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El conde de Villa Victoria, rudo de toda la vida

La carrera como luchador de Basilio Ilaya Linares (El Conde) comenzó durante su adolescencia. “Como era de una familia humilde, me buscaba la vida trabajando”, recuerda Ilaya.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández Ríos

00:00 / 21 de septiembre de 2014

La calle está llena. Hay vendedores de helados, de manzanas acarameladas, de máscaras... En el ambiente se escucha El tapatío, un mariachi cantado por Vicente Fernández. Es un domingo por la tarde de 1984, en el Olimpic Ring de la zona de San Pedro, en La Paz.

Ingresar a este recinto se asemeja a visitar el Coliseo de Roma. Claro, cuando uno tiene siete años todo es espectáculo.

Ya adentro, desde las graderías o en los asientos cercanos al ring, uno a uno luchan los gladiadores, esos Titanes del Ring.

“Con ustedes, el sanguinario, el rudo y odiado por el público... El Conde de Villa Victoria”, grita el relator de las luchas.

“Fue una linda época, cómo se llenaba de público”, afirma hoy El Conde, quien en la actualidad tiene 52 años de experiencia en esta disciplina deportiva y se enorgullece de ser rudo en el ring.

La carrera como luchador de Basilio Ilaya Linares (El Conde) comenzó durante su adolescencia. “Como era de una familia humilde, me buscaba la vida trabajando”, recuerda Ilaya.

Es así como, a sus 15 años, se ganaba la vida descargando arena para construcción, allá por la década de los 60. En 1962, una tarde cuando llegaba a su casa en el barrio 3 de Mayo, en la avenida Buenos Aires, dos vecinos le preguntaron: “Basilio, ¿quieres ser luchador?”. Él no dudó un solo instante y aceptó trabajar en los Tigres del Ring, que organizaba funciones en la final de la calle Villamil de Rada, en una especie de garaje donde se improvisaba el ring con adobes, paja y una lona, con cuatro postes rústicos enterrados en el piso unidos por sogas.

“Desde siempre me ha gustado ser rudo porque veía a luchadores mexicanos como Lobo Negro, Chacal y Wolf Ruvinskis en el cine Imperio de Alto San Pedro, donde daban episodios de lucha libre”, explica.

Para debutar tuvo que entrenarse durante tres meses, con el consabido “recibimiento” de sus compañeros. “Había luchadores antiguos que dominaban; uno de ellos, Diamante Azul, me tiró al suelo y me dejó sin aire. Ese mismo momento me fui a mi casa”. Ocurrió a la semana de que se estaba entrenando.

Por ello, decidió continuar trabajando levantando cemento.

No obstante, herido en su orgullo, a las dos semanas retornó a las prácticas de lucha, deporte que no dejaría más.

Su debut ocurrió con máscara y con el nombre de El Chacal. “No me gustaba la máscara porque quería que la gente me viera, me admire”. Por eso, luego de la sexta pelea, pidió luchar con el rostro descubierto. Así, a sugerencia de sus amigos, cambió su denominativo por Conde Score. “Yo no sabía qué significaba mi nombre, pero la cosa era no ponerme máscara”, recalca.

“El rudo tenía que alzar lo que encontrara, aunque fuera madera, incluso nos sonábamos con adobes”, relata Basilio acerca de aquellas luchas, además de que “como los asientos eran de adobe, la gente nos arrojaba con tierra y con piedras, con todo lo que encontraban”.

A mediados de los 60, empresarios de la lucha libre en la Pérez Velasco reclutaron a deportistas de la Villamil de Rada, entre quienes se encontraba El Conde Score.

En esos años se enfrentó con luchadores nacionales y extranjeros, como los peruanos Sabú y la Bestia, los chilenos Robin, Piloto y Tarzán, además del colombiano Rocky Nelson y la Zaeta venezolana. En 1969 llegaron los mexicanos El Santo, Blue Demon y Huracán Ramírez, entre otros.

En 1968 —recuerda Ilaya— los microbuseros eran elitistas, no dejaban que cualquier persona ingresara en sus sindicatos, pues tenían que estar bien preparados y con “buenos” apellidos. “Por mi apellido creo que me decían chau, así era, pero ya era conocido como luchador, así es que me afiliaron al Sindicato de Colectiveros Villa Victoria”.

Ya con el nombre de El Conde de Villa Victoria viajó a varios departamentos y varios países, siempre como luchador rudo.

En 1980, los deportistas se organizaron como Los Tigres del Ring para participar en un ciclo de luchas que era transmitido por Televisión Boliviana.Luego de esta experiencia, el grupo se autodenominó Los Titanes del Ring y se presentaba todos los domingos en el Olimpic Ring de San Pedro. “Así empezamos una nueva temporada de lucha libre, que ha sido apasionante, lo mejor de la lucha  libre profesional, donde había jóvenes muy disciplinados que amaban este deporte espectáculo”, dice Basilio.

Una jornada de domingo, “yo emparejaba con Barrabás contra Ángel Azul y Sombra Vengadora. Con una de esas patadas voladoras de Ángel Azul, Barrabás y yo teníamos que salir del ring, pero no pude agarrar la cuerda, caí al suelo y me zafé la clavícula”, relata El Conde, mientras muestra el hueso salido del hombro, como la herida de batalla más importante de su carrera, además de un desprendimiento de retina y golpes en todo el cuerpo.

La siguiente etapa importante para la lucha, de acuerdo con El Conde, fue durante Furia de Titanes, un ciclo de transmisiones que se emitía por ATB.

“Viajábamos por todo lado, a Potosí, Sucre, Santa Cruz”, señala emocionado.

“Cuánto no quisiera rejuvenecer, puedo seguir luchando, pero me da pena la división que existe entre los luchadores”, se lamenta El Conde.

En la actualidad, Ilaya es transportista y funge como dirigente del cuerpo de decanos del Sindicato Mixto de Transportistas Villa Victoria, “donde me quieren como luchador y también como transportista”.

“Voy a seguir luchando, puedo seguir haciendo espectáculo, no me he rendido todavía”, asevera El Conde.

Termina la entrevista, son las 19.00, la misma hora en que solía acabar la jornada de lucha en San Pedro. El Conde asegura que continuará luchando, tanto en la vida como en el ring. No por nada, a sus 69 años, planea presentarse en el Multifuncional de la Ceja de El Alto para recordar los viejos tiempos. Es el rudo de la villa.

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