Escape

La casa espejo. El reflejo de una necesidad

Cultural, alternativa, hecha por y para los sopocachenses.

La Razón (Edición impresa) / GEMMA CANDELA

00:00 / 07 de octubre de 2012

La casa era de los abuelos y estuvo durante años alquilada como oficina; incluso algún viceministerio la ocupó un tiempo. Hasta que un día, los nietos, Tatiana, Mauricio y Geraldine Ovando, decidieron mudarse a la vivienda de cuatro plantas con patio ubicada casi al final de la avenida 20 de Octubre de La Paz.

Cada uno ocupó una planta y quedó libre parte de la de abajo. ¿Qué hacer? Podían alquilarla o, tal vez, hacer algo ellos mismos. Eso sí, se pusieron de acuerdo, abierto “a todo el mundo”. Así surgió en Sopocachi, hace más de un año, la Casa Espejo. “Nace precisamente, por mantener el concepto de casa.

Sí, es una casa, pero una de puertas abiertas, donde puede entrar cualquiera que esté interesado en la oferta que tenemos de talleres y actividades”, explica Mauricio, quien se encarga de las áreas de cine y música. Y no sólo para participar de un curso o un concierto: los Ovando también esperan que la gente (músicos, artistas y otros) vaya a proponer  nuevos eventos en este espacio de reflexión (de ahí lo del espejo) disponible para todos.

Lo primero que empezó a funcionar fue el cineclub. “Suena a club de amigos cerrado”, dice Mauricio, cineasta y reportero en un noticiero infantil y juvenil de un canal de televisión. Nada más lejos de la realidad. Cuando estaba en colegio, él invitaba a sus compañeros a ver películas en su casa. Ahora hace lo mismo, pero con todos.

Para comenzar, invirtió en un proyector y unas sillas, ni siquiera tuvo que imprimir folletos: a través de un perfil en Facebook y un blog hizo la convocatoria (método que sigue utilizando). Recuerda perfectamente la primera cinta que se proyectó en el Espejo: El gran Lebowski, dirigida por los hermanos Cohen.

Pero no se acuerda de por qué eligió esa película para inaugurar el espacio. “¿Cuál era mi lógica? Es que ha cambiado mucho en este año”.

Durante estos meses, el cineclub ha ido creciendo en número de proyecciones y consolidándose. De una o dos proyecciones a la semana, siempre con “el debate de rigor”, se ha pasado a una cartelera constante: lunes, miércoles, jueves y viernes hay cine en la Casa Espejo, y cada día está dedicado a un ciclo. Además, no sólo el cineasta elige las cintas y dirige la discusión. Algunos asiduos han querido organizar sus propios ciclos. Hay tantas propuestas que los ciclos están cerrados hasta febrero.

Más que por inspiración, este lugar nació “por necesidad”, manifiesta Mauricio. “Existe una demanda de este tipo de espacios en La Paz”.

Este mes es el aniversario de la muerte del Che Guevara (8 de octubre de 1967, en La Higuera, Santa Cruz) y es por eso que los lunes estarán dedicados a filmes sobre el mítico revolucionario hechos desde diferentes miradas, como Che!, de Richard Fleischer, protagonizada por Omar Sharif, (1969) o la de Josh Evans, Che Guevara (2005). También habrá un ciclo, organizado conjuntamente con la revista electrónica Cinemas Cine y con la Escuela Popular de Comunicación de La Paz, de cintas del francés Chris Marker, a quien se atribuye la invención del documental subjetivo.

Pero no todo es alternativo. “Se tiende a pensar de los cineclubes: éstos son unos cuates antihollywood o que sólo se regodean en su intelectualidad”. Sin embargo, el espacio es para “compartir opiniones” y, además, también se ven cintas más comerciales, sólo que con otra mirada. Por ejemplo, los viernes de octubre se proyectarán película del nuevo gore (cine de terror en el que la sangre tiene mucho protagonismo) para analizar su propuesta artística.

Más que una peli

Junto a la puerta de la sala de proyección hay una mesa con una pequeña cesta para los donativos: como en la iglesia, no es obligatorio dejar nada pero... ayuda. Los Ovando no viven del espacio cultural que han creado, los aportes voluntarios pagan la luz y el agua que se usan en el lugar.

La sesión de cine comienza con un cortometraje que, se intenta, sea boliviano. Luego viene “la peli” y, al final, lo que caracteriza al cineclub: el debate. Nadie está obligado a quedarse a la sesión, que dura mínimo 20 minutos y puede prolongarse más de una hora.

Además de jóvenes, también acuden a las sesiones personas mayores que pasan por la entrada y ven qué película se proyecta en la tarde. Mauricio entiende este espacio como una forma de democratizar y socializar el séptimo arte. “Cada quien está programando y curando las cosas que quiere ver. Y se discute, que es lo que más se ha perdido a partir de las megasalas”.

Pero no sólo hay cine en la casa: conciertos, cursos sobre reconciliación y perdón, lazos emocionales, masajes, cosmética natural, danza, fotografía... En octubre y noviembre habrá talleres sobre educación alternativa, informa Geraldine Ovando, quien se encarga de la parte ecológica. Ella es uno de los dos componentes de Los Hijos del Fin del Mundo (la otra mitad es Emiliano Longo), un proyecto documental filmado a lo ancho y largo del planeta, que muestra otra forma de vida frente a la predominante, que sea más respetuosa con el medio ambiente. Siguiendo esta filosofía de vida, Geraldine tiene la idea de crear, más adelante, un café con alimentos saludables para los vecinos y el sector de oficinistas del barrio. Si va bien, podría incluso convertirse en restaurante. El pasado fin de semana se celebró en la casa el Primer Festival de Comida Consciente, con alimentos vegetarianos, intercambio de recetas y charlas informativas. También se quiere aprovechar el patio como huerto urbano.

La música también se va a fortalecer con conciertos íntimos, en los que el público interactúa con el artista, así como las “Sesiones del tímpano”, que son como el cineclub pero, en vez de ver y comentar filmes, se escuchará música (preferentemente, de artistas locales que participarán del evento) y se hablará después.

Como curadores, los Ovando no son muy exigentes. Los importante es “que todo el barrio sepa que puede venir a hacer sus cosas aquí”, invita Mauricio. “Lo que más falta hace en la ciudad es un espacio y, si lo hay, sería un crimen no usarlo”.

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