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La diablada

Baile de los supay, baile de los muertos

La Razón / Milton Eyzaguirre M. / La Paz

00:00 / 19 de febrero de 2012

Supay no es diablo, es muerto, alma, anciano. Por ello, la diablada no sería un baile de demonios del averno, sino un rito en el que los vivos representan a los muertos, las almas, los viejos... los ancestros andinos, para agradecerles por la fertilidad de la tierra, de los seres vivos.

Investigaciones en diferentes contextos andinos que buscaron desentrañar esta danza tan popular en Bolivia, que es producto del sincretismo religioso, se refieren a una entidad de carácter mitológico llamada supay. Aunque el término existió antes de la llegada de los españoles, durante la Colonia se tradujo como diablo o demonio. Esta resignificación guarda relación, fundamentalmente, con la lucha católica entre el bien y el mal, y en ese cambio de sentido se incrustaron elementos occidentales a una tradición milenaria de carácter andino.

Hasta fines del siglo XVI, supay se utilizó en tres sentidos: el muerto, una de las almas que poseen los seres humanos (sombra) y el anciano que está a punto de morir.En el diccionario de Domingo de Santo Thomas de 1566 —el más antiguo del quechua—, se explica que supay podría ser un ángel bueno o malo. Argumentaba que Dios había hecho el cielo para que vivan los ángeles, y que los ángeles muy malos “no obedecieron a Dios… y a eftos por fus peccados, los echo Dios del cielo y defterro aca abaxo de la tierra, al infierno en gran fuego, y obfcuridad, y hedor Donde hafta agora eftan, y eftaran para siempre encerrados, padeciendo por sus pecados. Y eftos fon los que en vueftra lengua llamays (mana allizupay) Y nofotros en nueftra, les llamamos diablos”.

En el Vocabulario de la lengua general del mismo autor, se define: Çupay: ángel bueno o malo, demonio bueno o malo, demonios, trasgo (criatura mitológica en España, duende travieso) de casa; Alliy zupay: ángel bueno y Mana allí zupay: ángel malo”.

En ese entonces, se entendía que los habitantes del manq’a pacha (el mundo de abajo), entre ellos los muertos denominados amaya o mallquis, espíritus de los antepasados temporalmente cercanos o lejanos, eran benignos y malignos, dependiendo de las actitudes culturales que asumían las personas frente a esas deidades. Santo Thomas recogió la ambigüedad y definió como ángeles y demonios a los supay.  

En 1585, en el Sermón XIX del Tercero Catecismo del Concilio Provincial de Lima, se exhorta a los indígenas a que suspendan las actividades a favor de sus deidades, como sacarse las cejas, adorar las apachetas, wakas, willcas, llallaguas y otras, porque serían “cosa del demonio”. Y se les pide que dejen de bailar a favor de éste: Ama ñawpa pacha machuykichikkunap paqarisqa takinta takinkichikchu o no se debe ejecutar los bailes acompañados de cantos (taki) que sus antepasados celebraban antiguamente y que recuerdan el origen (de sus comunidades);  chaykuna mana allí takim (esos bailes son malos), y Supaypa takinmi (son bailes diabólicos).

En 1608, Diego Gonzales Holguín publica el Vocabulario del Quechua, cuya autorización, según los editores de 1989, estuvo firmada en 1575 por el virrey Francisco de Toledo, es decir, 43 años después de la incursión española en este territorio. En ese texto, Çupay es el demonio: “Çupayani: Hazerse muy malo como vn demonio”; “Çupaypa yaucusccan. El endemoniado”, y “Çupay niyoc, o çupaypa çamaycuscan. El que tiene familiar, o habla con el demonio”.

Gonzales traduce también el término en sus variaciones de Çupan o Çupay çupay, como sombra, duendes o fantasmas. Se refiere, pues, a las almas: la sombra que uno lleva cuando está vivo y que se queda con sus restos óseos después de la muerte, con una característica animal que es el coraje y que define la forma de ser de una persona.

En los diccionarios de aymara y quechua de Ludovico Bertonio de 1612 y de Gonzales Holguín de 1608, la palabra aparece ya relacionada con el diablo o demonio. Es decir que, en algún momento de todo el proceso de extirpación de idolatrías, se había adaptado el término de supay para describir al demonio o diablo, tal cual lo conocemos en la actualidad.

Cuando los españoles llegaron a estas tierras andinas, el ser maléfico (diablo o demonio)  no existía, como tampoco el dios católico. Lo que sí había eran wakas, anchanchus, japiñuñus. La Colonia fue forzando conceptos y, así, éstos entes fueron relacionados con los demonios católicos. Mientras que por el lado de los indígenas, si bien los çupay eran sus dioses, no los reconocieron abiertamente para evitar la quema de las momias de sus antepasados, como sucedió en el Cuzco, cuando Juan Polo de Ondegardo y Zárate incineró más de 200 mallquis para extirpar idolatrías.

Pero también los zupay, supay o çupai son seres vivos, personas ancianas que están a punto de morir. En sus relatos de 1588, el padre Bartolomé Álvarez hace estas referencias: “Ya yo soy çupai. En este dicho entienden que, por haber llegado a tan vieja edad, están ya constituidos para ir donde fueron sus pasados a ser uno como aquellos… porque su felicidad, ciencia y fe es entender que han de ir con sus padres a ser como ellos, y que han de gozar con los muertos de lo que allá gozan”. Estos ancianos ya están a punto de volver a sus lugares de origen, pacarinas o wakas (santuarios andinos), donde viven sus antepasados: los gentiles o chullpas, para gozar con los muertos. Esto quiere decir que forman parte de un proceso donde el muerto çupai todavía está vivo; una percepción que se ha diluido con el tiempo.

En el Sermón XIX de 1585 se hacía referencia a las personas mayores que enseñaban a los jóvenes a echar chicha en el suelo como ofrenda al sol, la tierra y el fuego; o detectar los malos agüeros en base al sonido de los búhos y ladridos de los perros; o colocar la ropa en el camino para que otra persona se lleve sus enfermedades; o colgar mazorcas de maíz al techar las casas para protegerlas. Cuando los sacerdotes se preguntaban sobre estas costumbres, las respuestas eran obvias: “¿Quiénes pueden ser los que enseñan estas cosas? Son los ancianos, son los hechiceros los que las enseñan”.

Desde esta lógica, la diablada sería la representación de la danza de los muertos o de los ancianos que están a punto de morir, ya que el término supay significa esto. No obstante, parecería inadecuado hablar de los muertos en el tiempo de Carnaval, tiempo en el que hay abundancia de productos que se agradecen a la Pachamama. Se dirá que el tiempo de los muertos es noviembre (Día de los Difuntos); pero, de acuerdo con la lógica andina, las fiestas se celebran en periodos largos: desde el 1 de noviembre hasta los días de Carnaval, lapso llamado jallu pacha (tiempo húmedo) o allu pacha (tiempo de la fertilidad, donde allu se traduce literalmente como miembro masculino). Es en este periodo que asoman los supay, los muertos divinizados, cuyo carácter de actor social comienza con los ancianos a punto de morir.

Entonces, esta danza serviría para recordar a los ancestros, que se convierten en deidades que ayudan a hacer posible la producción mineral, la reproducción de los seres humanos y animales, y la germinación de las plantas. Por esta razón el tío o diablo, el ekeko —que poseen en algunos casos el falo erecto— y otras entidades andinas serían ancestros del mundo andino.

De la diablada a la angelada

En la región de los laimes (Norte de Potosí), la investigadora Olivia Harris halla que, efectivamente, el tiempo de Carnaval tiene que ver con los muertos, basándose en la interpretación de wayñus con las flautas, que pudo grabar en los años 80. Ella cuenta que al final de la velada festiva, intentó reproducir esos wayñus, pero “inmediatamente fui detenida por los asistentes que se mostraban horrorizados. La música del wayñu pertenecía a los demonios que ya habían sido debidamente despachados a la tierra de los muertos y podían volver si escuchaban el sonido de las flautas. Me quedó claro entonces que los demonios, cuya fiesta es el Carnaval, son en alguna forma los espíritus de los muertos”. Además, los muertos en el pasado, de acuerdo con el cronista colonial Felipe Guamán Poma de Ayala, se iban a bailar y festejar durante la mitad del año, mientras el resto lo pasaban en tristeza.

El análisis histórico de la diablada permite, pues, entender la presencia de la muerte como personaje importante. Cabe recordar que hasta hace poco, la figura del Condenado (el muerto que ronda entre los vivos) era importante en este baile y solía aparecer brincando entre diablos, ángeles, chinas y cóndores; el personaje lamentablemente ha desaparecido.  

La existencia de ángeles buenos o malos recogida por los primeros cronistas se explica, asimismo, porque todos, muertos, ángeles y diablos, eran lo mismo en el principio. Por esas razones, la diablada se puede ver como una alegoría de la danza de los muertos interpretada por los vivos, en la que los supay son ángeles, buenos y malos. Ángeles que, devenidos en “diablos”, con el matiz del catolicismo, se enfrentan, a la manera de un auto sacramental y triunfa el bien sobre el mal. Por ello, el baile debería llamarse algo así como la angelada o la danza de los ángeles.

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