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FE y Alegría cumple 50 años en Bolivia: Por Una educación inclusiva

Una alianza entre maestros, padres y estudiantes caracteriza a estas unidades educativas donde se comparten saberes comprensivos.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández

00:00 / 14 de marzo de 2016

Lo que para Gaby Ch. representaba un panorama penoso se convirtió en una oportunidad que comparte con su hijo Kevin, quien vive con el síndrome de Down. Hasta hace un tiempo, como consecuencia de esta alteración genética, el niño no podía comunicarse con sus padres debido a que carece de la capacidad del habla. Pero ahora, con el apoyo de las profesoras del Centro de Educación Especial Madre Ascensión Nicol (ubicado en la zona 16 de Julio de El Alto), ya puede expresar sus sentimientos a través de señas.

Esta historia es una de las tantas que ha ayudado a forjar Fe y Alegría, un movimiento de educación popular integral y promoción social que aporta a la construcción de una sociedad inclusiva y equitativa, y que el 9 de mayo cumplirá 50 años de compromiso en Bolivia.

La iniciativa, que en la actualidad favorece a familias de 19 países de América Latina, el Caribe, África y Europa, comenzó en Venezuela con el sacerdote jesuita José María Vélaz, quien en 1955, durante la dictadura militar de Marcos Pérez Jiménez, recorría con estudiantes de la Universidad Católica Andrés Bello el barrio popular de Catia (al oeste de Caracas) para catequizar a los menores de edad. Pero pronto comprendió que eso servía de muy poco si ellos no tenían las posibilidades de salir de la pobreza, así es que emprendió una cruzada con el objetivo de crear un centro de enseñanza.

“Padre, he escuchado que usted anda buscando un local para abrir una escuela. Si pone las maestras, yo pondré la casa. Es solo un rancho grande, pero servirá”. La propuesta la hizo Abrahán Reyes, un venezolano de escasos recursos y con ocho hijos que sacrificó lo poco que había acumulado para el beneficio de cientos de niños. Y así nació esta historia.

Durante los primeros meses del emprendimiento en su país de origen, los estudiantes se sentaban en bloques de cemento, en latas de leche vacías o en sillas que traían de sus viviendas. “Era una casa muy pobre, pero extremadamente bella. A las escuelas no las hacen bonitas las paredes, los adornos, la pintura. Las hacen bellas los niños”, escribe Antonio Pérez-Esclarín en el libro que relata la vida de Vélaz, de origen chileno.

A partir de este primer paso, con dos virtudes espirituales que describen la razón de ser de la organización sin fines de lucro (fe y alegría), el jesuita, con la ayuda de la comunidad, edificó más unidades escolares en Venezuela, que después se ampliaron a otros países a través de los colegios de convenio, es decir que el Estado se encarga del pago de sueldos a los maestros, mientras que la ONG mejora la calidad de la educación, tramita ayuda externa y consigue equipamiento.

Bolivia fue la cuarta nación beneficiada con la idea, mediante siete unidades educativas en La Paz (Copacabana y Corazón de Jesús), Santa Cruz (La Merced), Cochabamba (El Salvador), Oruro (Virgen del Mar), Potosí (Fray Vicente Vernedo) y Chuquisaca (Milagrosa Loyola).

El caso de la Unidad Educativa Copacabana, ubicada en la zona de La Portada, es similar al del barrio de Catia. “Empezó en las casas de los padres de familia, ellos han hecho la primera edificación con tapial, una especie de vaciado de barro con paja”. Este esfuerzo vio sus frutos cuando comenzaron las clases, el 9 de mayo de 1966, hace 50 años.

Nercy Mamani, directora del establecimiento, relata ese pasado en el mismo lugar donde estaban las primeras aulas de Fe y Alegría en Bolivia, aunque ahora, en lugar de las paredes gruesas de adobe, hay una infraestructura grande y nueva, suficiente para acoger a más de 2.000 estudiantes en todos los turnos.

“Paz y bien, chicos”, dice la maestra al entrar a un aula. “Paz y bien, señorita directora”, responden los alumnos al ponerse de pie. Este detalle es una pequeña  muestra de una manera distinta de aprender no solo para los niños, sino también para padres de familia y los profesores.

Al igual que los demás establecimientos de Fe y Alegría en todo el territorio nacional, en el Copacabana se desarrollan actividades que promueven la seguridad y la cultura de paz. El primer ejemplo se puede apreciar en la puerta de la escuela y en los alrededores, donde 10 progenitores, uniformados con ponchillos verdes, ofrecen seguridad a los menores para que se sientan protegidos y se mantenga el orden, la limpieza y el cuidado del establecimiento, que fue inaugurado el año pasado gracias al proyecto “Bolivia cambia, Evo cumple”.

En los pasillos relucientes de la escuela, Ros Chamby y Óscar Huanca informan a la directora que las clases transcurrieron con normalidad. Se trata de dos estudiantes que cursan 6° de primaria y que pasaron talleres sobre cultura de paz en la Defensoría del Pueblo, para ser designados defensores de los estudiantes, lo que les da la potestad para recibir denuncias sobre bullying e informar de estos hechos a los padres o a los maestros. Como parte de la cultura de inclusión que promueve esta ONG, 200 niños que tienen alguna discapacidad embellecen las aulas de los cursos de la escuela de La Portada, para lo cual los maestros tienen un currículo que se acomoda a estas circunstancias y se dan charlas a padres e hijos para que tomen conciencia de esta realidad. Además, los papás se están organizando para impulsar un grupo de autoayuda mediante el cual compartirán experiencias y hallarán soluciones a sus problemas.

El sacerdote Rafael García, director nacional de Fe y Alegría, explica que la entidad se encarga de la enseñanza regular para personas con capacidades diferentes, lleva adelante un programa intercultural bilingüe, dirige institutos técnicos superiores y maneja un plan de inserción laboral, que beneficia a aproximadamente 240.000 familias y 182.000 estudiantes en 456 unidades educativas. “Es un modelo educativo que viene de grandes pensadores, como Paulo Freire (uno de los más influyentes teóricos de la educación en el siglo XX), una educación crítica, emprendedora y autodidacta. Ya no existe el maestro que lo sabe todo y el alumno que va a aprender, sino que se deben compartir saberes”.

En la urbe alteña, Kevin forma parte de los más de 110 estudiantes con otras capacidades que pasan clases en inicial, primaria y formación técnica.

“Sabemos que solo con educación tendremos los avances que quisiéramos, entonces, debemos  hacer fuerza entre la familia y el equipo de rehabilitación para alcanzar el desarrollo integral”, sostiene la hermana Beatriz Huallata, directora del Centro de Educación Especial Madre Ascensión Nicol.

“Lo peor que pueden hacer los padres de niños con discapacidad es dejarlos encerrados en la casa, porque ellos, como toda persona, tienen derecho a la educación, a tener una mejor calidad de vida y derecho al trabajo”, reflexiona la religiosa.

En ese marco, Adrián Pérez, técnico en inclusión laboral, menciona que la unidad educativa cuenta con talleres de formación en carpintería, repostería y artesanía, con el objetivo de que los chicos, cuando crezcan, puedan conseguir un empleo digno, como lo hicieron este año cuatro jóvenes en empresas de La Paz y El Alto.

“Desde que se incorporó aquí, mi hija ha mejorado”, expresa Gema Q., quien llegó desde Santa Cruz para buscar un mejor futuro para Marcia. Con el apoyo de las educadoras, la niña ya puede decir sus primeras palabras. “Para mí es un logro, porque ya está hablando, ya no la ven como un fenómeno, como pasa mucho en nuestra sociedad”.

Es el momento del recreo en el centro educativo, así es que Kevin y Marcia salen al patio para jugar y compartir con sus compañeros y maestras. “No es fácil inscribir a nuestros hijos en estos centros, pero Fe y Alegría está dando un color muy hermoso a las personas discapacitadas. Nos sentimos muy apoyados y agradecidos con ellos”, manifiesta Gaby, quien está convencida de que con mucha fe y alegría se puede conseguir infinidad de logros. Y más aún cuando se cumplen los 50.

Luchador de la educación

“Actualmente cumplo con mi juramento, con mi trabajo en Fe y Alegría, dándoles educación de calidad a nuestros alumnos y alumnas para liberarlos de la pobreza a través de una educación de calidad que les abra un futuro digno, para una vida digna y propia de seres humanos e hijos de Dios. Trabajamos con los más pobres del país, o por lo menos con gente muy pobre. Estamos allí donde termina el asfalto, allí donde la ciudad pierde su nombre”.

El sacerdote jesuita Fernando Cardenal resumió de esa manera la misión de Fe y Alegría en un texto que tituló Testamento. El 20 de febrero de este año, este religioso nicaragüense que dedicó gran parte de su vida a la enseñanza de los menores de edad más necesitados de su país, falleció.

Nacido en 1934 en Granada (Nicaragua), Cardenal fue ordenado sacerdote jesuita en 1967, a partir de lo cual ejerció como catedrático de Filosofía y fue fundador de la Comisión Nicaragüense de Derechos Humanos en 1977.

Con la victoria de la revolución sandinista en el país centroamericano, aceptó el cargo de coordinador nacional de la Cruzada Nacional de Alfabetización, desde donde ayudó a reducir en cinco meses el analfabetismo, del 51% al 12,9%, con la colaboración de 80.000 jóvenes, algo loable tomando en cuenta que por entonces Nicaragua tenía apenas tres millones de habitantes.

Junto a su hermano Ernesto, Fernando Cardenal fue uno de los cuatro sacerdotes que fueron expulsados por las autoridades del Vaticano, en 1984, durante el papado de Juan Pablo II, por su decisión de participar en política como militante activo del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN).

“Quiero luchar por la liberación de los pobres, luchar por la justicia”, escribió para justificar el cargo gubernamental que asumió.

Después de haber sido readmitido en 1996, Cardenal fue designado director nacional de Fe y Alegría de Nicaragua, cargo que ocupó desde 1999 hasta su fallecimiento, el 20 de febrero. Su ejemplo de lucha por la educación es solo una muestra de la labor de la comunidad de Fe y Alegría.

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