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Leila Mendoza

Dejó la arquitectura, una tradición familiar, para dedicarse a diseñar joyas pensadas en las mujeres. Mezcla de materiales, pequeños detalles, formas irrepetibles son la oferta que ella misma funde. Artesana orfebre.

La Razón / Miriam Chávez

00:00 / 17 de febrero de 2013

El gabinete de arquitecta se le hizo chico. A ella le atraía desde siempre el diseño, por eso eligió la carrera en vista de que, en “mis tiempos”, no había la especialidad. Tenía que tomar una decisión.Leila Mendoza Ramos (36 años) se declara feliz elaborando joyas. El contacto dócil que le promete el metal es el lenguaje que entiende.

“Me siento plena”, dice la artesana y no hay cómo dudar al verla moverse muy sonriente en su tienda, Akazy, rodeada de joyas que han salido de su imaginación.

Leila viene de una familia de arquitectos. Durante un tiempo se dedicó a diseñar muebles, pero la capacitación que recibió en orfebrería en el Centro de Innovación Tecnológica de Joyería de La Paz le abrió un mundo. Aprendió desde la fundición del metal hasta la elaboración final de una pieza.  

“Cada joya es única, como quien la lleva”, define y añade que no cree en la duplicidad de las piezas, en la venta de cientos de ellas, todas iguales, por catálogo.   

Mientras habla, el interlocutor repara en sus aros de oro y en el collar artesanal en el que con frecuencia se posan sus manos. Nada es diseño suyo; es que ella aprecia igualmente el trabajo de los colegas. Lo que busca, así como lo que ofrece, es un detalle que permita que la feminidad, lo esencial de ser mujer, se exprese. ¿Cómo entender esa esencia? Hay que buscar la respuesta en las vitrinas de Akazy.

En su taller de Cota Cota, Leila  se sumerge siempre en la aventura de experimentar. Allí están el metal, la madera y cada vez más materiales de cuya mezcla deben resultar  piezas exclusivas, delicadas y capaces de sintonizar con la personalidad de alguna mujer.

El momento de total deleite para la diseñadora es cuando empieza a fundir el metal. “Ese elemento es frío, pero cuando se rinde al fuego y deja forjar la joya, hasta empieza a hablarme. Es un lenguaje lindo”.  

La inspiración, aclara, no nace en el taller, sino en el cotidiano vivir. Leila abstrae formas y contornos de la calle, la plaza, de allí donde su mirada sorprende algo hermoso.

Madre de un niño de diez años, él la motiva a fijarse horarios, pues en su labor éstos no existen: “Se empieza a crear y se pierde la noción del tiempo”.

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