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Una dulce vida de Raspadillos

Pedro Cruz Limachi tiene 59 años de haber iniciado una dulce tradición en la plaza España, con hielo trozado y jarabes de colores.

Tradición. Don Pedro sonríe mientras sirve jarabe de frutilla en un vaso lleno de hielo triturado, que se ha convertido en una dulce costumbre en la plaza España de Sopocachi, La Paz.

Tradición. Don Pedro sonríe mientras sirve jarabe de frutilla en un vaso lleno de hielo triturado, que se ha convertido en una dulce costumbre en la plaza España de Sopocachi, La Paz. Foto: Pedro Laguna

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández R.

16:52 / 24 de enero de 2017

Puntual, cada 10 minutos se separa un momento de su quiosco blanco con bordes verdes para atender a sus clientes más fieles. Como les gusta la esencia de frutilla, don Pedro Cruz Limachi levanta la botella de rojo intenso y se acerca a una de las jardineras. Sus caseros son numerosos, pues sobrepasan el centenar de consumidores, alados, aurinegros y con el deseo febril de probar el néctar.

“¿Cuánto le debo?”, pregunta desde el frente una mujer que sostiene un vaso con resquicios del líquido verde de menta. Ella está acompañada por sus nietos, quienes aún no han terminado el raspadillo del anfitrión, quien este año cumple 59 años de venta de este delicioso postre frío.

Si bien los 79 años de vida se notan en las canas que cubren su cabeza, mantiene la energía cuando gira el manubrio de su máquina antigua para triturar el hielo, que llegó al país —según asegura Pedro— con los primeros vehículos Toyota, a finales de la década de los 50. Durante todo este tiempo ha utilizado cuatro artefactos diferentes, pero prefiere el primero, el de color celeste y azul, y que tiene un hermoso diseño de círculos y hexágonos.

La vida de don Pedro ha girado en torno a estos alimentos dulces congelados. Con mucho orgullo cuenta que desde sus 13 años trabajó en la fábrica Frigo, donde aprendió varios secretos de la preparación de un buen helado artesanal.

Como en aquellos años no había máquinas industriales para producir helado, Pedro dedicaba parte del día a mezclar la preparación en un balde de madera, que de a poco se convertía en un manjar.

  • Cientos de abejas se reúnen en torno al líquido dulce de rojo intenso, una imagen que es un atractivo para la gente que comparte un raspadillo. Foto: Pedro laguna

Por las mañanas recorría las calles junto a su caja de helados. “Frigoooo, helado Frigoooo”, retumbaba su voz en las calles paceñas, que se escuchaban más agradables en los días calurosos. Cuando estaba a punto de cumplir la mayoría de edad, Pedro se enlistó en el regimiento Colorados de Bolivia de La Paz, de donde fue enviado primero a Tarija y después a un cuartel en la provincia Gran Chaco, en el límite con Paraguay.

Después del año cumplido, los soldados fueron licenciados del destacamento, por lo que Pedro y sus amigos fueron trasladados en camión primero a Villa Montes y después a la capital tarijeña, donde se quedaron durante dos semanas. Al principio, la estadía era agradable, pero después de que se terminó el dinero del socorro militar, los reservistas sufrieron penurias. En sus incontables caminatas por las calles de la chura ciudad, un día llegaron a la plaza Luis de Fuentes, donde Pedro vio por primera vez un raspadillo, un refrigerio compuesto por hielo trozado o rallado acompañado por jarabe de distintos sabores. Él y sus amigos querían probar ese postre, pero no les alcanzaba el dinero.

Hacia 1959, Pedro volvió a La Paz y a sus actividades en Frigo. Tiempo después, unos amigos le recomendaron que se independizara y empezó a formar la idea de vender raspadillos en la sede de gobierno. Un día se acercó a Daniel Mendoza, dueño de Frigo, para decirle que se iba a retirar del trabajo con el fin de irse a Copacabana, donde iba a cuidar los terrenos de sus padres. Por el cariño que le tenía, Mendoza lo dejó ir de la empresa y prometió que le iba a ayudar, compromiso que siguen cumpliendo sus nietos. El recorrido diario de Pedro junto a su caja de Frigo incluía las calles de San Jorge y Sopocachi, así que puso una pequeña mesa y una sombrilla en una de las esquinas de la plaza España, donde de a poco forjó una dulce tradición.

Ahora atiende todos los días desde las 08.30 hasta que se pierde el sol, con la responsabilidad de no fallar a las tres generaciones de clientes que ya pasan por su puesto, que se transformó en un quiosco metálico blanco con bordes verdes. Durante la semana suele viajar a Copacabana y deja el negocio a sus hijos; pero como si tuviese que marcar tarjeta, apura sus actividades para retornar a su lugar de trabajo, donde le esperan cientos de abejas que también son sus acompañantes.

“No hay que hacerles faltar, porque cuando no les doy vienen a picarnos y entran a las botellas”. Por eso, cada 10 minutos, retira el néctar de frutilla, se acerca a una de las jardineras y echa el líquido dulce en una de las tres tapas de pintura que están sobre el pasto, adonde se arremolinan las abejas que se han convertido en otro atractivo de este negocio de 59 años. El mismo es dirigido por Pedro Cruz como si fuera el primer día, con alegría y la amabilidad de toda una vida rodeada por el frío, delicioso, y dulce raspadillo.  

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