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La dama de los Cuentos

Lucy Jemio creó el archivo oral de literatura

La Razón / Mabel Franco

00:00 / 20 de mayo de 2012

Había una vez una joven de nombre Lucy, parte de una familia de comerciantes, a quien sus hermanas mayores, todas maestras, impulsaron a seguir estudios en la universidad. Ella, bachiller del colegio Dora Schmidt, aceptó darle ese nuevo rumbo a su vida, siempre y cuando no saliese a su paso el monstruo de las matemáticas. Se inclinó por la literatura y pronto las palabras la sedujeron. No es que éstas le hubiesen sido extrañas, de hecho creció escuchando a su madre y a sus tías, todas aymara parlantes, jugar con ellas para recrear historias del pueblo —“mi pueblo, Santiago de Huata”— a orillas del lago Titicaca.

Tantas veces los cuentos, la palabra hablada, habían llegado a sus oídos, tantas veces los había reproducido ella misma de niña, como un juego, junto a sus amigos en un conventillo de la calle Tumusla, que la literatura oral fue el campo de su interés llegada la hora de hacer la tesis. Era 1980 y antes que ella, una colega de nombre Nancy Paredes había lidiado para defender lo oral en un campo que muchos pensaban que era privilegio de lo escrito. “A mí se me hizo más fácil, aunque hubo alguna que otra observación sobre hasta qué punto la tradición oral era un tema académico, científico; pero finalmente se vio que correspondía”, dice Lucy Jemio Gonzales desde la sala de su vivienda que mira a la avenida 20 de Octubre. Una vivienda que en los últimos meses se convirtió en el lugar de trabajo para preparar la colección de diez libros de mitos y cuentos de diversos pueblos del país, que en breve será presentada a los lectores.

Pero hay que volver a la niñez de Lucy  para entender sus inquietudes, que se han traducido en una obra ya monumental de recopilación de la tradición oral de Bolivia, al grado de que existe todo un archivo en la carrera de Literatura de la Universidad Mayor de San Andrés. “Mis padres eran de la zona lacustre, aunque migraron a La Paz y yo viví en la ciudad. Lo que no sé es qué aprendí primero, si el aymara o el castellano, pero con mi mamá yo siempre hablaba en aymara, que me parece un idioma más cálido, más afectivo, más comunicativo”.

En ese idioma supo de Santiago de Huata, un pueblo de la provincia Omasuyos al que aprendió a amar también por las visitas periódicas. Sus tías, especialmente una de ellas, Josefina Gonzales, “mi tía mamá”, se acostumbraron a escuchar de la niña el pedido de cuentos y más cuentos. “Ocurre que con mis amigos de conventillo, cada tarde, a la misma hora, nos reuníamos en el patio —no había llegado todavía la televisión— para jugar a las rondas, a las canciones, para intercambiar historias que a veces hasta representábamos. Así que todos andábamos a la caza de cuentos”. El zorro, omnipresente en los relatos rurales, parecía un integrante más de esos juegos.

Ya como estudiante universitaria, Jemio asistió a clases en las que se hablaba de la antigua literatura germánica, la china y otras basadas en la oralidad. “¿Por qué no abordar la nuestra?, me dije y me dispuse a trabajar en ello”. Recibió el espaldarazo de la directora de la carrera en ese entonces, Blanca Wiethüchter (1947-2004). Y tuvo como entusiasta asesora a la antropóloga Verónica Cereceda (responsable del proyecto ASUR, en Chuquisaca). 

“Mi primera idea fue analizar la amplia bibliografía existente: Jesús Lara, Rigoberto Paredes y otros que habían difundido cuentos de la tradición oral. Compré todos los libros que pude y cuando comencé a analizarlos, yo, que soy aymara hablante, me di cuenta de que las historias no eran como las que había escuchado una y otra vez. Y no sólo eso, sino que eran versiones descontextualizadas: no se decía quién y dónde las había contado. Además, en el afán seguramente de mejorarlos, se los había tergiversado y asimilado a la literatura escrita, a la academia. El resultado era casi una caricatura, una historieta sin mayor relevancia”. Consciente de que “con eso no iba a ir a ningún lado, entendiendo que un discurso remite necesariamente a un contexto social, cultural, a una visión de mundo, decidí que tenía que empezar recopilando los cuentos directamente”.

Así que “me fui a mi pueblo, busqué a mis tías que todavía estaban vivas y con ayuda de mis parientes pude hablar con más gente y así recopilé un corpus de 60 cuentos más o menos y perfilé mi tesis”. Ese trabajo le permitió obtener la licenciatura.

Wiethüchter no sólo que la felicitó, sino que le pidió ser docente invitada del Taller de Cultura Popular. Al poco tiempo, en 1987, y tras el examen de competencia, Lucy Jemio asumió la cátedra como titular; desde ese lugar y en alianza con sus alumnos, y  colegas como Raquel Montenegro, ha podido recorrer más de la geografía nacional para grabar y a veces filmar a los narradores orales aymaras, quechuas, tsimanes, tacanas, guarayos, etc.   

“El proyecto que presenté entonces, para satisfacer las exigencias de docencia e investigación del taller, fue el de hacer acopio de material en las propias palabras de los narradores”. Los habitantes de la Isla del Sol, Charazani, Puerto Acosta fueron de los primeros en ver llegar a esos cazadores de cuentos armados con grabadoras y libretas.

Alrededor de 1.000 poblaciones han narrado historias en la voz de sus contadores “profesionales”, “oficiales”, porque, dice Lucy Jemio, “si bien en el pueblo casi todos saben un cuento, siempre nos remiten a quien es capaz de contarlo de la mejor manera. En general no pasan de 15 narradores ‘autorizados’, por llamarlos de alguna manera”.

Llegar a la comunidad, hacer contacto con las autoridades u organizaciones locales, identificar a un mediador y buscar a los narradores para arrancarles un cuento son pasos que con los años se han hecho sistemáticos para la catedrática. “Nuestro mayor enemigo es el tiempo; cuando viajamos, muchas veces con recursos propios, lo hacemos sabiendo que tenemos que trabajar rápidamente, pues los estudiantes tienen otras materias, a veces un empleo, lo mismo que yo, que además soy docente en la carrera de Lingüística, y cada minuto lo aprovechamos al máximo”.

Por supuesto, la prisa citadina no halla parangón con la calma rural, “Y no pocas veces el narrador nos pide que volvamos el próximo fin de semana”. Ocurre asimismo que en ciertas comunidades, los jóvenes se molestan cuando se les pregunta sobre cuentos del lugar; “soy de la ciudad, estoy sólo de paso”, suelen contestar. Y los mayores “se quejan de que los cuentos ya no importan a nadie y preguntan, ¿para qué quieres que te cuente?”.

De todas maneras, la experiencia de años de cacería funciona a la hora de convencer. Sobre todo si Lucy puede argumentar en aymara. Gracias a ese empeño, el Archivo Oral de Literatura guarda “una enorme cantidad de material para la investigación”. En el caso del aymara y el quechua, existen las grabaciones tomadas in situ, además de la transcripción en el idioma original y la traducción al castellano (el libro madre). En cuanto a las otras lenguas, no hay la transcripción directa, sino la castellana de la versión que un lugareño ayuda a hacer paralelamente el narrador comparte su historia.

Dice la estudiosa que cada vez que cree saber algo cierto, la realidad la sorprende. Tal el dinamismo de la oralidad que no hace otra cosa sino reflejar la realidad cambiante de las sociedades. Por eso, puede afirmar que “nadie cuenta un cuento de memoria”, lo que equivale a decir que “cada evento narrativo es una recreación o reinterpretación del que narra”, y que “cuanto se narra está conectado con un contexto concreto, con los sucesos de la gente”.

A la aymarista, que pensó que ya tenía suficientemente conocido el universo de cuentos en esta su lengua, la dejó fascinada, no hace mucho, el “descubrimiento” de Oruro. “Quizás porque la aridez de ciertas comunidades evitó que las haciendas llegasen con su modernidad, aquí el léxico es hoy más rico que el de la zona lacustre, por ejemplo. Y hay una mitología maravillosa que integra el origen de los pueblos, de la humanidad misma, con la naturaleza, las montañas… La vida entera no va a alcanzarme para estudiar todo ese material”.

Y lo dice quien ha dedicado gran parte de esa vida a  escuchar, transcribir, transmitir. Madre de tres hijos —una profesional, un universitario y un colegial—, la literata, que se reconoce enormemente feliz por lo que ha logrado aportar, se detiene en ciertos momentos que se han grabado en su memoria: “Los estudios —un diplomado en estudios étnicos y una maestría en ciencias sociales, con mención en antropología—, la docencia, los viajes, los libros, la edición de éstos ‘palabra por palabra’ me han absorbido tanto que muchas veces no pude estar en actividades clave de mis hijos”.

Que los vástagos lo comprenden lo demuestra su hija Dunia, quien ha elaborado un perfil de la madre, con todos sus logros, por si algún medio de comunicación se interesase en difundirlo.

El material del archivo que lleva la impronta de Jemio ha dado lugar a la publicación de varios libros. La última —la colección de diez textos que se conocerá el 24 de mayo— es posible gracias a que el proyecto investigativo Difusión de los relatos de la tradición oral boliviana, con énfasis en mitos y cuentos ganó el fondo concursable financiado con recursos del Impuesto Directo a los Hidrocarburos (IDH 2009).

De manera que la apasionada por la narración oral invita ahora a leer la palabra escrita. “Es una forma de difundir esa ingente riqueza”. Claro que sueña con que algún día “se pueda transmitir  la vivencia completa del relato, que no es solamente voz, sino toda una actuación, con gestos, movimientos y entonaciones que abarcan un sentido cuya complejidad y riqueza se pierden en el texto escrito”.

Como quien dice, esta historia impulsada por Jemio en la carrera de Literatura no tiene ni tendrá un colorín colorado. Y esto también la hace feliz.

Dice que...

Los gatos negros

En el tiempo antiguo, en una estancia lejana y desolada de Achacachi, había un hombre que gustaba de bailar de Danzante y vivía con su esposa. Lo contrataban y la pareja vivía de lo que le pagaban al hombre por bailar. Un día, él se murió en su estancia. Su esposa salió en busca de sus familiares, dejándolo tendido en el piso de su cuarto.

Caída la noche, por más allá de la casa estaban pasando dos viajeros buscando dónde quedarse. Vieron, en plena oscuridad, la luz del mechero de la casa del Danzante y se dirigieron hacia allá.

—¡Señora! ¡Alojanos por favor!— pidieron. Salieron dos niñas enlutadas: —Nuestra mamá no está aquí, sólo nosotras estamos velando a nuestro padre, pasen, tenemos comida, sírvanse—.

Los viajeros pasaron, comieron y se quedaron velando al Danzante. A medianoche, se escuchó a la distancia sonar la música de los Danzantes. Sorprendidos, los viajeros salieron a ver qué pasaba. Era una tropa que se dirigía a la casa. Los viajeros se asustaron, era una visión extraña y nada usual en una noche lóbrega.

—¡Entren niñas, vamos, cerremos la puerta!— les dijeron a las niñas enlutadas.

—¡No! ¡Esos diablos vienen a llevarse a nuestro padre! Entren ustedes y tranquen bien la puerta por dentro. Nosotras defenderemos aquí— respondieron las niñas.

Los Danzantes se acercaban más y más, y al llegar entablaron una lucha con las niñas que les impedían el paso.

Asustados los viajeros escucharon desde adentro gritar repetidas veces: “Cuéntennos los pelos de la cola y entonces se llevarán a nuestro padre!” — ¡Tazz! ¡Tazz! escuchaban los viajeros y se estremecían.

Así amaneció y sólo entonces volvió el silencio y después de un rato llegó la viuda acompañada de sus familiares.

— Señora, nos hemos alojado en tu casa y hemos pasado una noche terrible… tus hijitas salieron a defender…— los viajeros le contaron lo sucedido a la viuda.

— Gracias por velar a mi esposo, pero yo no tengo hijos ni hijas, criamos con mi esposo sólo esos dos gatos negros que están sentados por allá— replicó la viuda.

Lucy Jemio

El zorro bailarín

Mi mamá Josefina me contó varios de los cuentos más populares del zorro, como el del que convertido en gente iba a bailar en las noches a la Qhachwa, que es un baile nocturno de muchachas y muchachos adolescentes. El zorro se presentaba a la Qhachwa convertido en un guapo galán, las chicas se peleaban por bailar con él. Pero al amanecer, “al rayar el día”, el guapo joven salía corriendo. Cuando un día las chicas lo sujetaron impidiéndole escapar, el guapo galán se hizo soltar mordiendo a las chicas de sus manos y convirtiéndose en zorro, waqaqaqá.

El ‘doctor Sajama’

‘...porque Sajama se embriagó demasiado hay aquí algunos que beben y dicen: —El Doctor siempre fue un bebedor, por eso nosotros somos bebedores, por eso somos bebedores, por eso hasta nuestros hijos  deben ser bebedores—, así dicen. Entre nosotros nos decimos eso de que el Doctor había perdido bebiendo. Ahorita hubiéramos estado en un valle, decimos. Antes, los abuelitos solían contarnos así. De esa manera es que Sajama no es un valle. Esta tierra no produce ningún producto alimenticio, por eso nosotros vivimos sólo del ganado’. Julio Mamani Mollo (Sajama), tomo 5 de Mitos y Cuentos

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