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La Cruz 3 de mayo, motivo de fe y fiesta

Rituales en Carabuco y en Valle Hermoso.

La Razón / Gemma Candela/Angélica Melgarejo / La Paz y Cochabamba

01:00 / 12 de mayo de 2013

Cerca de las 10.00, las calles de Carabuco están vacías. Los restos de basura en el suelo y un minibús que entra a la plaza con cajas de cerveza hasta en la baca, son las únicas señales que indican que en este pueblo a orillas del lago Titicaca están de fiesta. Eso, y la melodía lejana de kullawada que toca alguna banda.

“Siempre nieva o llueve para la Cruz”, asegura la historiadora Silvia Arce. Por suerte, el pronóstico se cumplió el 2 de mayo; hoy, día 3, acompaña la  fiesta un sol reluciente, aunque no caliente.

Los festejos patronales de este municipio de la provincia Camacho comienzan el 1 y terminan el 5 de mayo. Es en el tercer día cuando se produce el acto que le da razón de ser a la festividad. “Estamos en la celebración central de nuestro querido pueblo”, anuncia el párroco local Díter Choquehuanca a la concurrencia que escucha la misa central. “¿Qué es lo que la hace hermosa? Su cruz, la cruz de Tunupa”.

Ese objeto con ribetes paganos es un pequeño crucifijo de madera donde está pintado Cristo en los últimos instantes de su vida terrestre. La pieza está insertada en un soporte de oro y plata. “Es bastante particular”, comenta el párroco, fuera de la liturgia. “Dentro, la tradición (de la iglesia) dice que está una de las astillas del madero original de Jesucristo”.  No se sabe a ciencia cierta su antigüedad, pero su aspecto y el estilo pictórico sugieren que debe tener bastantes años. El investigador suizo Adolph Bandelier, que visitó la zona en 1897, aseguró entonces que debía rondar los tres siglos. Los mitos en torno a su origen, y al de la fiesta misma, lo corroboran.

  A Carabuco llegó, cuenta la historiadora Arce basándose en una de las leyendas, el héroe civilizador Tunupa que, desde Racchi, en Perú, bajó hasta la orilla oriental del Titicaca para enseñar el arte del cultivo a sus habitantes. Era la encarnación del dios creador que los incas llamaron Viracocha (que se “desdoblaba” también como Tocapu, dueño de los tejidos, e Imaymana, señor de las plantas).

Tunupa llegó a Carabuco, poblado anterior a la Colonia, según Bandelier. Tenía el aspecto de un hombre blanco, de barba cana, y portaba un bastón y un crucifijo. Al ver el comportamiento idólatra e incorrecto de los lugareños, similar al de los habitantes de Sodoma y Gomorra que relata la Biblia, les anunció un castigo divino. Los moradores lo echaron al agua. Allí, “pecó”, relata Arce, con dos sirenas, Kesintu y Umantu (madres de los peces del Titicaca, según otro mito). Los carabuqueños atraparon a Tunupa y lo empalaron con madera de chonta y lo echaron de nuevo al Lago Sagrado. En su travesía, el cadáver de la deidad abrió el río De-     saguadero, el lago Poopó y los salares de Uyuni y Coipasa. Según unas versiones, se quedó allá; otras dicen que pasó por debajo de la tierra hasta Antofogasta y que salió al Pacífico.

La cruz que trajo Tunupa terminó también en las aguas del lago. “Pero volvía y volvía”, cuenta el párroco. Durante una epidemia, una lugareña la habría recuperado y la plaga acabó. “La gente le tiene muchísima devoción, es muy milagrosa”.

La reliquia, que preside el altar mayor del templo, aguarda a la derecha de la mesa consagrada, sobre una estructura de madera cubierta con raso y tafetán celestes, a ser sacada en la procesión que rememora, cada 3 de mayo (como en otros lugares del mundo), que la madre del emperador romano Constantino, Santa Elena, encontrase en el monte Gólgota el crucifijo de Jesucristo alrededor del año 327 dC, según la tradición católica.

Este momento del año tiene importancia para las sociedades agrícolas precolombinas del hemisferio sur, cuenta la historiadora, pues en la noche del día 3  la constelación conocida como Cruz del Sur llega a su punto álgido y sus estrellas se alinean en forma de cruz latina perfecta. Este momento marca el fin de la cosecha, pues falta sólo mes y medio para la llegada del invierno y las heladas comienzan a hacer acto de presencia. A ello se suma que, en Carabuco, se recuerda la llegada de Tunupa, que los españoles  identificaron con San Bartolomé.

El celeste de los tejidos que cubren la cruz hace juego con el tono algo más oscuro del forro de otro crucifijo más grande (mide más de dos metros) que está detrás, apoyado en la pared. Las telas y velas que adornan el templo, y hasta los pequeños géneros que cuelgan sobre otras imágenes de Jesucristo crucificado, como si de chalinas se tratara, son también azules.

Los prestes eligen el color que va a predominar en la parroquia cada festividad. Los de este año, Guido Peñaloza y su esposa Consuelo, han optado por el azul. Las decenas de ceras, con sus llamas titilando, se colocaron el primer día de fiesta. Los pasantes, acompañados de una numerosa comitiva, adornaron la iglesia con las velas que el párroco bendijo. Cada una está dedicada a una persona en particular.

El matrimonio “desvistió” también el gran crucifijo y le colocó y cosió el nuevo atuendo. “Es una madera muy pesada que apareció en el calvario”, asegura el cura. Según algunos veteranos del pueblo, en el montículo surgió un árbol con forma de cruz, y lo bajaron al templo. Cada 2 de mayo es subido, pasando por las 14 estaciones del Vía Crucis, acompañado de los lugareños y los residentes en La Paz que llegan el 1 a un tambo en las afueras del pueblo. Allí pernoctan y allí les van a buscar los prestes. Todos marchan en procesión a la parroquia de la época colonial, y entran de rodillas, a pesar de que las dos gradas de la puerta del atrio, el suelo de éste y los otros siete escalones para llegar al interior, están hechos de piedras de distintas formas y tamaños.

Tras la misa central, a las 11.00 arranca la procesión. Un grupo de sikuris de la zona que aguarda en el atrio comienza a tocar los sikus (especie de zampoñas) y a aporrear las wankaras (tambores). Los feligreses salen y se arremolinan en torno a la puerta para dar paso a los prestes, que llevan su propia imagen de Cristo y un Niño Jesús (ataviados de azul, por supuesto). Detrás, cuatro hombres alzan la pequeña base que sostiene la cruz de Tunupa, resguardada del sol por un palio que portan otros seis varones. Detrás, un hombre carga el gran madero forrado.

En la plaza, donde sólo estaban, aburridas, las vendedoras de cerveza (el producto que más se vende estos días), hay ahora varias decenas de personas: algunas, ataviadas como elegantes cholas de la morenada o con terno (los “morenos”); algunos borrachos; otros, comiendo fricasé, thimpu o trucha en los puestos ambulantes.

La procesión da una vuelta alrededor de la plaza, parando en cada esquina para elevar un rezo y posar la gran cruz en el suelo, para el descanso del portador. Una gran estructura de fierro interrumpe por unos instantes el paso de la gente después de la segunda parada. Tras una breve discusión, varios hombres mueven el armazón unos centímetros, la comitiva se apretuja y el desfile prosigue.

Al retornar las cruces a su morada, las campanas repican y la gente se arremolina de nuevo en la puerta del templo y aguardan que salgan los prestes para felicitarles con un apretón de manos y un puñado de mixtura sobre la cabeza.

Al acabar el acto religioso, dos fraternidades de morenada entran a la plaza. Algunos danzantes trastabillan y otros llevan el paso al revés. En sus rostros se nota que ya llevan dos jornadas, con sus noches, de fiesta. Y queda más: el 4 es la bendición de autos y, el 5, Guido y Consuelo pasarán el preste a los de 2014, los esposos Rodolfo Escóbar y Janeth. “Ojalá podamos festejar con una iglesia renovada”, sueña el cura. Porque esa joya de la Colonia requiere urgente restauración, aunque nada más sea para no poner en riesgo las pinturas murales y los lienzos de Las Postrimerías (Muerte, Juicio Final, Infierno y Gloria, que incluyen escenas del mito de Tunupa) del siglo XVII, cuyo autor es el pintor José López de los Ríos.

Los vallunos, también

El humo del incienso, la quema de ofrendas, el canto de coplas acompañadas por acordeones. Y las velas que iluminan la vigilia. Todo vale para rogar al Tatala por la fertilidad en las cosechas, los animales y los humanos. Es la fiesta de Santa Vera Cruz, encuentro de tradición andina y religiosidad cristiana que se vive entre el 2 y el 3 de mayo en el valle cochabambino.

Una multitud llega a la fiesta, cargada cada quien de figuras de yeso representando vacas, bueyes, ovejas, chanchos y gallinas, siempre en pares. Bertha, de más de 50 años, viajó desde el Tuti, cerro ubicado en inmediaciones de Punata, como cada año “para pedir por mis animales; traigo las imágenes y pido que se procreen; vengo siempre con la familia”.

Tal la esencia de la festividad que se desarrolla en el templo de Santa Vera Cruz Tatala, en Valle Hermoso, a orillas de la carretera hacia el Valle Alto, a 7 km de la ciudad de Cochabamba. El lugar es considerado una chacana (sitio sagrado), donde habría aparecido una piedra con la imagen de la cruz escalonada y al que la gente prehispánica llegaba con pedidos y ofrendas a la Pachamama; después de la evangelización, se ora también al Señor de la Vera Cruz.

Dos lugares marcan la tradición andina y la expresión del catolicismo: el canchón sirve para dar rienda suelta a una y en el templo se le ruega al Tatala.

Según el párroco Enrique Zabala, “las dos fiestas se complementan, hacen una síntesis de fe y entonces podemos ir hablando de un cristianismo andino, con rostro aymara, quechua; seremos muy occidentales y modernos, pero tenemos raíces”.

En el canchón, pequeños altares resguardan las velas, una por cada miembro de la familia, aunque siempre deben completar un número par. Eusebio Ustáriz, que durante una década cumple el rito con su esposa, se traslada desde Sapanani, Sacaba. Hoy trae dos ovejas, pues “me falta un mocho (semental), y seguramente al año voy a tener uno bueno; el Señor me cumple, yo tengo fe”. Con su esposa rogó por hijos y “me ha dado cuatro varones, ya no he querido pedirle más”.

Algunos, como antaño no ocurría, piden casa, vehículos y dinero. Ustáriz no está de acuerdo, ya que “ésta es la fiesta de la fertilidad; en Urkupiña (santuario cochabambino, cuya fiesta es en agosto) pido casa, auto o dinero, aquí vengo a pedir por mis animales, por las wawas”.

Entre cientos de fieles, Martín Ticona, su esposa, hija y yerno hacen la vigilia. “De por sí he dicho: ‘iré con mi familia’. Hemos venido a pedir bueyes y chanchitos, soy agricultor, trabajo en el campo, en Vinto, y necesito que mis animalitos se reproduzcan”. Asegura que el Señor cumple los pedidos, “una vez he traído bueyes grandes y me ha dado crías igual”.

La costumbre reza que es necesario ofrendar el estiércol de los animales, ya sea de vacas, ovejas, conejos y con ello se hace pequeñas fogatas; “las cenizas las llevo a mi casa, al corral”, dice Justina, quien también quema choclos secos.

Hay fieles llegados de La Paz, Oruro y Santa Cruz, y migrantes que retornan de España y EEUU. “La gente ya no es campesina del todo, por eso los cambios en los pedidos, pues su contacto es con el dinero, el transporte, la construcción; sus necesidades son distintas a las de la gente campesina”, dice el párroco.

La música irrumpe en medio de los ruegos; las mujeres cantan con voces agudas, aplauden y zapatean. Santa Vera Cruz Tatala, waway waway nillawanqui, kaiqa wawayqui chayamuy, imata dotawanqui (Santa Vera Cruz, Papito, aquí ha llegado tu hijo, ¿qué me vas a dar?), dicen los cantos en el idioma quechua.

El padre Enrique indica que en los años 40, “la gente bailaba, los indígenas, los cholos, pero las autoridades lo prohibieron por los excesos, borrachera y orgías, de manera que quedan sólo los cantos”.

“Le piden, le ruegan, le chancean (bromean) al Tatala, grave; lo bajan y suben de la cruz como de un columpio; los fieles se dirigen con confianza a su Papacito”. El Señor de la Cruz parece que escucha las coplas desde un ala del templo.

En la fila para acercarse a la imagen, Claudia García confía en “que Diosito me haga el milagro”, pues “estoy con tratamiento y no puedo ser mamá. Éste es el segundo año que vengo, con fe, mi fe es grande”. El año pasado adquirió un muñeco en la zona; “pero las personas mayores que más saben me han dicho que tengo que llevar uno de aquí y no comprarlo; eso estoy esperando, que alguien deje uno, no importa si varón o mujer”.

Isabel, en cambio, se acerca muy sonriente con un niño de tres meses en los brazos y con el muñequito que en 2012 se llevó de los pies del Tatala. “He venido a dar gracias y devolver el regalo; el año pasado esperé desde las ocho de la noche hasta las seis de la mañana; me llevé un varoncito y eso me ha dado el Señor”. Ese muñeco es abrazado por Daniela, quien llora y dice que se lo dará a su hermana; “Ella está en La Paz y por años busca un hijo”.

En el mismo plan están Cristina de Rojas y su esposo Ezequiel, pareja que arribó, tras 40 años de haberse marchado del valle, desde Arlington (Virginia, EEUU) y que desea un nieto. “Mi hija busca un niño; me han dicho que sirve así, que se lo regale, y que hay que pedir con fe; yo tengo fe”, asegura Cristina. Miguel Paniagua está con su esposa y dos muñequitos en brazos. Le piden al Tatala un varón y una mujercita, pues “estamos esperando dos bebés y en diez semanas vamos a saber de qué sexo son, por eso hemos venido a pedir que sean un varón y una mujer”.

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