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Con ojos daneses: El embajador Ole Thonke encabezó la aventura.

Enormes picos nevados, llanuras que parecen eternas, densa selva tropical y kilómetros de interminables ríos serpenteantes. Todo aquello y mucho más de lo que uno se imagina es posible encontrar dentro de las fronteras de Bolivia. Esta diversidad no solo se aplica a la naturaleza, sino también a la cultura.

La Razón (Edición Impresa) / Ole Thonke

00:00 / 13 de julio de 2014

Enormes picos nevados, llanuras que parecen eternas, densa selva tropical y kilómetros de interminables ríos serpenteantes. Todo aquello y mucho más de lo que uno se imagina es posible encontrar dentro de las fronteras de Bolivia. Esta diversidad no solo se aplica a la naturaleza, sino también a la cultura.

Mi nombre es Ole Thonke, recuerdo que en diciembre de 2012, cuando estaba destinado en Kenia, me comunicaron desde Copenhague que sería Embajador de Dinamarca en Bolivia, esa noticia me llamó a una increíble aventura —un gran honor— y también a un desafío. En aquel momento recordé algunas imágenes de este país que había visto en la televisión cuando era niño: llamas, cholitas, cumbres. Imágenes de un país muy andino eran casi las únicas referencias que tenía. Pero la Bolivia que yo conozco ahora, después de la expedición y casi un año aquí, es mucho más que aquello.

El 26 de abril partí de La Paz para empezar una de las aventuras más grandes de mi vida. El reto era viajar desde la embajada, ubicada en la avenida Arce, en La Paz, hasta Guayaramerín, frontera con Brasil, durante 15 días, recorriendo la diversa, desconocida e inmensa Bolivia en la Expedición Danesa por la Amazonía 2014.

Seguimos, en gran medida, la misma ruta que en 1906 el explorador inglés Percy Fawcett había hecho con el fin de encontrar la Ciudad Perdida en alguna parte del Amazonas. Aunque nuestra ruta era similar, nuestro fin era otro. Recorrimos más de 1.500 km en un vehículo todo terreno por caminos de montaña, a veces, algunos tramos eran tan intransitables que teníamos que palear barro y retirar piedras, otros eran puentes crujientes que a momentos pensé imposibles de atravesar sin tener que enfrentarme con mis peores vértigos y miedos.

También navegamos más de 1.000 km por la selva tropical, atravesando el Río Beni. El espectáculo que ofrece esa naturaleza es maravilloso: infinidad de plumajes y colores de las aves, variedad de monos, sinfín de delicadas mariposas hasta llegar a un enorme lagarto, todo esto matizado por minas donde se explota oro a lo largo de la orilla del inmenso río, pese a la contaminación.

Dormimos bajo el inagotable zumbido de los mosquitos como canción de cuna, alguna noche despertamos mojados con toda la carpa inundada. Todo con la finalidad de visitar a más de 30 organizaciones con las que trabaja nuestra cooperación y comunidades para consolidar las bases de la cooperación danesa con el Gobierno y organizaciones en Bolivia hacia los próximos años, y para mejorar el conocimiento de mí país sobre Bolivia.

Cuando uno viaja por estas regiones de Bolivia, en tan corto tiempo, queda evidente su tamaño y su impresionante diversidad. Bolivia es uno de los países más biodiversos del mundo.

A momentos me tocaba evocar Dinamarca y su geografía, pequeño país escandinavo, más pequeño que el departamento de Oruro y también muy, muy plano; uno de los puntos más altos de mi país se encuentra a 150 metros sobre el nivel del mar. Los daneses tenemos el humor de llamarlo “la montaña del cielo”. Acá quedé muy impresionado con las enormes distancias, así como con las grandes regiones casi vírgenes que tuve la ocasión de conocer durante la expedición. En mi hogar de niñez, el vecino más cercano vivía a 1,5 km y eso nos parecía tan lejos.

También encontré  similitudes. Crecí en una granja, en el campo danés. Allí sembrábamos remolacha, trigo y cebada. Yo ayudaba a mis padres con el tractor y la limpieza de la cuadra de los cerdos. Durante este viaje en la comunidad de Ajllame me invitaron a ordeñar una vaca y aquello me hizo recordar a mi infancia.

Estando aproximadamente a 6.000 metros de altura, a este lado y contemplando cómo los glaciares se derriten poco a poco, me llamó profundamente la atención, estaba siendo testigo del calentamiento de la Tierra. No menos sorprendente fue sentir la inmensa e inimaginable riqueza natural que se puede ver al cruzar la profundidad del bosque y, de pronto, llegar a un lugar donde en vez de verdes árboles solo aparecen troncos negros, grandes espacios que muestran las heridas del bosque en forma de erosiones y árboles caídos como consecuencia de las tremendas inundaciones y su continuo impacto.

Conocí a Clara, una mujer mosetén de 80 años. Me contó que nunca había vivido inundaciones tan fuertes como la última y que tuvo que dormir 22 días en el techo de una vivienda con el resto de la población del Charque y junto a sus animales mientras la lluvia no paraba de caer y el nivel de agua seguía subiendo.

Todo eso me impactó muchísimo. Ahora que regreso a la cotidianidad, me siguen aquellas imágenes y encuentros que tienen de fondo la vista al Illimani desde mi oficina. He podido presenciar el grave impacto del cambio climático en Bolivia y también subrayar la importancia de un progreso económico que respete el medio ambiente y toda esta biodiversidad.

País plurinacional

La expedición no solo fue por diferentes paisajes y ecosistemas, sino también por una pluralidad de horizontes y visiones culturales que me permitieron comprender que los ciudadanos bolivianos viven en medio de una riqueza y diversidad cultural impresionante, no solo por lo que tienen el Altiplano y la Amazonía, sino también entre todo lo que estos dos extremos cubren. Tuve la oportunidad de compartir un ritual kallawaya en Charazani y también con niños viendo Rambo en el Madidi.

Ahora comprendo por qué Bolivia es plurinacional. Es su esencia ser diversa, con tantos y diferentes idiomas, identidades culturales, formas de entender y encontrar el mundo y muchos desafíos con los que lidiar. Esas diferencias entre el mantener la vida mediante el cultivo de papas en la comunidad de Mura Mamani en las Tierras Altas y la cosecha del cacao en Carmen del Emero en la selva tropical. Allí estuve durante esta expedición. También hubo diversión, bailamos mucho y esas destrezas muestran sus variaciones dependiendo del lugar. No se mueve o baila de la misma manera en Aguas Blancas que en Riberalta. A veces incluso me preguntaba si yo estaba en el mismo país.

Mayor comprensión  

Este viaje me ha dado —a mí y a mis colegas de la embajada— una mayor comprensión también de la diversidad de problemas y desafíos que existen en Bolivia. Justamente, ese entendimiento y la sensibilidad de los contextos locales son de gran importancia para una buena y mejor cooperación que según mi percepción tiene y debe adaptarse a las lógicas y necesidades locales.

En mi oficina —y yo personalmente— creemos que hay que ser humilde y equilibrado con el contexto con el que se trabaja con cooperación en el extranjero.

Para tener una buena colaboración y obtener resultados positivos es muy importante comprender los diferentes procesos y desafíos de desarrollo. Puedo aprender mucho de mis relaciones de trabajo en La Paz, pero también hay desafíos que recién puedo comprender en toda su complejidad después de conocer y compartir con la gente que diariamente los vive. En ese encuentro es que nacen las mejores ideas de cómo apoyar de la mejor manera posible.

Cuando se trata de la deforestación es muy fácil decir —desde una oficina— que la gente no debe cortar los árboles, pero al estar en plena Amazonía uno puede comprender que hay gente en esos lugares que también necesita de qué vivir. Por eso se trata de encontrar vías donde el desarrollo y la conservación de su selva tropical y asombrosa riqueza natural vayan de la mano. Sé que eso es posible, por ejemplo, a través de métodos de producción alternativos.

Respetar la diferencia

Aunque crecí en un país donde hay más homogeneidad étnica que en Bolivia y después de cuatro años de trabajo en Kenia —donde existen más de 40 tribus diferentes—, la diversidad cultural en este país no me parece nada extraña.

Lo que distingue a Bolivia, y de manera positiva, es su Constitución que considera la diversidad como una riqueza y que busca la unidad reconociendo la pluralidad. Por supuesto que tantas diferencias también generan desafíos. Pero pienso que la manera cómo enfrenta la diversidad es un buen ejemplo de cómo se puede conciliar las pluralidades dentro de un solo país.

En esta expedición percibí el respeto y la valoración de la diversidad claramente reflejada. Fue sumamente positivo ver que los bolivianos ahora se sienten orgullosos de ser quienes son. Hablé con personas que me decían que antes no se sentían bolivianos porque no podían identificarse con el Estado, pero que ahora sentían un reconocimiento de la diversidad que les permitió identificarse como bolivianos e indígenas a la vez. En Bolivia he podido distinguir lo plurinacional en ese contexto y en una amplitud también he podido percibir el respeto por lo diferente que me parece muy importante cuidar.

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