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El cliente no siempre tiene la razón

A pesar de su afición por coleccionar y armar relojes, Pedro Pablo Guzmán es un hombre sin tiempo.

Pedro Pablo Guzmán, 51 años, dueño de una marquería repleta de objetos extraños. Foto: Álex Ayala Ugarte

Pedro Pablo Guzmán, 51 años, dueño de una marquería repleta de objetos extraños. Foto: Álex Ayala Ugarte

La Razón (Edición Impresa) / Álex Ayala Ugarte

00:00 / 21 de septiembre de 2014

En la marquería de Pedro Pablo Guzmán, ubicada en el número 19 del bloque K de la calle René Moreno de la zona Sur de La Paz, el cliente no siempre tiene la razón. Eso es al menos lo que anuncia un letrero en su interior, decorado con un sinfín de trastos y engranajes que Guzmán ha ido modificando en sus ratos libres. A su vera, la leyenda de un botiquín adherido a una pared suena a chiste malo: “para terceros auxilios”, indica. A pocos metros, un extintor plateado se publicita como la mejor herramienta “para extinguir el amor”. Al frente, un gotero alimenta un corazón de madera con un extraño líquido que contiene “mentiras verdaderas”. Y un serrucho delgado y oxidado se exhibe al público con el siguiente mensaje: “objeto altamente valorado para llegar al Gobierno”.

El mismo Pedro Pablo, de 51 años, es un tipo sumamente peculiar: su estilo es el de un científico distraído o el de un inventor dinámico. Los cristales de sus lentes son asimétricos: uno es redondo y el otro, cuadrado, como si quisiera evitar una única manera de observar el mundo. Y su mandil, con el que tiene la pinta de un vaquero risueño, es un pedazo de cuero al que ha añadido bolsillos y compartimentos para meter tijeras, bolígrafos, estiletes y otras herramientas que siempre conserva cerca, y que emplea para dar su toque maestro a cada uno de los marcos que alista. “Es lo que todos esperan de mí, que aporte de alguna manera. No te olvides de que éste no es un lugar común y corriente: es una marquería de arte. Yo, cuando tengo que discutirle a alguien su decisión porque el material que ha elegido no me parece el adecuado, se la discuto. Incluso me he dado el lujo de perder algún trabajo porque no nos poníamos de acuerdo”.

Su efusividad tiene larga data. Comenzó cuando Guzmán trabajaba en Nota, una galería auspiciada por Norah Claros y Tanaz Campero, dos mecenas como los de épocas pasadas que ayudaron a mucha gente desinteresadamente. “En el subsuelo —explica—, funcionaba un taller parecido a éste, donde me dejaban hasta jugar al ajedrez con los amigos que venían a verme. Algunas partidas duraban varios días y, a veces, las planeaba en la cama, con el pensamiento”. También le permitían mantener un acuario que el artista Sol Mateo inmortalizó en una foto que adorna la marquería en estos momentos. “Y como en el nuevo local ya no tengo espacio para instalar mi pecera, ahora mis peces y burbujas son estos”, comenta mientras me muestra varias de las cosas que nos rodean.

El jefe y la secretaria

El hombre que antes analizaba las partidas de ajedrez mientras dormía hoy sigue dando rienda suelta a sus ocurrencias. A través de una inscripción en el mango de una escopeta antigua que cuelga en el fondo de su negocio, se pregunta: ¿Todos somos iguales ante la ley? A un pedazo de teclado de máquina de escribir al que ha dado forma de vagina y a un engrasador con forma de pene —que conforman una única escultura— los ha bautizado irónicamente como “el jefe y la secretaria”. Y cuando le consulto sobre una imagen en blanco y negro que ocupa un espacio repleto de detalles mínimos me cuenta que se trata del retrato que acompañaba hasta hace poco a una lápida de mármol. “La compré en una feria a 20 bolivianos y la estoy transformando” (el busto de un Cristo de cabello largo y ensortijado que estaba colado a la tumba forma parte ahora de uno de sus cuadros). “Lo que otros tiran al botadero a mí me sirve. Y reciclo mucho”. A menudo, para armar relojes bizarros, hilarantes y alocados (crazys, diría él). La marquería está llena de ellos.

A pesar de su afición por las manecillas —y de tener tantos de estos aparatos—, Pedro Pablo es un hombre sin tiempo. Entre los que lo visitan hay acuarelistas, pintores abstractos y muchos coleccionistas. Y por sus manos, hábiles y efectivas gracias a un ojo que tiene ya muy bien entrenado, pasan a veces docenas de encargos. “Acá han traído para enmarcar hasta un Picasso original con todos los certificados de autenticidad —se enorgullece—. Estaba cubierto por un vidrio especial que lo protegía de los rayos ultravioleta y me obligaron a aceptar a un escolta de seguridad mientras lo manipulaba”.

En ocasiones, Pedro Pablo acaba la jornada con un vasito de vino que comparte con algún colega, y los sábados atiende hasta tarde. Como reclamo, en su puerta, en vez de cartel, ha colocado una Mona Lisa “intervenida” —con una franja roja de color a la altura de la mirada y un chorro de lágrimas— que enseguida capta la atención y que no deja indiferente a casi nadie. Algunos, al pasar por delante de ella, la señalan con insistencia. Otros la consideran una “aberración”. Y los albañiles a menudo la piropean.

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