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El conjunto guitarras

El Papirri recuerda a su señora madre Anita Chazarreta, su primera instructora en el arte de interpretar la guitarra.

El conjunto Guitarras: El papirri y su madre. Fotocomposición: Ernesto Alcázar

El conjunto Guitarras: El papirri y su madre. Fotocomposición: Ernesto Alcázar

La Razón (Edición Impresa) / El papirri

00:00 / 07 de junio de 2015

En mayo me acuerdo intensamente de mi madre, Anita Chazarreta, destacada concertista de guitarra, quien falleciera aún joven dejándome en el ingreso a la adolescencia. Alguna vez escribí sobre ella, el artículo logró que sea incorporada por lo menos en la Wikipedia. Anita, una hermosa provinciana nacida en Santiago del Estero, Norte argentino, se graduó con honores como concertista de guitarra clásica en el Conservatorio de Música de Buenos Aires, bajo la tutela del gran guitarrista Julio Sagreras, interpretando un concierto de Castelnovo Tedesco para guitarra y Orquesta Sinfónica. Inmediatamente fue becada por el Gobierno argentino para estudiar su maestría con el más grande guitarrista clásico del siglo XX, el maestro español Andrés Segovia, que huyendo de la guerra civil se refugió en el plácido Montevideo, dejando una extraordinaria escuela de guitarra clásica en el Río de la Plata. Cuentan que Segovia la recibió como alumna a regañadientes, no quería aceptar mujeres, Anita estudió dos años con el maestro cruzando el “charco” dos veces al mes y se convirtió en su discípula preferida. En 1946 concluyó su maestría y cuando empezaba su carrera profesional se cruzó el amor. Mi padre, reciente exministro de Gualberto Villarroel, salvó su vida saliendo al exilio a Buenos Aires donde la conoció, se enamoraron, el exilio del sexenio fue el marco histórico de ese amor gardeliano. Ya casados, estalló la revolución de 1952, Anita arribó a La Paz con mi hermana mayor en brazos. Fue una bella etapa para la pareja, mi padre como ministro revolucionario, luego embajador de la revolución de abril en Paraguay, Ecuador, Chile y Uruguay. Anita con su talento y carisma lo acompañaba y ayudaba en difíciles misiones, aprendió a tocar arpa conquistando el corazón de los paraguayos mientras mi padre definía los límites territoriales de la post Guerra del Chaco; sus conciertos de charango en Chile calmaban los ánimos, pero no se pudo evitar el rompimiento de relaciones que ejecutó mi padre (por la desviación del río Lauca) en 1962.

Entonces vino la mala hora, en 1964 cayó la revolución, llegaron 15 años de dictaduras y persecuciones a mi papá. Anita, recién operada de un cáncer de mama, tuvo que sacar adelante el hogar y crear una academia de guitarra en nuestro departamento alquilado del callejón Jáuregui, detrás del cine 6 de Agosto, en mi amado Sopocachi paceño. Llegaban al depto niñas, adolescentes, jóvenes y hasta señoras con sus guitarras, eran 70 alumnas, yo resulté el único alumno varón. Mi madre tuvo que adaptarse a esta realidad dejando atrás las suites de Bach, aprendiendo un repertorio de música popular para retener a las alumnas que querían acompañarse canciones con la guitarra. Así nació el Conjunto Guitarras, toda una escuela de música latinoamericana.

Pero Anita no bajó la guardia conmigo en lo clásico, me tenía en la mira, instaurando una disciplina de estudio de dos horas diarias, ella quería que saliendo del colegio me vaya a Baires a continuar con la historia que dejó trunca.

Mientras la dictadura perseguía a mi padre, Anita mantenía el hogar con las chicas del Conjunto Guitarras. De 1964 a 1976 eran célebres los conciertos de la agrupación en el medio musical paceño, generalmente dábamos cuatro conciertos grandes al año, en el Club de La Paz, en el cine 16 de Julio, en el Teatro Municipal. Yo iniciaba el programa con tres piezas de guitarra clásica (Villalobos, Tárrega y alguna pieza de mi abuelo Andrés), entonces iban apareciendo las alumnas. Se destacaban mis primas Charito y Maricarmen Monroy que hacían un dúo excelente, la voz hermosa de Carmen Aramayo, esposa del doctor Julio Manuel Aramayo, ministro de Salud de la revolución nacional e íntimo de mi padre. También recuerdo a una niña de mi edad, una gringuita que tocaba a mi par, Laurita Dubinsky, tendríamos ocho años cuando actuábamos en los conciertos. Escuchar 70 guitarras con 70 voces femeninas bien afinadas era todo un espectáculo, llegaban cuecas como Huérfana Virginia, Infierno verde, el taquirari Lunita Camba, el Sombrero de Sao. Un momento estelar: cuando Anita tocaba el arpa con las 70 alumnas en Recuerdos de Ypacaraí. No faltaban las zambas argentinas de moda y la chacarera La Telesita de mi abuelo. La recaudación de los conciertos, Anita la destinaba a comprar frazadas, almohadas, sábanas y leche para los niños huérfanos de la Gota de Leche, íbamos con las 70 chicas al Hogar Villegas de la avenida 20 de Octubre llevando todos los enseres, las monjitas adoraban a mi madre. En 1970 fundó con otros docentes la Escuela Nacional de Folklore donde expandió aún más su arte a cientos de alumnos. Mientras, mi padre estaba desterrado en Coati, o salía del país amenazado. El esfuerzo y la paciencia de mi madre lograron que salgamos de buenos colegios. Anita dejó una profunda huella en sus alumnas queridas del Conjunto Guitarras, siendo que el cáncer se la llevó a los 50 años en abril de 1976. Yo le dediqué una zamba que en la parte final dice: “Esta zamba es para Anita/ que me dejó tan guagüita/ abrazado a mi guitarra/ esta zamba preñadita, de esperanzas que algún día/ yo me encuentre con mi mamá...”.

(*) El papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta.

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