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El encanto de Cotapata, el parque desconocido de La Paz

El parque forma parte del Corredor de Conservación Vilcabamba-Amboró, un área de 30 millones de hectáreas compartida por Bolivia y Perú.

La Razón / Gemma Candela

00:00 / 04 de agosto de 2013

Es temprano. Ya ha salido el sol pero su presencia apenas se nota encogido por la baja temperatura que se siente a 4.670 msnm en la orilla de la laguna Estrellani, en la Cumbre de La Paz. Cerca del punto donde suelen detenerse las caravanas de ciclistas que van hacia la Ruta de la Muerte llevados por agencias de deportes de aventura, hay varias familias acampadas que comienzan su día alrededor de un fuego en el que preparan el desayuno. Sobre la tierra escarchada de los bordes del pequeño lago hay centenares de papas del color del suelo. Es la época de preparar el chuño y este lugar es ideal: de noche, los tubérculos sufren las heladas nocturnas y, de día, son castigados con los potentes rayos solares.

No muy lejos del agua, de donde arranca el famoso camino precolombino conocido como El Choro, hay una caseta que, hasta hace unas semanas, estaba en refacción. Adentro hacía casi más frío que a cielo descubierto. Ahora, el plastoformo colocado entre el techo y el tejado ayuda a que la temperatura sea más llevadera. Es el campamento de acceso al Parque Nacional y Área Natural de Manejo Integrado Cotapata (PN-ANMI Cotapata).

Allí viven y trabajan Natalio Flores, Toribio Laura y Marcelo Quispe, los tres guardaparques que están destinados en este campamento (en otra época del año, otros compañeros estarán aquí y ellos se irán a otra parte del parque). En el espacio común hay una tetera sobre el fuego, en cuyo interior el agua está a punto de hervir. En un pequeño cuarto equipado con mesa y silla, con vista a Estrellani, es donde se anota a aquellos que entran al parque, normalmente para recorrer El Choro. Prácticamente todos los días llega alguien, como queda registrado en las hojas que los visitantes llenan y entregan a los guardaparques. “Cada vez existen más turistas nacionales”, afirma Toribio, con satisfacción. Por ahora, siguen abundando los excursionistas de otros lugares del mundo, especialmente del hemisferio norte. Pero, comenta el jefe de Protección del Parque, Rolando Zapana, todavía falta dar a conocer los atractivos de esta zona que ocupa alrededor de 40.000 hectáreas, cuya altitud oscila entre los 5.600 y los 1.200 msnm y está a sólo 30 km del norte la ciudad de    La Paz. Sus diferencias altitudinales, sumadas a las variaciones de humedad, presión y temperatura atmosféricas, vientos y precipitaciones, hacen que en Cotapata haya cinco pisos ecológicos y, por tanto, una gran biodiversidad. Entre el piso más alto y el más bajo puede llegar a haber una diferencia de 25°C, según se especifica en el Plan de Manejo del parque.

El piso periglacial, conocido también como desierto helado, es el más alto: se encuentra entre los 5.600 y 4.900 msnm. En él, la temperatura es menor a 1°C. Le sigue la pradera altoandina húmeda, que va desde los 4.900 a los 4.200 msnm, con condiciones parecidas a las del desierto. Aquí se encuentra el campamento de acceso al parque.

Desde este lugar resulta un tanto difícil imaginarse el calor que se halla unos cuantos kilómetros más abajo, siguiendo el camino precolombino. Justo donde comienzan sus primeros metros de recorrido, después de pasar entre unas lagunas de un azul más vívido que el del cielo, todavía adormecido a primera hora del día, y dejar atrás una ladera en la que la nieve se ha convertido en hielo, se llega a un recodo en lo alto de un cerro en el que hay maderas amontonadas, restos de una carga que los pobladores de las comunidades cercanas necesitan para alguna edificación. De aquí en adelante, ya no se puede entrar de otro modo que no sea a pie. Los lugareños se sirven de animales de carga, como las llamas, para introducir productos. Y, como para corroborar la explicación de los guardarparques, pasa una pareja que guía a cinco llamas. Probablemente vengan de vender alguna mercancía, pero no es posible preguntarles; y es que el hombre se acerca intimidante y molesto por la presencia de los visitantes y de la cámara fotográfica, que parece asustar a los animales, que tratan de desviarse del camino.

Desde aquí se ve, allá abajo, la vía serpenteante rumbo a tierras más verdes y cálidas. Los viajeros que toman su rumbo experimentan ese cambio de clima y paisaje poco a poco: primero, pasan por el páramo yungueño, entre los 4.200 y 3.600 msnm, en el que la temperatura alcanza los 10°C, y donde las lloviznas casi permanentes, combinadas con el frío, ocasionan heladas. Luego, por el bosque nublado o ceja de monte, que se halla entre los 3.600 y los 2.400 msnm, tan característico de los Yungas. Es el piso más extenso de Cotapata (38,3% de la superficie) pero, al ser húmedo y frío, es también el más despoblado. Allí se encuentran los campamentos mineros de Cotapata y el Choro. Ya en la parte más baja, entre los 2.400 y los 1.200 msnm, se halla el bosque yungueño, con temperaturas suaves (con una media que oscila entre los 16°C y los 20°C) y ambiente húmedo, en el que las lluvias desaparecen entre junio y septiembre. Es el segundo en extensión (10.400 hectáreas, aproximadamente) y el más habitado.

El campamento Elena está rodeado de este tipo de bosque. Es otra de las sedes de los cuidadores del PN y ANMI. Tiene el nombre del río que pasa bajo el puente que lleva a Yolosita. La vegetación es exuberante, hace calor y se siente la humedad del ambiente. Es muy diferente al de la Cumbre: las ventanas no tienen cristales, tan sólo mosquiteras, y la humeante taza de café, en vez de ser aprovechada para calentarse las manos, se deja sobre la mesa para que pierda algo de temperatura antes de llevársela a los labios.

Aquí están Rolando Zapana; los guardaparques Santos Mamani, Andrés Flores y Eduardo Mamani; Sergio Hinojosa, técnico de Recursos Naturales, y Gustavo Cruz, técnico de Turismo, quien, a pesar de la temperatura, se empeña en llevar todo el tiempo una chalina alrededor del cuello.

“Ésta es nuestra casa”, dice Rolando. Aquí, los compañeros comparten dos habitaciones equipadas con literas. Entre sus labores diarias, como las de sus compañeros de la Cumbre, está el salir a comprobar el estado del entorno, al que afectan especialmente las actividades mineras. La extracción de oro y la construcción de la carretera han alterado completamente la composición y dinámica del río Elena, como le pasa al Chairo, de la subcuenca del río Huarinilla, al que afectan las minas Cotapata e Ideal, situadas en la cabecera del afluente, o el Unduavi, al que, además de los yacimientos, también la construcción de carreteras, tramos ferroviarios y la extracción de materiales rocosos del río han perjudicado a lo largo de los años.

Cada día los guardaparques salen a patrullar, a pie, normalmente, para comprobar que en el área se cumplen los objetivos por los que se creó el PN y ANMI Cotapata, por Decreto Supremo (DS) N° 23547 del 9 de julio del año 1993: “Conservar la biodiversidad, proteger los recursos arqueológicos importantes y por su cercanía a la ciudad de La Paz, ser un espacio accesible de investigación y educación ambiental”.

El 60% de la superficie es Área Natural de Manejo Integrado: las cuencas de los ríos Unduavi (con las comunidades de Pongo y Huayllara), Chucura, Tiquimani y Huarinilla están dentro de este sector, incluidas las propiedades individuales y comunales asentadas en el área protegida. Según el Reglamento General de Áreas Protegidas, “la categoría de Área Natural de Manejo Integrado nacional o departamental tiene por objeto compatibilizar la conservación de la diversidad biológica y el desarrollo sostenible de la población local”. Es por ello que los guardaparques tienen que controlar las actividades que se realizan en Cotapata, lo cual a veces trae problemas con los comunarios, con los que tratan de trabajar de forma coordinada y concertada.

Uno de los temas que atiende el director del parque, Jorge Gallardo, y su equipo es la reapertura del mariposario Nayriri, en la comunidad de Chairo, que cerró en diciembre de 2011 tras un año de existencia.

Sería un atractivo más del parque, sumado a su biodiversidad: se han registrado, hasta el momento, 204 especies animales que habitan aquí, entre las que hay algunas en situación vulnerable, como el jucumari (Tremarctos ornatus), el marimono (Ateles chamek) o el tiranuelo de pecho cenizo (Anairetes alpinus), y 820 especies vegetales. El bosque yungueño alberga la mayor cantidad de orquídeas del país: 900 de las 1.500 especies registradas. De ellas, el 80% son endémicas.

Además, hay inscritos 45 sitios arqueológicos entre tambos, restos de poblaciones y plataformas agrícolas, la mayoría alrededor de los caminos precolombinos que surcan Cotapata (no sólo está el del Choro, sino el Silluntinkara, o el de Zongo, entre otros) y pinturas rupestres. Y a tan sólo 40 minutos de La Paz.

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