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El cuarteto de Piazzolla en La Paz

‘Tenía un mes al frente, el Teatro Municipal estaba ocupado hasta fin de año, me empecé a desesperar’.

La Razón (Edición Impresa) / Manuel Monrroy / La Paz

00:00 / 26 de febrero de 2017

Era, creo, 1993 cuando llegó la hoja de ruta a mi escritorio que decía analizar la situashon. Yo era un puntual y responsable funcionario de la Casa de la Cultura paceña, era jefe de la unidad de música, debajo mío no existía nadie en el organigrama, encima tenía varios jefes. La hoja de ruta contenía un fax de la Embajada de Argentina que adjuntaba a su vez otro fax que casi no se leía, el primero indicaba que la Cancillería argentina había dispuesto difundir y homenajear el trabajo del compositor y creador del nuevo Tango, el maestro Astor Piazzolla, quien había fallecido un año antes y ofrecían generosamente hacer llegar a La Paz —cubriendo los pasajes aéreos y honorarios— al Cuarteto Piazzolla dirigido por el último pianista del maestro, el arreglista y compositor Pablo Ziegler, acompañado por Néstor Marconi en el bandoneón, Quique Sensini en la guitarra eléctrica y Giunta en el contrabajo. Toda una alineación argentina, cheee. Para la época era algo increíble tener en La Paz a estos maestros, sin embargo había que analizar la situashon porque no estaba cubierto el hotel, la alimentación y había que conseguir un teatro. Toda una tarde hice fila para que me reciba el jefe mayor quien me dijo, sin mirarme, no hay presupuesto, ve tú cómo la haces y responde eso nomás. Salí cabizbajo, la hoja de ruta temblaba en mis manos, había tocado tres años Adiós Nonino en Japón, tenía 20 Cds originales japoneses de la obra de Piazzolla, sabía quiénes eran esos monstruos de músicos, así que llamé a la Embajada y acepté solito el desafío.

Tenía un mes al frente, el Teatro Municipal estaba ocupado hasta fin de año, me empecé a desesperar. Justo me encontré con un amigo de colegio que trabajaba en el Banco Central de Bolivia quien me habló de su auditorio, ingresamos al mismo comprobando que era un teatro lindo pero no tenía las condiciones de sonido y luces. Entonces lo llamé a mi amigo de AMPEX, la única amplificación decente de la época, con quien habíamos iniciado un proyecto todos los domingos denominado Música y Cielo, conciertos al aire libre en defensa de nuestro cielo paceño. —Hazme precio pues hermanito—, le dije.

No había otra, tenía que endeudarme nomás y confiar en que se iba a llenar el evento y con la recaudación pagar las dos dobles en el Hotel Radisson, la alimentación de los maestros, el sonido y las luces. Cuando fui a hacer el boletaje en la Renta, me pidieron boleta de garantía, puse de garantía mi salario risible, por supuesto en las reuniones con la gente de la Embajada decía que todo estaba bien, que cobraríamos una entrada simbólica para pagar el auditorio.

El asunto es que los maestros llegaron un martes, los llevé al hotel, yo estaba conmovido, no los podía mirar de frente, al día siguiente caminamos por La Paz, eran de una sencillez maravillosa, se sentía que traían mucho potrero encima, mucha noche y vida. En la tarde, en la prueba de sonido, Marconi me preguntó si existía un tango boliviano. Le dije que sí, que se llamaba Illimani, ‘un bello tango paceño’, reafirmé muy seguro… bueno tráete la partitura, instruyó. Fui corriendo al Conservatorio a conseguir la parte, la buscamos con el Nico Suárez desesperadamente, llegué de vuelta al auditorio, faltaba una hora para el concierto, ya había cola en la puerta, mi amiga boletera del Municipal me ayudaba con los cobros y me alentaba, solidaria, viendo la cantidad de gente. Entonces, saqué fotocopias de la partitura, les di a los maestros que la leyeron a primera vista y en tutti, sonando el tango Illimani de manera magistral hasta el chan chan final.

—Este es un buen tango—, dijo el pianista y director del grupo, Pablo Ziegler.

 —Bien, Chazarreta—, hizo la seña Marconi, vamos a quedar muy bien esta noche.

Así fue. El concierto aquel fue apoteósico, el final con Illimani hizo parar hasta a las autoridades que llegaron al abarrotado Banco Central, entre ellos recuerdo al vicepresidente de entonces, Víctor Hugo Cárdenas. El Embajador argentino lagrimeaba, mi jefe mayor sacaba pecho, con la boletera hicimos el arqueo hasta el amanecer, la recaudación alcanzó justito para pagar todos los gastos.

Ahora sé que Illimani había sido compuesto por Néstor Portocarrero, un pianista y baterista paceño que lo estrenó en 1933 antes de ir a la Guerra del Chaco, de donde se trajo una tuberculosis maligna que lo liquidó a los 43 años.

Hoy, casi 30 años después, lo veo en el hipertexto a Pablo Ziegler, es una figura mundial, vive en New York, fue candidato el año pasado a un Grammy, recorre el mundo con su piano y su tango nuevo. Marconi a sus 74 años toca con los más grandes músicos del planeta y se quedó de titular para siempre reemplazando al bandoneón de Astor Piazzolla. Sensini, ahora bien peladito, vive en Alemania y triunfa en Europa y Japón con su guitarra de fuego.

Fue un verdadero honor, cheee.

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