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Chicani agroturístico

Ubicado en el sureste de la hoyada, este paraje de clima y paisaje valluno abastece de leche, verduras y flores a mercados de la ciudad.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Basualdo

00:00 / 15 de febrero de 2016

Doña Rogelia Quispe se levanta con el sol para atender a Manchita, que mueve la cabeza apenas la ve. Éste no es el apodo de alguna de sus hijas ni hace referencia a mascota alguna, se trata de la vaca que para Rogelia y su familia es un sustento de vida, por los cerca de 20 litros de leche que proporciona al día. Es temprano y no hace frío. Chicani es un agradable paraje con su propio microclima templado.

Así, doña Rogelia y Manchita inician su faena mientras los hijos de ella se alistan para una nueva jornada escolar en la unidad educativa Mariscal Antonio José de Sucre, que acoge a por lo menos 300 alumnos y está ubicada en el centro de esta comunidad de costumbres rurales. Y es que pese a estar más cercana del radio urbano que otras zonas como Achumani o Cota Cota, Chicani se ha mantenido a distancia “conservando sus costumbres y forma de vida por decisión misma de los comunarios originarios”, explica el licenciado Ángel Clavel Monroy, director de la escuela.

Ése es el estilo de doña Rogelia, quien en un par de horas logra recolectar algo de aquel líquido blanco que será comercializado a media mañana en el mercado de Villa Copacabana.

Antes de la Reforma Agraria de 1953, Chicani, que viene del aymara chicat chicat y se traduce como “equilibrio”, era una gran hacienda habitada por estancieros y sus peones que se dedicaban a producir la tierra. Pero acaecida la revolución, los terrenos pasaron a ser propiedad de aquellos que la trabajaban. “Los vecinos no eran proclives a la urbanización, pero esto ha ido cambiando en los últimos años en la lógica de las nuevas generaciones del lugar. El avance es inevitable”, sostiene Monroy.

A medio camino entre Villa Salomé e Irpavi, la comunidad se encuentra rodeada de montañas y ostenta una exuberante vegetación, donde destacan coloridas flores como salidas de un cuadro impresionista. Este pequeño valle es alimentado por vertientes y ríos que bajan desde los deshielos de la cuenca de Hampaturi, otra comunidad rural que abastece del líquido elemento a la ciudad. “No tenemos agua potable, pero nunca nos falta”, dice doña Rogelia, de pollera, con trenzas hasta la cintura y llena de vitalidad para arrear a sus vaquitas.

Las construcciones de cemento, hierro y ladrillo han ido sustituyendo a las casas de adobe con techo de paja, aunque aún se pueden ver rastros de aquel pasado bucólico. “En la novela Raza de bronce (Alcides Arguedas), un episodio narra un viaje de sus protagonistas de Yungas hacia Cochabamba. Allí se relata una parada en una hacienda, la cual se cree corresponde a la exhacienda Chicani”, expresa Monroy. Aquella propiedad pertenece en la actualidad a la familia Hartman y funcionó hace algunos años como espacio de eventos.

Chicani es una zona calificada como Verde por la Gestión de Riesgos del Gobierno Municipal de La Paz, por ser una de las pocas áreas estables y sin alarma ecológica. La comunidad ha desarrollado un sistema de canalización de aguas servidas que protege a los suelos de la humedad “y también ha establecido un sistema de dotación y tratamiento de agua de vertiente, lo cual no justifica la falta de atención gubernamental con respecto al agua potable y el alcantarillado”, dice Monroy.

En este paraje agroecológico se cultivan verduras y flores. En los últimos años han proliferado las carpas donde se siembra lechuga, papa, locoto, brócoli, nabo, tomate, choclo, rábano, entre otros, que son comercializados en los supermercados de la ciudad. Lo mismo sucede con las flores que suman una larga lista donde destacan gladíolos, rosas y girasoles, que también son vendidos en mercados y cementerios de La Paz. Monroy indica que es posible abastecerse de esta mercadería en el mismo lugar de producción. “La gente desconoce lo que aquí se puede adquirir, pero sin duda que es más garantizado que lo que se produce en Río Abajo, por las aguas contaminadas. En cambio aquí, todo lo que se produce es con agua de manantiales”, manifiesta el profesor, invitando al resto de ciudadanos de la hoyada a visitar Chicani, que se encuentra a 20 minutos de Irpavi y a 30 de Villa Salomé en el sureste paceño.

La zona también es propicia para pasar un fin de semana. Acampar sobre la “alfombra verde” al aire libre es una alternativa, pero también existe La Casa de Encuentro como opción hotelera inclusiva para descansar, divertirse y trabajar. La licenciada Ilse Miranda es gestora de aquella residencia en su papel de directora académica de la Fundación Inclusión en el Mundo. “Una de las características de esta residencia es que al haber sido construida con un enfoque de servicio y responsabilidad social, cuenta con infraestructura inclusiva, lo que permite que personas con capacidades alternativas motrices puedan disfrutar su descanso con seguridad y facilidad de desplazamiento por todo el complejo”, señala la activista sobre el lugar con capacidad para 60 camas, el cual cuenta con un coliseo donde se practica fútbol de salón o básquet, además de una pequeña piscina y área de juegos para niños. “También servimos lechón al horno, trucha a la leña, watía con variedad de carnes”, menciona por su lado Natalio Mamani, administrador del complejo.

Los vecinos de Chicani son gente muy ajetreada. De lunes a viernes cumplen con sus obligaciones laborales y en fines de semana se dedican a hacer deporte, fútbol en específico, y a llevar sus mercancías a los diversos puntos de venta de la ciudad. “Los cuatro sectores de la comunidad que suman al menos a 4.000 habitantes se reúnen cada 31 de julio, para festejar al patrono del pueblo, que es el Tata Santiago”, explica Monroy. En esa fiesta dan rienda suelta a sus costumbres rurales con bailes típicos como morenada, thinku y kullawada, amenizadas por orquestas y grupos autóctonos.

Llega el mediodía y los hijos de doña Rogelia vuelven al hogar para ayudar en los quehaceres. Dan de comer a sus animales, entre ellos Manchita, que espera ser ordeñada de nuevo. En su momento de recreo, ambos niños acostumbran sumergirse en una gran pileta con agua de manantial. Su relación con la naturaleza es envidiable. Son felices con lo que la creación les da.

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