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La ciudad perdida

En alcaya se esconde Jacha Pucara

La Razón / Gemma Candela

00:00 / 12 de febrero de 2012

Sobre la mesa para rituales aún yacen el hígado y los intestinos de oveja que los comunarios orureños de Alcaya ofrendaron a sus antepasados el 20 de enero, durante la celebración de las fiestas. Seis días después, continúan intactos en medio de una gran ciudadela en ruinas abandonada en la que no se sabe cuánta gente vivió ni por qué se marchó. Es el mítico Jacha Pucara, el “pueblo grande”.

La leyenda cuenta que, cuando aquellas personas levantaron la ciudad, en el cielo sólo existía la Luna. Cuando el Sol comenzó a nacer por el este, se dieron cuenta de que su potente calor era demasiado para ellos y decidieron trasladarse a uno de los cerros del frente, en la ladera sombría. Eso cuenta Porfirio Tomás, uno de los habitantes del poblado de la provincia Ladislao Cabrera, en la que viven solamente seis familias.

Aunque él es de origen cochabambino, y hace dos años que vive de forma permanente en ese sitio a más de 4.000 metros sobre el nivel del mar, es uno de los guías locales. Porfirio y su esposa, Isabel Ignacio, han sido los encargados del albergue comunitario durante enero. Alcaya forma parte de una red turística desde hace ocho años, por el complejo arqueológico que atesora a sus espaldas. Está, además, en un lugar clave: entre los salares de Uyuni y Coipasa.

El guía conoce cada rincón de este territorio que emerge a los pies de los cerros Panturrani y Taipi Qollu; él participó en las excavaciones y la reconstrucción de algunas de las edificaciones antiguas. Para llegar a ellas hay que tomar un camino que viene desde el río y llega hasta la comunidad, pasando junto al albergue. Éste se encuentra en la parte posterior de Alcaya, tras la iglesia y frente a la casa de Porfirio e Isabel. Detrás, oculto por otro cerro, está el parque arqueológico.

Por el sendero de tierra pasan saltando batracios negros que salen del depósito de agua. Siguiendo esta ruta, en diez minutos se llega a los pies del montículo que guarda desde hace siglos el secreto de la longeva ciudadela. Al empezar a ganarle altura a la montaña, aparecen unas hendiduras en la roca en la que resaltan varias calaveras rodeadas de monedas. “Hay gente que les deja dinero”, dice Porfirio, mientras agarra del montón un nuevo sol peruano y lo muestra.

A la vuelta están los llamados chullpares, aunque no tienen la estructura típica de estos monumentos funerarios: aprovechando la curvatura de la pared lítica, hay enterramientos cubiertos por una techumbre semicircular de barro. Sin embargo, los esqueletos ya no están a salvo de la contaminación exterior, como los dejaron los antepasados: las coberturas de barro han sido agujereadas y los nichos saqueados hace unos 30 años, aseguran los lugareños. “Todo han ido sacándonos”, lamenta el guía.

Un tramo más arriba se encuentran las tumbas subterráneas, una explanada llena de agujeros tapados por losas y con más chullpares junto a la pared. Desde allí se ven, al frente, algunos árboles frutales en medio de la aridez de este sitio salpicado por cultivos de haba y por el lecho verdoso del río. En el fondo del barranco hay un pequeño embalse de la época de las ruinas, cuenta Porfirio, que todavía hoy usan para regar sus cultivos en la época seca, cuando baja el caudal del riachuelo. Es un espacio privilegiado en medio de una tierra hostil y seca, donde lo poco que crece es la quinua, la papa y los abundantes cactus.

Tras otro trecho en ascenso se alcanza la cumbre del cerro. No es hasta llegar allí cuando se puede observar con claridad Jacha Pucara y sus restos de edificaciones rocosas. Las piedras apiladas forman especies de paredes y habitaciones que se extienden más allá de la cima y dan la vuelta al montículo, alcanzando otros macizos. Muchas son pequeñas estancias circulares; la mayoría con el techo caído. Conservan un vano en los muros que asemeja una pequeña ventana. Para los alcayeños, se trata de viviendas, aunque es difícil imaginar que cupiera una familia en tan reducido espacio.

La arqueóloga y presidenta del Consejo Departamental de Culturas de Oruro, Carola Condarco, explica que son antiguos almacenes de alimentos. Algunos han sido “reconstruidos” por los comunarios, pero sin investigación ni capacitación de por medio. “Es uno de los pocos lugares en Bolivia que tiene vestigios visibles” de una cultura que data de alrededor de 1200 a 1400 después de Cristo. Aunque no hay estudios exactos, sí se logró hacer una catalogación de alrededor de 600 piezas a principios de la década pasada. La experta participó en este trabajo realizado a través de una cátedra de la Organización de Naciones Unidas. Gracias a ello los arqueólogos pudieron aventurar que la ciudadela es de la época del desarrollo de los señoríos aymaras de la zona intersalar, en la época postiwanakota. Sin embargo, la tarea no se concluyó por desavenencias con los pobladores. A pesar de la falta de formación, ellos saben que tienen un tesoro y tratan de cuidarlo a su manera. Por ello, las momias que sacaron de sus enterramientos están en unos huecos en la roca, protegidas por una malla para evitar los saqueos, nada más. Los restos humanos están expuestos a las inclemencias meteorológicas, especialmente al fuerte sol. A un grupo de estas chullpas lo llaman “los guardianes” y, a otro de tres, el rey, la reina y la princesa. Hay también bebés momificados metidos en cunas de cerámica.

Textiles y utensilios de uso diario de los antepasados de la región se hallan en la misma situación. Los tejidos prehispánicos, con bellos bordados, son exhibidos sobre esqueletos de cactus secos, planta abundante en la zona. Hay varias clases de esta planta, de las que se aprovecha el fruto, las púas (que los antiguos empleaban para la fabricación de peines o piezas de costura) y sus cuerpos, que una vez secos, sirven como vigas.

Además, en las excavaciones implementadas en el “pueblo grande”, encontraron armas hechas con chonta o palmito, palmera del oriente boliviano; esto se debe, de acuerdo con la arqueóloga Condarco, a que Alcaya era un punto estratégico para el comercio de la sal, por lo que llegaron objetos desde muy lejos para el intercambio.

Todo esto se halla en condiciones que afectan a su conservación. Allí debería haber reproducciones de las reliquias originales, no las auténticas, se lamenta Condarco. Pero, por el momento, el conflicto está servido y los restos de Jacha Pucara siguen expuestos en su lugar de origen a los turistas; al viento, a la lluvia y al sol, con el cariñoso cuidado de personas como Porfirio, pero sin las medidas de preservación adecuadas. Es que en la comunidad tienen el temor de que les quiten una parte de su pasado y, claro está, una fuente de ingresos económicos.

Salinas de Garci Mendoza: ingenio, cráteres y fuente de agua mineral

A pocos kilómetros de Alcaya está el municipio del que depende administrativamente: Salinas de Garci Mendoza. Es la “capital de la quinua real”, tiene un antiguo y gran ingenio español que consta de cinco módulos, una iglesia colonial y una fuente natural de agua mineral “con gas”. Está a las puertas del salar de Uyuni, bajo la atenta mirada del volcán Tunupa, lugar sagrado para los lugareños.

El despertar turístico de este sitio se debe a que está camino hacia Alcaya. Ahora, sus habitantes buscan un proyecto para recuperar el ingenio y que se termine la carretera paralizada desde hace años. Recién se reactivó el tramo Quillacas-Villa Esperanza y, para 2013, está previsto que se retome su trazado hasta Salinas, informa el oficial mayor, Óscar Panamá. Aparte, el pueblo ya cuenta con cuatro alojamientos.

Salinas tiene, además, varias reliquias arquitectónicas en su plaza, como la iglesia colonial en refacción, o el Palacio de Justicia. Pero, la primera aldea se fundó más arriba, a los pies del ingenio, cerca de la fuente de agua mineral, donde acude la gente a rellenar botellas y a hacer refresco de pito de quinua. La gente afirma que la fuente jamás se secó y que tampoco rebasó en su caudal.

A unos 20 kilómetros, camino a Challapata, hay dos cráteres abiertos por cometas caídos a la Tierra. Al más grande lo llaman Maracaná, como el estadio de fútbol brasileño, y en el centro, hay un lago en el que se alimentan algunos flamencos.

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