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El coleccionista insaciable

Para Baptista, los objetos y la documentación antigua son un excelente antídoto contra el olvido.

Mariano Baptista Gumucio es un autor prolífico.  Vive en una especie de casa-museo. Foto: Álex Ayala

Mariano Baptista Gumucio es un autor prolífico. Vive en una especie de casa-museo. Foto: Álex Ayala

La Razón (Edición Impresa) / Álex Ayala

00:00 / 15 de febrero de 2016

Mariano Baptista Gumucio es escritor y periodista, tiene un programa de televisión que explora cada semana las identidades de Bolivia y una casa llena de curiosidades que nos empujan a pensar que el pasado es una vertiente viva. Nada más subir las escaleras que llevan a uno de los ambientes más amplios de su vivienda, hay una cama del siglo XVIII donde suele descansar su gata. La cama, que en algún momento fue utilizada por un obispo, se la compró a un anticuario de los de antaño y perteneció durante años a la Juanacha, la famosa pareja del expresidente Melgarejo. “Pero Melgarejo jamás llegó a dormir en ella”, dice Mariano. “Él era muy grande. La habría destrozado”, sonríe luego.

Para Baptista, los objetos son un excelente antídoto contra el olvido. Por eso, se ha encargado durante décadas de recuperar un sinfín de ellos. Por sus manos han pasado algunos muy significativos. Por ejemplo: dos pinturas en las que vemos a un Mariano Melgarejo altivo y otra donde lo retrataron con un estilo similar al de Arcimboldo, un artista del Renacimiento que hacía cuadros geniales valiéndose de animales, frutas, plantas y otros elementos. Además, guarda en un álbum grabados y cartas del exmandatario. “Cartas que confirman que los franciscanos le enseñaron buena ortografía”, comenta nuestro cicerone mientras observa una de ellas. Y hasta hace poco era el dueño de la máquina de escribir de uno de los literatos bolivianos más influyentes del siglo XX: Franz Tamayo.

La máquina de escribir ha terminado en un museo para niños de La Paz —el Pipiripi— porque lo que quiere Baptista desde hace algún tiempo es que sus reliquias sean apreciadas por las nuevas generaciones en espacios abiertos al público. Porque, al igual que el peruano Vargas Llosa, considera que un museo vale más que diez colegios.  

Mariano ha publicado más de 60 libros, es miembro de la Academia Boliviana de la Lengua, fue ministro en diferentes épocas y también, editor del dominical del periódico Hoy y director de Última Hora. Siempre ha ejercido de enciclopedia ambulante, y aprovecha sus conocimientos cada vez que puede para armar dosieres repletos de fotos y detalles interesantes que nos ayudan a comprender mejor a personajes extraordinarios.

En uno de ellos ha recopilado imágenes de la minería para que entendamos la relevancia de Simón Iturri Patiño, el Rey del Estaño, un empresario con muchísimos claroscuros que llegó a ser una de las personas más ricas del mundo. Y otro lo ha dedicado a Augusto Chueco Céspedes, uno de los mejores cronistas de las últimas décadas; un tipo singular, combativo y bohemio que tuvo la oportunidad de conocer a De Gaulle en Francia y a Rita Hayworth en los Estados Unidos; un hombre obstinado y a ratos polémico que no dudaba en provocar un duelo cuando sentía que alguien le había faltado al respeto (tal y como lo refleja en una carta ahora en poder de Baptista donde anunciaba que se batiría en duelo para limpiar el honor de su madre y de sus hermanas).

Según Mariano, deberíamos convertir a los Patiño, los Melgarejo, los Céspedes o los Tamayo en una suerte de símbolo. “Como hicieron en Colombia con la figura de Juan Valdez (un campesino inventado que representa a los cafeteros y atrae turistas) o en Chile con Pablo Neruda y la Isla Negra”, me explica.

Baptista está convencido de que pueden recrearse pasajes de otra época gracias a los rastros de nuestros antepasados.

Mariano también es custodio de libros antiguos, de soldaditos de plomo y de muñecos cascanueces que pareciera que van a moverse en cualquier momento. Dice que él no es de los que son capaces de gastarse la mitad de su fortuna con tal de conseguir una pieza exclusiva. Y asegura que una buena colección, en realidad, “no acaba nunca”.  

Una de las series más extrañas de Baptista está conformada por interpretaciones de la Mona Lisa y ocupa un lugar preferencial en las gradas que conducen al último piso de la construcción que habita. Las hay para todo gusto: palliris, cholas, mestizas, con rulos, con los dos senos al descubierto, con un porro en la boca, impresas en corbatas, dibujadas en matrioskas o inmortalizadas en cajas alargadas para botellas de vino. La Gioconda más extraña de sus dominios, sin embargo, no se reconoce a simple vista tan fácilmente. Está en segundo plano en una portada ilustrada de diario del año 1957 que refleja el instante en que un indigente boliviano le lanza una piedra a la altura del pecho.

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