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Los caminos hacia el Agua

Vivir sin acceso al agua potable es una realidad que afecta a muchas familias en el país.

La Razón (Edición Impresa) / Isabel Gracia

00:00 / 27 de julio de 2014

Eustaquia Choque Mamani se levanta todos los días, sin excepción, a las 05.30. Antes de que el sol bañe el altiplano con sus primeros rayos y cuando aún persiste el frío de la helada nocturna, sale hacia el río más cercano para recoger el agua que necesita para cocinar, para lavar, para asearse, para vivir. En su hogar es ella la encargada de realizar esta actividad. Lo hace desde que tiene uso de razón. Se calcula que en muchas zonas rurales del mundo, mujeres y niñas invierten cuatro horas al día para ir a buscar agua. Aproximadamente 120 horas mensuales que no pueden dedicar a estudiar, a formarse o a participar en actividades de su comunidad. En Bolivia, Eustaquia y su familia forman parte del 20% de la población que todavía no tiene acceso a agua potable.

No hay que ir muy lejos de la cosmopolita La Paz para encontrarse con esta realidad. A menos de 30 kilómetros se encuentra Viacha, un vasto municipio compuesto por 64 comunidades, de las cuales ocho no cuentan todavía con acceso a agua potable y saneamiento básico.

Atravesando los caminos angostos de tierra y piedra que conectan las áreas más aisladas del municipio, se llega a Jekeri, una comunidad rural en la que viven 110 familias. Varias mujeres descienden desde una montaña con baldes vacíos en dirección al río y algunos hombres pastorean su ganado ovino y vacuno, la principal actividad de la zona, junto con la agricultura de papa, chuño y quinua. Las montañas que componen el paisaje se ven salpicadas de dispersas casitas de adobe y paja.

“Hay miedo de intervenir aquí, —explica David Charles Mamani Ríos, responsable de la Unidad de agua potable y saneamiento básico de la Alcaldía de Viacha—. Jekeri se compone de cuatro zonas, muy montañosas y las casas están dispersas. Sería complicadísimo y muy costoso llevar agua a todas”.

Eustaquia se coloca el sombrero, agarra dos baldes de plástico vacíos y echa a andar a paso ligero ladera abajo. Aproximadamente un kilómetro de distancia separa su casa de la fuente de agua más cercana. Hoy su marido, Paulo Condori Mamani, la acompaña. Ayudándose de un pequeño cazo amarillo va llenando el balde con el agua que recoge de un pozo natural. “El agua de la lluvia baja de la montaña, se filtra entre las rocas y llega a esta pequeña poza”, relata Paulo. Cuando han completado los dos cubos de 18 litros cada uno, comienza el retorno. Este mucho más duro, por el peso y por la cuesta arriba. Eustaquia se detiene a ratos, apoya los baldes en el suelo, coge aire y retoma el camino.

“Me canso aunque ya estoy acostumbrada. Desde que soy niña llevo agua a casa. Nunca he sabido lo que es tener agua en pileta”. Dentro de los baldes hay restos de pajas y pequeñas piedras. “No está limpia, a veces enfermamos, ¿pero qué podemos hacer? Las autoridades no nos escuchan”. En esos casos, la solución es ir al monte y recoger Manka p’aki, una planta medicinal a la que recurren a menudo. “Aquí no conocemos posta de salud”, añade Paulo.

Ya de vuelta a casa dejan los cubos a las puertas de la cocina mientras una gallina revolotea a su alrededor. La casa que ellos mismos hicieron con adobe y paja hace más de 30 años —cuando se casaron— aún conserva los restos desgastados de la challa carnavalesca de marzo.

Eustaquia abre la puerta de un pequeño cuarto austero en el que prepara la comida todas las mañanas. Los ojos se adaptan poco a poco a la falta de luz y se empiezan a distinguir los utensilios. Una pequeña cocina de barro, ollas, cacharros de metal y diferentes especias colgadas de la pared componen el espacio. “Tampoco tenemos electricidad. Con paja hacemos quemar y así cocinamos. También a veces quemando el excremento de las vacas hacemos biogás”, explica mientras pone el agua a hervir. Sobre una pequeña estantería de madera, reposa un celular pequeño, colocado en un lugar estratégico.

“Es el único sitio que agarra señal”, cuenta entre risas. “Mi hija menor lo averiguó”.

El teléfono es la mejor vía para mantenerse en contacto con los seis hijos del matrimonio que ya no viven en Jekeri. El éxodo rural, especialmente a ciudades como El Alto, es la tónica general entre los jóvenes del altiplano. “Allí trabajan y viven mejor que aquí. Tienen agua potable y baño. Ellos nos dicen que nos vayamos, pero nosotros no queremos”. En la comunidad tampoco cuentan con saneamiento básico. “Las necesidades las hacemos al aire libre.

Estamos acostumbrados aunque si hubiera letrina sería mucho mejor”.

Su hija menor, Herminia, de 12 años, corre detrás de los toros a los que está cuidando durante las vacaciones de invierno. Nunca ha estado en El Alto ni en La Paz. De ellas solo conoce lo que le cuentan sus hermanos mayores. No le interesa la vida urbana. Alguna vez ha visitado Viacha, cuando les lleva el minibús que pasa por su comunidad los sábados y domingos. De la pequeña localidad le gustan sus calles asfaltadas y mirar los escaparates de las tiendas.

Pero por encima de todo, ella también lo tiene claro: “No quiero irme de Jekeri. Aquí soy feliz”.

Uno de los objetivos del gobierno actual de Evo Morales es llegar al 100% de la población con acceso a agua potable en 2020, tras el reconocimiento de este derecho como fundamentalísimo en la Constitución. Para ello, el Ejecutivo lleva a cabo los planes Mi agua, que ya van por su tercera versión y según datos del Viceministerio de Agua y Saneamiento cuentan con una inversión de 320 millones de dólares. “El problema es que cada vez los proyectos son más costosos y más difíciles porque hay zonas rurales muy aisladas a las que cuesta más asistir, aunque estamos buscando algunas energías alternativas como llevar el agua desde los techos de las casas con tanques semienterrados, recogiendo agua de lluvia para que el agua pueda aguantar cuatro o cinco meses”, relata Rubén Méndez, viceministro de Agua y Saneamiento.

A pocos kilómetros de Jekeri, en la comunidad de Contorno Letanías, también perteneciente a Viacha, Carlos Fernández y Mónica Montevilla celebran que ya tienen agua potable y saneamiento básico en su casa. Su comunidad es una de las 89 en las que la ONG ADRA ejecuta el proyecto de “Acceso a agua potable, saneamiento básico, capacitación en hábitos saludables y fortalecimiento comunitario en áreas rurales de Bolivia” gracias a la financiación de la Cooperación Española. “Estamos muy agradecidos por este proyecto. Es lo que nos faltaba en esta comunidad y estamos felices porque agua es vida y también salud”, relata Mónica.

El proyecto beneficia a 22.100 personas en acceso a agua potable y a 16.176 en saneamiento básico con la construcción de baños ecológicos secos. “La característica principal de este tipo de baño es que no usa agua, sino que tras la deposición se utiliza un material secante a base de tierra con cal que elimina el olor y acelera el proceso de descomposición. Cuando se llena el recipiente se lleva a una fosa de compostaje donde se almacena para después reutilizarlo como abono para algunos cultivos como la papa”, explica Wilfredo Pinto, responsable de infraestructuras de ADRA.

En Bolivia, el 79,2% de la población tiene acceso a agua potable y el 58,5% a saneamiento básico, según el último Informe de Avances Hacia el Cumplimiento del Derecho Humano al Agua y al Saneamiento (DHAS) publicado en octubre por el Ministerio de Medio Ambiente y Agua (MMAyA) en colaboración con la Agencia Española de Cooperación Internacional al Desarrollo (AECID).

Unos porcentajes que se traducen en personas que han logrado revertir su situación, mejorando sus condiciones de vida. Mientras tanto, Eustaquia seguirá yendo cada mañana a buscar el agua al río, como tantas otras personas en Bolivia, que esperarán a que su derecho humano y fundamentalísimo al agua se vea garantizado.

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