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Era del deshielo, vitales achachilas en peligro

‘Si el Illimani se derrite totalmente, ¿a dónde irá la gente? Ya no habría productos para llevar a La Paz’. Los glaciares tropicales, como los que están en Bolivia, son más sensibles a los cambios climáticos.

La Razón / Gemma Candela

00:00 / 17 de febrero de 2013

Si Arturo Borda naciese a principios del siglo XXII, en vez de finales del XIX, tal vez tendría que buscarse otra fuente de inspiración que no fuese el mítico Illimani, el nevado que no puede faltar en una vista panorámica, en un cuadro o en una postal de La Paz. Si el glaciar sigue menguando, como sucede desde hace varias décadas, y la temperatura del planeta continúa aumentando, ya para el año 2100 quizá no sea más que una montaña con una coronilla blanca.

Desde la urbe no se percibe nítidamente cómo la nieve se está retirando cada vez más arriba, hacia la punta del extinto volcán de 6.438 metros de altura sobre el nivel del mar. “Nosotros que vivimos cerca, vemos cómo se derrite”, dice Alivio Aruquipa, de la comunidad Khapi, en el municipio de Palca. Como él, otros comunarios señalan el preocupante hecho, pues en la zona dependen del agua del deshielo para el uso doméstico y para la obtención de ingresos económicos: en este lugar se cultiva buena parte de la lechuga, el maíz y la papa que se comercializan en los mercados paceños, explica Edwin Tórrez, ingeniero de la Organización No Gubernamental (ONG) Agua Sustentable.

Este organismo estudia el deshielo, y sus efectos sobre la población, de los nevados Sajama, Mururata e Illimani. En este último, su área de investigación es la microcuenca del río Sajhuaya, que nace en la Cordillera Oriental y recorre 59 km² en dirección este, limitando al noreste con el municipio de Irupana. La Fundación trabaja en las comunidades de Pinaya, Jalancha, Challasirca, Cebollullo, Chañurani, Cachapaya, La Granja, Khapi y Tahuapalca, pertenecientes al municipio de Palca, en el que viven 14.185 personas, según el Instituto Nacional de Estadística (INE).

Los científicos

El deshielo no es sólo una percepción de los lugareños. El mundo científico lo estudia. “Lo que dicen los datos es que desde 1976 observamos una aceleración muy neta del retroceso glacial”, afirma el glaciólogo y representante del Instituto de Investigación para el Desarrollo (IRD, en sus siglas en francés) en Bolivia, Bernard Francou. “Estudiamos los glaciares como indicadores del cambio climático y también las consecuencias que puede tener la evolución de esos glaciares”.

El Illimani, el Mururata, el Sajama, el Huayna Potosí, el Tuni Condoriri... son tanques naturales de agua. Los tres últimos aportan al año un promedio del 15% del líquido que abastece a las ciudades de La Paz y El Alto, según Álvaro Soruco, docente de la UMSA (30% en la época seca).

“Si el Illimani se derrite totalmente, ¿a dónde irá la gente? Ya no habría productos para llevar a La Paz”, dice Aruquipa.

En Tahuapalca viven cerca de 200 personas. De día hace un calor similar al de los valles cochabambinos. Entre los cerros, asoma el blanco y majestuoso perfil del mítico nevado.

Junto al camino de tierra que pasa por el poblado y que sigue su curso montaña arriba, hay un estanque con 300 mil litros de capacidad, cuyo contenido proviene de un ojo de agua que hay más arriba, en una propiedad que ha adquirido la comunidad. El manantial se alimenta del glaciar y beneficia a 70 familias de Tahuapalca, gracias a un sistema de riego de cámaras de agua distribuidas en diez hectáreas de terreno; al abrir la llave de paso, el agua fluye a borbotones a través de mangueras distribuidas por las chacras. Hace poco más de un año que esta estructura está en funcionamiento, gracias al trabajo conjunto de los lugareños y de Agua Sostenible. Así, se aprovecha mejor el recurso natural.

Los campos cultivados se extienden al otro lado de la carretera, una área de tierra que termina al borde de un precipicio donde aún se mantienen en pie los restos de un cuartel que, cuentan los habitantes del lugar, estuvo bajo el mando del Mariscal Andrés de Santa Cruz. Entre las lechugas y los tomates que crecen aquí y allá, se levanta un grupo de lápidas multicolores muy juntas, casi unas sobre otras, que parecen bailar sobre el irregular terreno.

“Esto era incultivable”, asegura Hugo Flores (45), un comunario que está trabajando la tierra. Ahora, los lugareños pueden sembrar en cada rincón y las cosechas son más rápidas gracias al aprovechamiento del agua. Sin embargo, las plagas, como las de pulgones, antes eran desconocidas para los agricultores de la zona y, ahora, son cada vez más frecuentes y agresivas. Pone como ejemplo a la señora que trabaja en la chacra de al lado con ayuda de sus hijos: ella sufre por los  gusanos, a los que llaman “lapa”, en sus lechugas. Ella asiente con la cabeza y rebusca entre las hojas de sus hortalizas analizando el estado de salud de cada una.

El ingeniero Tórrez afirma que cada vez son más frecuentes estos bichos odiados por los campesinos; antes, prácticamente no los conocían. En las tierras de abajo, donde las temperaturas son más altas, hay, además de pulgones de varios tipos, plaga de mosca blanca, un insecto que absorbe la savia restando vigor a los vegetales y que fomenta la aparición de hongos que ennegrecen las hojas. Éstos también afectan a los frutales, como el durazno muy abundante en la zona.

Ramiro Limachi (29 años) cultiva gladiolos y lechugas. Hace tiempo que regresó de La Paz, adonde emigró tiempo atrás. Cuenta que, ahora, los comunarios aprovechan mejor el agua para sus cultivos. Tienen más cosechas de lechugas que antes y, además, el tamaño de éstas es mayor. El secreto está, en parte, en el aprovechamiento del líquido pero, también, en el uso de productos químicos.

Lo que los comunarios están observando, y padeciendo, es efecto del cambio climático. Están llegando las plagas y el Illimani está perdiendo parte de su masa de hielo. El achachila (espíritu protector, en aymara) es el vigilante y la fuente de la riqueza de la zona: su nombre viene de “illa”, que significa “simiente y generadora de abundancia”, y de “mani”, de “mamani”, guardián. Es un glaciar tropical, pues se encuentra en el área comprendida entre el Trópico de Cáncer y el de Capricornio. En territorio boliviano están alrededor del 25% de los glaciares de este tipo (que suman algo menos de 500km², según Francou).

“Hermanos” de este nevado son el peruano Quelcayya, que es el de mayor extensión del mundo, con 44 km²; la Pirámide de Carstenszy, en la isla de Nueva Guinea (Oceanía), o el Kilimanjaro, ubicado en Tanzania.

Los nevados tropicales son más sensibles al cambio climático que los de otras latitudes. “El glaciar tropical nunca puede descansar”, indica Francou. Los de Europa, de latitudes medias, se deshielan en verano, cuando las temperaturas son más altas y las precipitaciones, escasas; pero recargan su masa de hielo durante el frío invierno, cuando las nevadas son frecuentes. Sin embargo, los Andes bolivianos se encuentran en la región tropical, en la que precipita durante los meses de más calor. Si no llueve lo suficiente, el hielo de la superficie, de color gris por la cantidad de polvo y de partículas negras que contiene, absorbe más energía solar; por tanto, aumenta el deshielo. Y, en la temporada seca, cuando el frío favorecería la acumulación de hielo, no llueve.

Además, los fenómenos naturales de El Niño (que trae periodos secos y cálidos) y La Niña (ocasiona temporadas frías) juegan también un importante papel en la recuperación y pérdida de la masa de hielo de los glaciares.

Desde 1980 hasta 2000, El Niño fue muy frecuente en la región, explica el experto. Desde entonces, y pese a que dicha frecuencia ha sido menor, no se ha detenido la desglaciación. Entre 1976 y 2006, se ha perdido el 45% de la superficie de los glaciares del país, asegura. En el caso concreto del nevado Illimani, ha pasado de 16,4 km² a 14.8 km², entre 1985 y 2006 (una reducción del 9,7%), según publica el experto Martín Vilela en el estudio Glaciares Andinos. Recursos y cambio climático. Desafíos para la Justicia Climática en el Cono Sur.

Las causas del deshielo no son locales, sino regionales y mundiales: el calentamiento global es consecuencia, sobre todo, de las emisiones desmesuradas de CO₂  (dióxido de carbono) a la atmósfera. Esto aumenta el efecto invernadero del planeta. Con él, los elementos que afectan al clima terráqueo están cambiando: la presión y temperatura atmosféricas, las precipitaciones, los vientos y la humedad.

Las emisiones de gases provienen, en gran parte, de las potencias económicas encabezadas por China, EEUU e India: entre las tres sumaron casi el 50% de las emisiones de 2011, que fueron, en total, de 34 mi millones de toneladas, según el Foro Económico Internacional para las Energías Renovables. Alivio Aruquipa acudió hasta la sede de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), en Washington (EEUU), con el apoyo de Agua Sustentable, para poner una denuncia contra los emisores, por la vulneración de los derechos de pueblos que dependen del agua del Illimani. “Me dejaron hablar unos cinco minutos. Argumenté sobre las necesidades que tenemos, de los problemas de los últimos tiempos, del cambio climático, las enfermedades de las plantas…”, cuenta el oriundo de Khapi. Pero, dice, regresó sin lograr que la CIDH tomara en cuenta sus palabras.

“Es una tendencia mundial”, dice Francou. En los Andes bolivianos, la temperatura ha aumentado un promedio de 0,15°C por década desde 1950, según el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, en inglés). En el Illimani, la temperatura ha aumentado casi 1°C durante el siglo XX, explica el glaciólogo. Para la medición, los expertos agujerearon el hielo y, con una cadena de termómetros, obtuvieron la temperatura del hielo.

Un grado puede parecer insignificante pero, recuerda Francou, la última glaciación terminó debido a que la temperatura global aumentó en 5°C.“El hielo actúa como un archivador del clima”, afirma. Estudiándolo, se puede conocer cómo eran las condiciones atmosféricas en la cima del Illimani hace 18 mil años. Él fue parte de un equipo que pasó 17 días sobre el achachila para estudiar los “hielos fríos” (aquellos cuya temperatura de fusión es de 0°C). Hicieron perforaciones para extraer 144 metros de hielo que enviaron a Francia y Suiza para medir sus características geofísicas. Conclusión: “Actualmente, la temperatura y las condiciones son un poco nuevas para los glaciares. No pasó antes, por lo menos, desde hace milenios”.

Si las emisiones de gases invernadero siguieran estables hasta finales de siglo, en 2070 la temperatura global podría subir hasta 4°C. Sin embargo, el Foro Económico Internacional para las Energías Renovables prevé que se incrementen en un 20%, superando las 40 mil toneladas para 2020. Y, recuerda el director del IRD, el CO₂ permanece en la atmósfera durante 100 años.

“Nuestros antepasados consideraban (al Illimani) como si fuera un Dios”. Si un día se agota esa fuente de abundancia, no sólo se perderá la agricultura en los pueblos de su alrededor, sino que cambiará su cultura y tradiciones, como las ofrendas.

Rituales por la abundancia

Cada agosto, alrededor del día 15, los comunarios de la zona de Palca limpian las acequias y hacen una misa en honor del Illimani, para pedirle que nunca les falte agua. A veces, yatiris ofician la ceremonia.

En otros sitios, como en la región peruana de Cusco, los lugareños van hasta el nevado Qolquepunco para rezar. Antes, cuando regresaban a casa, llevaban consigo un pedazo de hielo como reliquia. Han dejado de hacerlo, cuenta Francou, porque saben que su glaciar está “enfermo”.

Francou advierte que, aunque no hay que ser alarmistas, hay que tomar conciencia de la situación.  La línea de equilibrio de los glaciares tropicales, por encima de la cual recuperan su masa, mientras que por debajo se produce el deshielo, está establecida en los 5.300 metros. Por ello, el Illimani está, en el futuro próximo, a salvo, pero no a largo plazo. No fue así para el Chacaltaya, cuyo nevado desapareció hace cuatro años, cuando estaba previsto que “sobreviviera” hasta 2015. Esta montaña está a 5.395 metros, prácticamente a la altura de la línea de equilibrio.

“Podemos parar la evolución”, reconoce Francou, “si la comunidad internacional limita las emisiones de gas para que lleguemos al final del siglo con la esperanza de tener un clima que no va a subir más de dos grados”. Y, a nivel local, crear leyes o, al menos estrategias que protejan los glaciares, como sucede en Chile y Argentina.

Vigilantes de glaciares

Toda vez que el Chacaltaya ha desaparecido, el director del IRD, Bernard Francou, estudia la evolución de Zongo y Charquini.

En esos glaciares también trabaja Benjamin Lehmann, un joven glaciólogo francés. Cada mes sube a los nevados para corroborar que las estaciones meteorológicas funcionan correctamente (a veces, los paneles solares que la hacen funcionar se cubren de nieve). También se encarga de clavar en el hielo balizas de plástico, que revisa mensualmente para ver el aumento o disminución del glaciar. Al final del año hidrológico, en septiembre, asciende a la zona de acumulación para medir la salud de los nevados: si ganaron o perdieron masa.

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