nos vamos juntos a ver los campos de arroz. No hay palabras, os dejo las imágenes, hablan por sí solas. Ese momento me pareció tan valioso y precioso que no paré ni un segundo de hacer fotos.

Me invitan a cenar arroz y pescadito. Es hora de descansar. Ha sido un día muy largo. Me dejan dormir en la primera planta de la cabaña, donde lo hacen casi todos los huéspedes, una habitación llena de fotos y recuerdos de Whang Od.

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