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Dos días en nuestra casa

Circuito turístico por Guaqui, Tiwanaku y Taraco

Dos jóvenes juegan en la playa de la comunidad Santa Rosa, en el lago Titicaca. Foto: MAC-APG

Dos jóvenes juegan en la playa de la comunidad Santa Rosa, en el lago Titicaca. Foto: MAC-APG

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández R.

00:00 / 07 de mayo de 2017

Comenzar en un museo y terminar en una playa no ocurre cualquier fin de semana. De eso y más se trata el turismo vivencial, ya que esta experiencia no solo conlleva visitar repositorios y recorrer sitios arqueológicos de tres municipios ricos en historia y de bellezas naturales, sino que también se realizan actividades como la cosecha de papa. Todo ello en dos jornadas del denominado Markasataki (del aymara, Nuestro Pueblo).

Artesanos, guías de turismo originarios, hoteleros, gastrónomos, balseros, transportistas y productores agrícolas de los municipios paceños de Guaqui, Tiwanaku y Taraco unieron fuerzas con el objetivo de presentar al visitante el circuito turístico.

El puerto de Guaqui es el primer puerto internacional de ultramar construido en Bolivia. A inicios del siglo pasado, cada día salían y llegaban embarcaciones con exportaciones e importaciones desde el lago Titicaca con destino al océano Pacífico. El progreso hizo que se construyera la línea de ferrocarriles que conectaba esta población con La Paz. Sin embargo, en unas décadas este panorama cambió, sepultando aquel próspero pasado casi en el olvido, hasta que varias entidades se juntaron para reconstruir los recuerdos. Gracias a este trabajo fue edificado el Circuito y Complejo Turístico, Ecológico, Museográfico y Ferroviario Lacustre.

El puerto de Guaqui tiene como emblema el buque multipropósito Mosoj Wayna.

Cuatro galpones       —que antaño servían de depósitos— ahora muestran los primeros asentamientos alrededor del lago y la importancia de Tiwanaku en el Cono Sur, a través de maquetas, mapas, pinturas y fotografías. En la siguiente estancia se muestra la influencia de la Iglesia Católica en Guaqui, con retablos pequeños de la Virgen de Copacabana, el apóstol Santiago, San Juan Bautista y la Inmaculada Concepción, entre otros.

En otro bloque existe una muestra de máscaras hechas de yeso y madera. Serpientes colgadas en los rostros de unos diablos con orejas puntiagudas; kullawas de narices largas y curvas, y morenos de ojos grandes y saltones son detalles que se aprecian en la visita a esta sección, en un trayecto por los galpones que termina con disfraces de kullawadas, ch’utas, waka tokoris, mukululus y quena quenas.

Si con esa presentación aún no se está satisfecho, las viejas líneas férreas llevan hacia el museo de locomotoras. La Hualaycha, Illimani, Santa Fe, Huayna Potosí, Sajama… cada uno de los vagones tiene detalles que los hacen únicos, con historias que son relatadas por los guías de aquel repositorio de metal.

El templete semisubterráneo de Taraco, que pertenece a la cultura chiripa, es el lugar donde se ofrecen ofrendas el 21 de marzo, 21 de junio y 21 de diciembre.

Felipa Gutiérrez, presidenta de la Red de Turismo Comunitario Vivencial Markasataki, recuerda que este proyecto nació hace cuatro años a través de la Asociación CUNA, una ONG que ayuda en proyectos de desarrollo sostenible en el área rural del territorio boliviano. “Lo más difícil para iniciar el proyecto fue convencer a las autoridades de que este plan podía dar resultado”, rememora la dirigente, quien acompaña a los visitantes en el recorrido.

Después de un breve paseo por el buque multipropósito Mosoj Wayna (del quechua, que significa Joven Nuevo)           —una embarcación hecha íntegramente por especialistas bolivianos—, el turista es trasladado al municipio de Tiwanaku. Quien visita por primera vez este territorio altiplánico queda al menos conmovido por las estructuras de la capital del imperio tiwanacota. Asentado en una superficie de tierra rojiza, se percibe una energía imponente, en especial dentro del Complejo Arqueológico de Tiwanaku.

Uno de los 20 miembros de la Asociación de Guías Locales de Turismo Tiwanaku (Asoguiltt) da la bienvenida al espacio protegido por una malla olímpica, y como preámbulo informa que este asentamiento precolombino empezó en el año 500 antes de Cristo (a.C.) y concluyó en 1200 después de Cristo (d.C.).

Dos visitantes sacan fotografías a La Puerta del Sol, que está ubicado dentro del templo de Kalasasaya.

La primera parada es la pirámide de Akapana, un templo que tenía siete niveles, con una altura promedio de 18 metros. En medio de esta infraestructura había una chakana o cruz andina, en cuyo centro estaba una fuente de agua que era utilizada como medio para leer las estrellas, es decir que servía de observatorio astronómico. A partir de mediados del siglo XVI, la Colonia española destruyó la infraestructura tiwanacota, por considerarla una herejía. De la chakana solo quedan algunos restos, por eso los visitantes muy probablemente estén caminando sobre restos de arcilla y piedra menuda. Por ello, Delia Huayta vigila desde el norte —la parte superior del templete semisubterráneo— hasta el sur — donde están los canales de desagüe—. “Muchas veces quieren subirse a las piedras y sacarse fotografías”, comenta la joven mujer que ingresa a trabajar a las 08.00 y se va a las 17.00. “Señor visitante, está prohibido sentarse en los muros del Kalasasaya”, anuncia a través de un megáfono que se escucha en toda la infraestructura, mientras amamanta a su hijo de casi dos años.

El lugar con más reliquias es el templete semisubterráneo, donde hay varias columnas, un canal de desagüe y 175 cabezas antropomorfas de piedra enclavadas en las paredes. El monolito Barbado o Kon Tiki se encuentra en medio del patio que simboliza el manq’a pacha (que en el ámbito andino representa el mundo de abajo). Arriba se encuentra el templo Kalasasaya, que protege La Puerta del Sol, el monolito Ponce y el monolito Fraile. Un triste recuerdo de la Colonia son piezas pétreas rotas, martilleadas y, en algunos casos, con cruces incrustadas en los bloques, como parte de los exorcismos a nombre de la Iglesia Católica. La misma situación se observa en el Museo Lítico Monumental y en el Museo Cerámico, donde en la mayoría de los casos hay piezas quebradas de un valor incalculable, con figuras que todavía no fueron descifradas por la ciencia.

Una palanca de cambio de carril antecede el ingreso al galpón de locomotoras.

El viento es fuerte y la temperatura ha bajado, pero aún hay tiempo para otras actividades y ahora toca cosechar papa. Manos a la obra. Con el chuntillo (picota) en la mano, una de las visitantes elige una planta y empieza a escarbar la tierra. Los golpes son débiles y erráticos, así que una pobladora le enseña cómo hacerlo. Tras la breve lección, con movimientos más seguros, la agricultora furtiva abre un hueco y jala desde el tallo hasta la raíz, de donde cuelgan varios tubérculos.

Ya en la noche, vestido con un poncho rojo, un lluch’u albinegro, una chuspa multicolor y una pluma de cóndor, el amauta Lucas Choque explica la trascendencia de los achachilas y los apus, los dioses andinos que protegen el universo, a los que se debe agradecer a través de una wajt’a (mesa ritual), como conclusión de la primera jornada del circuito turístico.

La escarcha en las plantas es señal de que la temperatura ha bajado durante la noche, aunque el cielo despejado del día es el adelanto de que habrá buen tiempo en el último día de Markasataki. Con ese augurio, la comitiva experimenta otra vivencia rural: el ordeño de vaca. Nicol, Negra y Chaska son las elegidas para aprender a sacar leche de sus ubres. Como la cosecha de papa, este proceso tampoco es fácil, ya que se requiere de habilidad y práctica. Los que pueden toman un vaso del líquido blanco, mientras otros sacan fotos y disfrutan de la labor agropecuaria.

Mujeres bailan morenada en un bote.

Por si con ello no hubiese quedado satisfecho con el circuito, también se tiene la oportunidad de observar el proceso químico para elaborar queso y tener el gusto de comerlo ese instante. “Nos hemos dado cuenta de que Taraco tiene potencial turístico, empezando por ser la cuna de la morenada”, afirma Juan Quispe, alcalde de esta población lacustre, que fue el último municipio en unirse a este emprendimiento. Es una tierra de sorpresas. Presentado como Museo de la Morenada, el repositorio está relacionado con objetos arqueológicos y atesora variedad de vasijas, joyas y otros objetos de la cultura chiripa, una de las más antiguas de la región.

“Es un yacimiento arqueológico que no ha sido descubierto todavía”, asegura Agustín Patty, responsable de Cultura y Turismo, quien dirige la expedición hacia un templete semisubterráneo similar al de Tiwanaku, aunque más antiguo. Esta población cumple 250 años desde su fundación y los celebra con baile de chunchus en la comunidad Zapana, donde se ofrece un albergue que tiene un muelle y un parque infantil, propuesta con la que los comunarios buscan aumentar la cantidad de visitantes.

Parejas de chunchus bailan en una plazoleta del campo recreacional de la comunidad Santa Rosa.

La última parada del circuito Markasataki son los tres kilómetros de la playa en la comunidad Santa Rosa, un panorama similar a una costa marítima. En el horizonte, pasando el azul intenso del lago, se puede observar el territorio peruano y cerros que parecen levitar, por efecto de la intensidad de los colores de la tarde soleada. Ha costado mucho unir fuerzas, pero Guaqui, Tiwanaku y Taraco apuestan por mostrar una nueva alternativa de turismo, que conjunciona historia, arqueología, tradiciones y vivencias en dos días dentro de “Nuestra Casa”. l

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