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La capital del espionaje: Berlín guarda la principal muestra del arte de la pesquisa

El Spy Museum de Berlín atesora complicados objetos para timar y observar al enemigo y donde el visitante es un improvisado agente.

La Razón (Edición Impresa) / Enrique Müller, El País

00:00 / 18 de octubre de 2015

Cuando Berlín estaba dividida por el Muro lucía la incierta fama de ser la capital europea del espionaje, una realidad que sirvió de fuente de inspiración a maestros del género como John Le Carré. Pero cuando el Muro comenzó a derrumbarse la noche del 9 de noviembre de 1989, el escritor británico se vio obligado a jubilar a George Smiley, su genial agente del Circus, y a admitir con nostalgia que Berlín había dejado de ser la “eterna capital de los espías”. Lo que no sabía Le Carré era que el fin de la Guerra Fría no había acabado con el mundo del espionaje, ni tampoco con la fama de la ciudad. Veinticinco años después de la caída del Muro, Berlín se ha consagrado, según Hans-Georg Maassen  —el poderoso jefe de la Oficina de Defensa de la Constitución (BfV), los servicios de contrainteligencia germanos— como una moderna, activa y floreciente “capital del espionaje de Europa”.

La etiqueta no es gratuita. Una investigación confidencial llevada a cabo a finales de 2014 por tres organismos oficiales —la Policía Federal Criminal, la Oficina Federal de Seguridad y Técnicas de Información y el propio BfV— concluyó que las sedes diplomáticas de Estados Unidos y Reino Unido son utilizadas como estaciones de escucha para monitorizar todas las llamadas telefónicas que se realizan en el barrio.

¿Fue esta la realidad que convenció a un grupo de inversionistas privados, cuya identidad lleva el sello de Top Secret, a instalar un moderno y ambicioso museo dedicado al mundo del espionaje? El Spy Museum de Berlín, que abrió sus puertas hace algunas semanas, es posible que se convierta en una nueva atracción turística de la ciudad, por la oferta de información digitalizada que ofrece y sus valiosos y complicados objetos construidos para engañar, observar y espiar al enemigo, como la máquina de codificación Enigma, diseñada por los alemanes. El museo está ubicado en la Leipziger Platz, que hace 25 años era un terreno baldío rodeado de alambres de espina, cámaras y sórdidas torres de vigilancia levantadas en el sector oriental de la zona. El lugar no fue elegido al azar, ni tampoco la bienvenida que recibe el visitante: cámaras infrarrojas que graban la llegada del turista y cuyas imágenes son proyectadas en varios monitores.

Toda una experiencia

El centro tiene la magia de convertir al público en improvisados agentes, gracias a más de 200 pantallas led, donde los visitantes pueden escuchar explicaciones de expertos y agentes como Rainer Trupp, Topas, que trabajaba para la Stasi desde Bruselas y que tuvo el acierto de impedir una guerra nuclear en 1983. En dos plantas y sobre una extensión de 3.000 metros cuadrados, el visitante puede contemplar más de 300 objetos, algunos mortíferos, otros más benignos, como un paraguas diseñado por el KGB para fotografiar al enemigo y un viejo Trabi armado con cámaras infrarrojas para vigilar movimientos de los espías occidentales.

Las salas disponen de 14 secciones temáticas, desde el comienzo del espionaje en el viejo Egipto de los faraones, los métodos utilizados en la Primera y la Segunda Guerra Mundial, el espionaje llevado a cabo durante la Guerra Fría, hasta llegar al robo de informaciones del presente y las revelaciones hechas por Edward Snowden. Tampoco falta un rincón dedicado a los espías de ficción, como James Bond. “Nuestra meta es llegar a ser uno de los diez mejores museos de la ciudad”, dice Joachim Thomas, su director. Para ello necesita, al menos, 500.000 visitantes al año. Thomas confía en ese ejército de jóvenes fanáticos de las nuevas tecnologías que visitan la capital. Como reclamo, el Spy Museum les ofrece la posibilidad de descubrir si tienen el ADN necesario para convertirse en espías tan buenos como James Bond o Ethan Hunt, el personaje que encarna Tom Cruise en la serie Misión Imposible. Los monitores y pantallas táctiles les permitirán descifrar o codificar mensajes, descubrir contraseñas y probar sus habilidades en un callejón oscuro vigilado por rayos láser.

El origen del duro oficio

Espionaje, que viene del latín Espiare, significa fisgonear en busca de datos, es el hecho de que la gente fisgonee en búsqueda de información, como los agentes de la TIA o los redactores de Wikileaks. Su principal función es evitar la presencia de la archifamosa niebla de guerra, y así poder ver al enemigo.

Tiene su origen en el paleolítico superior, en el que las tribus enviaban gente para enterarse de lo que hacían en las otras tribus, como cazar o dormir. En la antigüedad comenzó a proliferar el espionaje como arte de recopilar información. Destacan la Agencianus Centralus de Informacionus romana y la jefatura de Ninjas japonesa.

Pijus Magníficus, diplomático romano y exlugarteniente de Julio César, es considerado como uno de los pioneros de este arte, ya que utilizaba a soldados disfrazados de enemigos para su trabajo. Uno de ellos, el más famoso, es un mercenario bretón conocido como Jamesbondix.

En la edad media, con el feudalismo, aumentó el número de espías, sobre todo después de subir a la Edad Imperial e investigar “Espionaje” (bonus de +50% visión y posibilidad de ver la base enemiga en todo momento sin tener tropas cerca). Hay una gran cantidad de espías famosos en este periodo, debido a esa proliferación y a que se popularizaron los ninjas. Destacan Naruto Uzumaki y compañía. En el Renacimiento siguió aumentando el número de espías averiguando por el enemigo. Durante la edad moderna continúa el oficio en creces y destacan los agentes secretos españoles al mando del Almirante Canarias, al servicio de Felipe II. También sobresale la máquina de cifrado Misterio, construida por órdenes de este mismo Rey. Los franceses tampoco se quedaron atrás e hicieron uso de claves como la clave Descartes, llamada así porque se utilizaban las letras de las diversas páginas del Discurso del Método para engañar a la gente. El siglo XX en general ha supuesto un aumento del espionaje. Destacan las agencias de información, la máquina de cifrado alemán Enigma (aunque los ingleses tardaron unos cinco segundos en descifrarla) y la nueva táctica rusa de crear agencias de información cuyo objetivo sea vigilar a sus propias agencias de información, las cuales vigilan las agencias de información que se encargan de vigilar a las agencias de información enemigas.

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