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El circo: ¿Magia en el siglo XXI?

El espectáculo de la carpa evolucionó con el tiempo de la mano de avances tecnológicos.

La Razón (Edición Impresa) / Mitsuko Shimose

00:00 / 20 de julio de 2014

El circo es magia y fantasía”, afirma entusiasta Emilio Gasaui, uno de los integrantes de este mundo circense que se identifica por el apellido de esta familia cruceña con ascendencia palestina.

Las dinastías son una tradición bajo la carpa, la más famosa es la de los Ringling Brothers de Estados Unidos, vigentes desde 1871. El Circo Gasaui ya es una institución en Bolivia porque está vigente desde la década de los 70. Yasmín, Faruk, Emilio y Salek lo mantienen desde ese tiempo, reafirmándose como la segunda generación nómada.

Desde lo más alto de la carpa, vuela una persona alada que no necesita de plumas para realizar su descenso: es un saltimbanqui que se desplaza a través de los trapecios que penden desde el techo circense. Luego aparece otro, y después otro y así, entre ellos, se agarran de las manos o de los pies en cada vuelo, se encuentran y se separan, dando volteretas —ya sean simples o dobles saltos mortales— a cambio de un puñado de aplausos. Las multicolores luces de gran potencia los enfocan y los siguen para iluminar su desplazamiento. La música, con sonido DTS (Digital Theater Sorround, por sus siglas en inglés) Dolby crea el ambiente para mantener al espectador en vilo, mientras los artistas se mantienen concentrados para triunfar sobre la gravedad.

Nadie se pierde detalles de la función llena de suspenso. Ni siquiera los que se encuentran alejados del centro del espectáculo. Las pantallas LED proyectan cada hazaña de los itinerantes artistas del aire.

Pero el espectáculo no siempre contó con todo este equipo tecnológico, según Emilio. “El circo evolucionó como todo en la vida. Se fueron fusionando cosas nuevas para mejorar la calidad del show”.

Sin embargo, más allá de la evolución, él advierte que son necesarias más atracciones para recuperar al público, sobre todo al infantil que es el que más disfruta. “Recuerdo que trajeron al Chavo, al profesor Jirafales e incluso a Don Ramón para atraer a los niños a la maroma —que es como se denomina al mundo circense—”.

Seducidos por el circo de los 70

“La primera vez que llegó un circo, fui y quedé maravillado con lo que veía. Para mí, entrar a esa carpa era toda una aventura”, recuerda Miguel Pérez, de 53 años.

En la década de los 70, papeles de colores enmarcaban al acróbata, mientras que las cornetas acompañaban siempre a los fabricantes de risas: los payasos.

Toda esa magia cabía dentro de una pequeña carpa de lona de tocuyo, a la que había que impermeabilizar con la cera de las velas y kerosene para que el agua de la lluvia no entrase. “Ahora, en cambio, las carpas son plásticas, antillamas y hasta climatizadas, es decir, cuando hace mucho frío o calor, no se siente para nada”. En cuanto al clavado de las estacas para levantar la carpa, también se ha tecnificado. Se ha pasado de los mástiles de madera a torres de acero desarmables. Trasladar la carpa es como empacar, pero en contenedores que viajan sobre un tráiler.

Por otro lado, si bien se conserva gran parte del show circense, la diferencia radica en que se han aumentado no solo instrumentos para hacer la función más vistosa e impactante (como en el caso de las telas, para los acróbatas aéreos, o de las camas elásticas, que antes ellos mismos elaboraban con goma de llantas), sino que también los artistas han ido mejorando sus habilidades y se manejan por grupos y ya no de manera individual.

Para Emilio, el circo se ha tecnificado para hablar el mismo idioma que los niños del siglo XXI. Con esta conclusión, el Circo Gasaui abandona La Paz después de tres meses de éxito. Trapecistas, malabaristas, motociclistas y payasos se suben a los tráilers de los sueños para los niños que no tienen la posibilidad de adquirir un aparato electrónico; mientras que en la esquina, otro niño juega con su smarthphone dentro del auto de sus padres, que esperan que el semáforo cambie de colores, los únicos que alumbran el espectáculo callejero de un malabarista excluido del mundo de la maroma y de los aplausos en la carpa.

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