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Santiago costumbrista

En este pueblo al este de Santa Cruz, de clima agradable protegido por la serranía, aún perduran las tradiciones forjadas por los jesuitas.

La Iglesia Misional de Santiago es el principal atractivo del pueblo, aunque ahora se encuentra en refacción. Foto: Marco Basualdo

La Iglesia Misional de Santiago es el principal atractivo del pueblo, aunque ahora se encuentra en refacción. Foto: Marco Basualdo

La Razón Digital / Marco Basualdo

00:00 / 22 de febrero de 2016

A Filomena y Denisse las separan casi medio siglo de vida. Doña Filomena Vargas creció cuando el pueblo solo contaba con caminos de tierra como vías de acceso, cuando jugaba descalza con los demás niños en su única plaza hasta que la luz natural lo permitía, pues la energía eléctrica recién llegó a mediados de los 70. Denisse Fernández nació con el nuevo milenio, cuando la ruta asfaltada aumentó la frecuencia de viajes hacia las poblaciones vecinas, cuando la televisión satelital, la internet y otras tecnologías empezaron a acercarla a un mundo moderno, muy alejado de los paisajes y prácticas rurales de su caserío natal. Estas mujeres crecieron en momentos distintos, pero tienen un nudo en común: su amor por esta tierra chiquitana, leal a sus costumbres y tradiciones.

Santiago de Chiquitos es un pueblo del este del departamento de Santa Cruz, situado a una altura de 2.070 m.s.n.m. Fue fundado como Santiago Apóstol en 1754 por los misioneros Gaspar Troncoso y Gaspar Campos. Su paisaje es bucólico, con exuberante vegetación y clima templado, además de una particular cortina de neblina al iniciar el día y cuando cae la tarde. Quizá por ello se ha ganado los motes de “El paraíso por descubrir” y “Sucursal del cielo”.

Esta fama de refugio o edén escondido lo tiene ganado por su ubicación. Para llegar hay que recorrer un camino serpenteado que al principio parece una ruta hacia ninguna parte. Luego aparece Santiago, protegido por la serranía chiquitana y lejos del calor de los llanos.

“Mis papás decían que antes no había ni mosquitos”, recuerda doña Filomena. También dice que si bien algunas costumbres se han mantenido intactas, hay cosas que el tiempo se ha llevado. “Éramos una sola familia donde nos conocíamos todos; los chicos no usábamos zapatos, solo los domingos para ir a misa”, cuenta riendo esta mujer nacida en 1943. Aquella generación se divertía con juegos como la rayuela, las escondidas —donde el jucumari era el “monstruo” a evitar—, los zancos, el trompo, el enchoque (choca), “no había juguetes, uno tenía que inventarse con qué jugar”. Esta profesora de profesión asegura que en Santiago de mediados del siglo XX no había analfabetos, y que en eso coadyuvó, desde 1950, el Colegio Internado Evangelista, que también atrajo a estudiantes de todo el país. “Aquí estudió el que fue alcalde paceño, Julio Mantilla, y don Hormando Vaca Díez, ex presidente del Senado”.

Pero las cosas fueron cambiando con el tiempo, “con la llegada de la televisión, los adolescentes adquirieron otras costumbres, copiadas de otras sociedades. Cuando llegó la internet ya ni qué decir”, se queja doña Filomena. Pero para su coterránea Denisse, nacida en 1980, la irrupción de las nuevas tecnologías en aquel pequeño paraje idílico permitieron a los lugareños abrirse un poco más al mundo. “Estamos más informados de lo que sucede en nuestro país, y también podemos comunicarnos con gente de todas partes”, señala la también joven guía de turismo, quien es un ejemplo de la interculturalidad a la que son expuestos los pequeños santiagueños, pues domina a la perfección los mitos y costumbres de su comunidad y su contexto turístico, además de estar “conectada” a las redes.

“Por la internet podemos ‘bajar’ música clásica para ensayar con la orquesta y también escuchar lo que está de moda”. Intercambiar canciones por Bluetooth es otra de las actividades de los muchachos al concluir sus clases y reunirse en la plaza del pueblo. Denisse explica que parte de su trabajo es guiar a los turistas por senderos y caminatas en medio de rocas erosionadas por el viento y el agua, aparte de visitar las pinturas rupestres, cascadas y cavernas ubicadas cerca de ese pequeño radio urbano que es Santiago de Chiquitos. Empezó en esta profesión orientada por sus hermanos mayores cuando tenía 10 años, y actualmente cobra 100 bolivianos por lugar visitado, tarea que incluye el traslado en moto que ella misma maneja. “Conozco Santa Cruz, La Paz, son ciudades muy lindas y grandes. Pero por nada cambiaría a Santiago”, dice esta muchacha con un rosario de historias sobre su pueblo.

El amor que siente esta guía de turismo por su terruño es el que atrae constantemente a turistas extranjeros que se ven tentados con la posibilidad de echar raíces en el lugar y convertirse en un santiagueño más. Es el caso de Stefen Reich, ciudadano alemán que llegó al país hace 22 años para trabajar en conservación del medio ambiente desde su papel de biólogo. Recorrió todo el país hasta llegar a Santiago, cuyo clima y paisaje lo atraparon hasta decidirlo a quedarse y abrir, hace ya 10 años, un hostal-restaurante bautizado como Churapa, que aporta con sus instalaciones a la capacidad hotelera de la localidad, calculada en 150 camas. “La gente de la región es muy amable, aún mantienen su cultura chiquitana”. Stefen se considera un lugareño más y en su afán ideó, junto al artista plástico Leoni Manrique, un Festival de Música y Arte para la Conservación que se realiza durante la primera quincena de cada enero para promocionar Santiago.

“Yo no conocía esta población, lo que más llama la atención es que un alemán me haya invitado a conocer esta parte de mi país”, dice, riendo, Manrique, cochabambino de nacimiento que se enamoró de uno de los personajes más representativos de la región como es el Abuelo Chiquitano, a quien suele representar en cuadros. “Es un protagonista juguetón que con su baile lleva a todos hacia la tierra prometida”.

Elmer Saravia es el presidente del Concejo Municipal del municipio de Roboré, al que pertenece Santiago, y coincide con eso de la “tierra prometida”.

“Tenemos miradores con vistas espectaculares, el Valle de Tucavaca, donde se pueden apreciar pinturas rupestres, balnearios, cataratas, una diversidad de atractivos turísticos naturales”. Y en cuanto a recintos religiosos en la zona chiquitana, “contamos con un templo que guarda la atmósfera de antaño, con piezas de arte sacro elaboradas por artesanos chiquitanos, producto de las enseñanzas de los jesuitas”. El templo al que hace referencia es la llamada Iglesia Misional de Santiago, que por ahora se encuentra en refacción.

 Así como sucedía en la época de la colonización, esta región de la Chiquitanía se dedica en la actualidad a la agricultura, ganadería, artesanía, al trabajo del cuero y los tejidos. Los misioneros jesuitas incentivaron a los lugareños a desarrollar sus habilidades fomentando las artes manuales y la construcción de instrumentos musicales, aptitud a la que parece dedicarse todo el pueblo. Sucede que “la evangelización mediante el uso de la música renacentista y barroca tuvo gran acogida en la época y se ha desarrollado consecutivamente hasta la actualidad, dejando un legado propio”, explica la profesora. Denisse está de acuerdo. También se dedica a la música, como en su tiempo lo hizo doña Filomena, de quien la separa medio siglo. Pero hay mucho que las une.

Los chiquitanos

Chiquitos es una provincia ubicada al centro del departamento de Santa Cruz. Forma parte de la zona de la Chiquitanía y debe su nombre a la tribu de los chiquitos o chiquitanos, pobladores originarios de esos territorios.

La colonización de América fue emprendida por sacerdotes de distintas órdenes, que llevaron a cabo una labor evangelizadora. Entre las misiones de dichas órdenes destacaron las de los jesuitas y franciscanos. A finales del siglo XVII comenzó la creación de las misiones jesuitas en lo que actualmente es Bolivia, esencialmente en las regiones de Chiquitos. Estas misiones fueron declaradas en 1990 Patrimonio de la Humanidad por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco).

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