Escape

La eterna melodía de Jamaica

El país de Bob Marley, entre sus atractivos naturales, tiene un imán para los músicos.

La Razón (Edición Impresa) / Quino Petit – El País

00:00 / 15 de febrero de 2015

Apuesto y elegante, vestido con pantalones negros, una casaca roja y mocasines a juego, la guitarra colgándole del hombro, Albert Minott es el Compay Segundo de Jamaica. Vive en una humilde casita baja rodeada de caminos de tierra y palmeras a las afueras de Port Antonio, donde nació hace 76 años.

Esta pequeña localidad al noreste de la isla bañada por el mar Caribe fue también morada en los años 40 y 50 del siglo pasado para estrellas de Hollywood como Errol Flynn, quien, según la misma leyenda que Marilyn Monroe contó a Truman Capote, amenizaba sus fiestas tocando el piano con su afamado miembro. El señor Minott llegó a actuar en alguna de las memorables veladas jamaicanas de Errol Flynn con su grupo, The Jolly Boys, una de las pocas bandas que aún interpretan música mento, género que constituye la más pura raíz de donde después nacerían aquí el rocksteady, el ska y el reggae. Albert Minott y sus Jolly Boys son hoy lo más parecido a una suerte de Buena Vista Social Club a la jamaicana. Como también ocurrió con los integrantes del cubano Social Club de Buena Vista, al señor Minott la fama internacional le ha llegado en la vejez. “Jamás pensé que conocería China, que viajaría a Australia o visitaría Reino Unido, España… Hoy me siento como un chico de 20 años”, dice su voz áspera como una lija.

La misma con la que se lanza a entonar a media tarde, acompañado de su guitarra acústica bajo la sombra de un recio árbol junto a la marina de Port Antonio, la canción que obró el milagro de rescatarlo del olvido. El declive de la oferta hotelera local en los 70 dio paso al relevo de otros puntos clave del turismo jamaicano con la construcción de resorts en Ocho Ríos y Negril, al oeste de la isla, relegando a The Jolly Boys al circuito de bodas, bautizos y comuniones. Pero en 2008 una serie de afortunadas coincidencias que contaron con la mediación de Patrice Wymore, la viuda de Errol Flynn, que ha seguido viviendo en Port Antonio hasta su reciente muerte, llevaron al señor Minott a interpretar los sencillos y tiernos compases de la balada Evening Dress ante Jon Baker, productor y propietario de los vecinos estudios GeeJam, donde han grabado mitos de nuestro tiempo como la difunta Amy Winehouse. Tras quedar maravillado con el swing del entonces desdentado señor Minott, Baker le pidió que reuniera a los Jolly Boys y que regresaran otro día a su estudio para versionar al son de maracas, guitarras y banjo grandes éxitos como el Rehab de Amy Winehouse. Y así nació el disco Great Expectation, que ha llevado en los últimos años a estos veteranos caballeros a conocer mundo en el otoño de sus vidas y a experimentar un sorprendente interés por el género que interpretan desde hace más de 60 años. “El mento es el alma de la música jamaicana”, proclama Albert Minott. “Hasta Bob Marley y Peter Tosh vienen de lo que nosotros tocamos. Todo lo que ellos inventaron después con el reggae bebe de nuestras fuentes”.

El éxito planetario de los Jolly Boys es tan solo otra muestra de que la música sigue siendo, junto con el turismo, la comercialización de azúcar y bauxita y la creación de atletas de alta velocidad, uno de los principales motores de esta isla que alberga cerca de tres millones de habitantes, de los que un 80% son negros y mulatos. Antaño zona de paso de corsarios y bucaneros, vecina de Cuba, República Dominicana y Haití, Jamaica perteneció a España —Colón llegó aquí en 1494 tras visitar Cuba y La Española— hasta que en 1655 pasó a manos inglesas, cuyo reino la convirtió en colonia con capital en Spanish Town hasta 1872, cuando Kingston tomó el relevo al sur del país. Desde la independencia proclamada el 6 de agosto de 1962, forma parte de la Commonwealth británica con su reina Isabel II como jefa de Estado. Y su capital, Kingston, conserva intactas las huellas por las que se hizo mundialmente famosa en el siglo pasado. Todavía ignorada por muchos de los visitantes que corren hacia la exuberante franja costera del norte, Kingston sigue ejerciendo de irresistible imán musical. Cuesta encontrar por sus calles a alguien que no se dedique directamente al negocio de elaborar melodías o que no tenga un pariente cercano que sea productor, deejay o cantante. Por solo mencionar algunos centros de peregrinación, compiten como reclamo turístico con la Devon House o las Blue Mountains, donde se cultiva el cotizado café del mismo nombre, el Studio One —donde han grabado muchos de los mejores artistas que ha dado la isla— y la casa de Bob Marley en la exclusiva Hope Road, hoy convertida en museo, así como algunas callejuelas del gueto de Trench Town donde se fraguó el mítico cantante de reggae cuyo legado sigue generando desde la tumba, según Forbes, 15 millones de euros anuales. Pero el latido sonoro de Kingston se resiste a vivir exclusivamente de su pasado. La música mueve las luces y sombras de su millón de habitantes por cada uno de sus barrios, desde las mansiones colgadas de las montañas circundantes donde habitan potentados como el atleta Usain Bolt hasta los rincones menos recomendables del Downtown.

Una noche de miércoles, como viene ocurriendo desde hace más de 40 años, la tropa del emblemático Stone Love Movement ofrece una de sus sonadas fiestas en su cuartel general de la muy oscura avenida Burlington. Los miembros del Stone Love Movement componen uno de los más veteranos y aclamados sound system (literalmente, discoteca móvil) de Jamaica. Presenciar una de sus sesiones de deejay en vivo permite hacerse una idea del espíritu de aquellos descomunales equipos móviles de sonido que hace medio siglo recorrían los barrios de Kingston liderados por un pinchadiscos que cuando agarraba el micrófono convertía la escena, como escribió Lloyd Bradley en Bass Culture. La historia del reggae (Acuarela y A. Machado), “en el periódico del gueto”.

En el enorme patio del cuartel general del Stone Love Movement, el ambiente comienza a caldearse pasada la suave medianoche. Una neblina de marihuana sobrevuela las cabezas de los hombres y mujeres, de diversos tramos de edad, que mueven sensualmente las caderas alrededor de la cabina del pinchadiscos. Entre la concurrencia, como meros oyentes disfrutando del show, hay también artistas consagrados como el insigne Jimmy Riley, padre de Tarrus Riley, uno de los más talentosos artistas actuales de reggae. Junto a otro corrillo, tocado con gorra de los New York Yankees, el legendario Burro Banton lía un canuto de grandes dimensiones sin dejar de bailotear con algunas gruppies. En la cabina, los miembros del Stone Love Movement se van turnando al frente de los platos a medida que pasan las horas, escupiendo consignas por el micrófono entre canción y canción que levantan los ánimos de la concurrencia.

El líder del clan, Winston Powell, más conocido como Wee Pow, un expolicía grandullón vestido con bermudas y camisa blanca, agita su vaso a rebosar de ron jamaicano con hielo y se presenta con un fortísimo apretón de manos: “Soy el CEO, el jefazo de todo esto”. Como tal, va dando órdenes a todo el que se cruza en su camino mientras atraviesa el enorme patio del chalé que acoge el fiestón de esta noche. “Aquí no suele entrar nunca nadie que no pertenezca a la tropa”, advierte Wee Pow mientras abre uno tras otro los candados de las puertas de seguridad de la vivienda central que dan acceso a un gran almacén de descomunales columnas hi-fi, que emplean cuando actúan fuera de este recinto, y el estudio de grabación.

“La Policía es muy aficionada a venir a pararnos la fiesta. Pero más de 40 años después, seguimos en pie. Cada miércoles y cada sábado. Te aseguro que vamos a mantener el espíritu del sound system hasta el último aliento”. La utilización de la música como contrapunto al poder establecido sigue formando parte de la identidad jamaicana. La cara más amable de la isla, encarnada por su primera ministra, Portia Simpson-Miller, que lidera una pequeña nación donde la esperanza de vida supera los 70 años, el promedio de hijos por mujer es de 2,36 y más de un 80% de la población está alfabetizada, convive con un índice de pobreza que afecta al 17% de la población entre altos índices de criminalidad (1.087 asesinatos en 2012; el mejor dato en el último decenio).

Las guerras urbanas de Kingston que arrancaron en los 90 con el auge del tráfico de cocaína tuvieron su más reciente apogeo durante la persecución en 2010 del narco Christopher Dudus Coke, líder de la Shower Posse (banda de la ducha, apodo que hacía dudoso honor a la costumbre de regar a balazos a sus adversarios) reclamado por la justicia estadounidense. Desde el punto de vista musical, la estrella del género dancehall Vybz Kartel ha sido uno de los exponentes de la violencia más sórdida hasta su encarcelamiento este año, condenado por asesinato. En la otra cara de la moneda, reclamando un activismo sofisticado, afloran artistas como Chronixx que pertenecen a la joven estirpe de talentosos creadores encuadrados en el movimiento de reggae revival que reclaman una vuelta a las esencias del género desde el pacifismo de las letras y los sonidos más clásicos.

Una vuelta a las raíces que coincide con la apuesta de algunos jóvenes que, tras probar suerte en la capital, han regresado a sus remotos lugares de origen para montar negocios de hostelería ligados a la despampanante naturaleza. Es el caso de Susan, una joven emprendedora que abrió el sencillo bed & breakfast Raf Jam en plenas colinas del Irish Town, muy cerca de la comunidad de Middleton donde se crió, a más de 1.000 metros de altitud, y por cuyas empinadas calles sin asfaltar ella ejerce de cicerone entre el paso de rastafaris que siguen colina arriba en busca de meditación, pipas de ganja y armonía con el entorno. Uno de los habitantes de la colonia de Middleton resume así su apego a esta tierra montañosa, alejada del caos de la capital y con sus propias normas de convivencia: “¿Sabe usted por qué nunca podría vivir en otro sitio que no fuera este? Por la pureza del agua que cae de esos montes. Toda esa vegetación, esas cascadas, esos plátanos y tomateras son nuestras y nadie podrá quitárnoslas. Tampoco nadie nos dice aquí cómo tenemos que vivir”.

El polo opuesto al modelo de negocio de la joven Susan perdido en las remotas Blue Mountains lo representa el muy lujoso resort Gol­denEye, en el centro de la línea norte de la costa jamaicana, en las inmediaciones de las paradisíacas playas de Oracabessa. El propietario de tan significativo enclave, que acogió la morada de Ian Fleming en la que el creador de James Bond se recluyó para escribir hasta 14 entregas de las aventuras del agente especial 007, no es otro que Chris Blackwell, el londinense blanco que, en palabras de Jimmy Cliff, “catapultó las ventas de discos en Jamaica”. Impulsor de la expansión global de Bob Marley, dio la campanada al vender su sello Island Records a Polygram en 1989 por más de 200 millones de euros.

Cuenta la leyenda que el acercamiento de Blackwell a la música comenzó al ser rescatado por unos pescadores rastas después de sufrir un naufragio con su barco. El resto es una melódica historia.

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