Escape

Un charanguista con ganas de vivir

Pablo Reynaga ha sobrevivido a cinco accidentes, su instrumento le ha ayudado a superarlos.

El charanguista Pablo Reynaga. Foto: Oswaldo Aguirre

El charanguista Pablo Reynaga. Foto: Oswaldo Aguirre

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández R. / La Paz

00:00 / 15 de noviembre de 2017

Agarro un charango y no existe el estrés, no existe la preocupación, no existe nada. Es la mejor terapia que he tenido”. Con cierto orgullo, Pablo Reynaga cuenta que ha sobrevivido a cinco accidentes automovilísticos, lo que le ha dejado como lección que tiene una misión en la vida: tocar y vivir por el charango. Los recuerdos, las lecciones de vida y la cultura que le rodean dieron como resultado que el músico presente el disco Temples y melodías quechuas, una obra que trae las memorias de su tierra nortepotosina.

Siwaysarita, vidita, promete ser mía y yo seré solo tuyo. Pensé que te habías ido en auto o camioneta a Villamontes, pero en realidad has viajado hasta la capital Buenos Aires. Los recuerdos que guarda Pablo de su infancia le llevan al Carnaval de su Llallagua natal, cuando sus padres —Celestino Reynaga e Isabel Lupa— interpretaban canciones alegres en la dulce lengua quechua. Es que en el norte del departamento de Potosí es una falta grave que un varón no sepa tocar el charango o que la mujer no haga escuchar su voz. No ocurrió eso con la familia de Pablo.

Amor, ¿qué voy a hacer sin ti? Llorando voy a terminar por tu ausencia. Pablo ha elegido uno de sus cinco charangos para rememorar aquellas carnestolendas nortepotosinas. “En nuestros pueblos, cada piso ecológico tiene su propio charango y afinación. Además, ya sea en la cabecera de valle o en un lugar frío, varía el timbre de voz de la mujer”, explica mientras continúa la canción, rodeado por los demás instrumentos de cuerda.

La torre de Macha está con vista a Colquechaca, ¿Acaso no voy a volver a llorar cuando recuerde a mi amor? La vida fluía tranquila hasta que un accidente ocasionó que su padre falleciera. Tal vez por la tristeza, un año después Pablo se enfermó y dejó de ir al colegio. Al mismo tiempo, en su pueblo abrió una escuela de música, donde aprendió a tocar la jula jula, el lichiwayo y la tarka, mientras que en su retorno al colegio tocó la guitarra, que le permitió participar en varios festivales.

Años después, Pablo se inscribió en la Universidad Nacional Siglo XX, pero ni siquiera había pasado un mes cuando Bimar Chire, el profesor que le enseñó a interpretar los instrumentos de viento, le encontró para proponerle que formara parte de un nuevo grupo de música llamado Norte Potosí. “Acepté ni siquiera me estaba explicando a qué debía viajar a La Paz porque tenía un interés particular de venirme aquí”. Cuando se le pregunta cuál era esa causa, esboza una sonrisa pícara y responde: “Asuntos del corazón”.

Olivo verde coposo, dentro del agua floreciste. Desde el vientre de tu madre para mis brazos naciste. Esa etapa de éxitos vino acompañada por los accidentes. El primero ocurrió cuando iban a presentarse en los Yungas. “Nuestro vehículo chocó con un camión que llevaba naranjas”, rememora de aquel momento que, para su suerte y la de sus compañeros, no pasó a mayores.

Al poco tiempo, el grupo tenía que bajar desde El Alto hasta un hotel céntrico de La Paz, por lo que el taxi donde se transportaban aceleró y se desbarrancó. El tercero sucedió en Vinto, cuando iban a ofrecer un recital en la ciudad de Oruro.

El cuarto percance fue fatal, porque el vehículo en el que iban chocó, llevándose las vidas de su esposa y su hijo, mientras que Pablo quedó con cinco costillas rotas, la rodilla malograda y el húmero derecho triturado. “Fueron cinco años de tratamiento médico, tres cirugías y 10 años de parálisis del brazo”, es lo poco que quiere relatar de aquel momento.

Pasaron 16 años para que Pablo volviera a acercarse a la música, aunque no fue la guitarra, sino el charango que tanto le gustaba a su padre. “En nuestra época escuchabas el arpegio de un charango y sabías de qué grupo se trataba: mientras que, ahora, el charango punteador está acompañado por una guitarra, un bajo eléctrico y batería, con dos a tres cholitas que cantan”. Recuerda un día que criticaba la música contemporánea nortepotosina mientras estaba con unos amigos. “Aquí no se trata de criticar, sino de proponer”, escuchó de unos de ellos. “Ese día me quedé como si me hubieran botado al piso de un golpe”. Por eso, desde aquel momento se puso como objetivo difundir la música de su región, como un homenaje también a sus padres, su esposa y su hijo fallecidos.

Así se planteó una investigación que recopila música de más de 150 agrupaciones, de las que se escogieron 30 canciones.

Recordando mi juventud, me dan ganas de amargarme, por los tormentos que tengo yo no debía casarme. Luego de siete años, Pablo grabó —con su grupo Herencia— dos discos con lo más representativo del norte de Potosí, y como manda la tradición, 13 mujeres fueron invitadas para participar en este proyecto, entre las que se destacan Ivonne Campos, de Rijchariy; Nayra Veramendi, segunda voz de Norte Potosí, y la tarijeña Esther Marisol. “Nadie se la imagina cantando música nortepotosina”.

El charanguista ha pasado por varios sinsabores, pero incluso así quiere ayudar a la gente, ya que el disco —que será vendido el sábado 18 de noviembre en las oficinas de RTP— servirá para apoyar al brazo social de este medio de televisión. Además se tiene programado que al año haya presentaciones en varias ciudades del país, con cuya recaudación entregará instrumentos en las unidades escolares.

La mala fortuna no se alejó de la vida de Pablo, ya que hace un año cayó del segundo piso de un edificio en El Alto. “Hay un ser divino que rige nuestras vidas, que no me quiere ahí arriba todavía. Hay una misión que cumplir”, dice con una sonrisa que, igual que su charango, transmite paz.  

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