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Las gabrielas

‘Me siento azorado por el orgullo de haber estado tan cerca de estas dos extraordinarias mujeres’.

La Razón (Edición Impresa) / El papirri

00:00 / 26 de abril de 2015

Me impresionaron las Gabrielas, che. Una tiene los ojos marrones, una sonrisa conquistadora, su mirada de niña logra que los ojos hablen solitos, cuando se enoja es más linda todavía. Viene de Otavalo, un pueblo lleno de historias inmemoriales, música de raíces recónditas, artesanías alegres, rica comidita.

Los otavaleños la adoran, a los 16 años fue la Reina del Yamor, una festividad profunda y sonadísima en homenaje a la chicha del Yamor que se hace con siete variedades de maíz. Esta Gabriela canta lindo, con voz ronquita entona coplas de su pueblo, coplas rebeldes. De pronto me mira con dulzura y me sorprende: —toquemos Cuando empiece a estar solo de Charly… —¡ya! me encanta, le digo. Buscamos el tono, entonces empieza a cantar con sus ojitos de niña: “tenía los ojos muy lejos, y un cigarrillo en la boca, un pecho dentro del hueco, y una gata medio loca…”.

La otra Gabriela ingresó recién al dígito cuatro, tiene fama de estricta, pero mientras más me acerco encuentro una mujer cálida, sincera, sin drama.—¿Puedo sacarme una foto contigo?, le digo, medio asustado. —Claro, pues, Papirri, en realidad yo debería pedirte la foto, dice y se ríe. Desde niña fue rebelde, discutía las injusticias, ponía en su lugar a los racistas, líder nata y colegial, tiene acento de cambita, pero había nacido en La Paz. Recuerdo una imagen terrible, creo era 2007, las hordas fascistas de la Unión Juvenil Cruceñista allanaron a patadas su oficina, quemaron todo, la insultaban y amenazaban y ella, como siempre, dando la cara, valiente, segura de sus sueños.

La Gabriela de Otavalo decidió nomás entrarle a la política muy joven, con un grupo de románticos e idealistas fundaron un colectivo insurrecto y decidieron cambiar las terribles condiciones de vida de los indígenas y las mujeres de aquel Ecuador del siglo pasado, siendo elegida concejal. Fue la concejal más joven, la más votada. Son reconocidos los proyectos de producción y protección que ejecutó para  los nadies de su tierra. Ahora me mira y me dice: —Papirri, ¿te sabes algo de Violeta?, —Claro, le digo, y emprendemos a dúo con Volver a los 17.

La Gabriela boliviana es médica, yo pensé que era abogada, se graduó con honores en Salud Pública. Tiene un aire arabesco sexy, las cejas a lo Frida, había sido gran bailarina, estudiosa de la danza clásica y contemporánea. Por su tenacidad, honestidad y lucha llegó a ser Presidenta del Senado de Bolivia representando a la revolución boliviana. —No dejes de escribir, me dice, sobre todo canciones, alegras a la gente y la haces pensar a la vez.

Hoy, las Gabrielas legislan un evento de Unasur. La Gabriela de Otavalo, Gabriela Rivadeneira, con 31 años es la Presidenta de la Asamblea Nacional ecuatoriana, da las pautas, administra una importante y solemne reunión con los presidentes de las otras cámaras legislativas del continente, hablan de la ciudadanía y del Parlamento de Unasur. El senador del vecino conflictivo trata de poner peros a todo, entonces sale al frente la Gabriela de Bolivia, la doctora Gabriela Montaño, presidenta de los diputados y pone las cosas en su lugar. Con sabiduría, calma, claridad y mucha firmeza, las Gabrielas dan la línea, son horas y horas de discusión hasta que logran el difícil consenso para aprobar un documento histórico. Entonces sonríen, se abrazan, pasamos a un salón, cenamos, brota la guitarra y celebramos la vida, cantamos a Charly y a Violeta: esta revolución ecuatoriana es la revolución del canto, pienso, mientras el diputado Patiño nos emociona con una canción de Jaramillo.

Me impresionaron las Gabrielas, che. La Gabriela de Otavalo me dice que ama a Bolivia, subir al teleférico paceño fue una de las emociones más grandes de mi vida, dice, mientras sonríe y se pone chaposita. La Gabriela boliviana decide, Papirri canta puej algo tuyo y arremeto con Bien le cascaremos.

Termina la cena y el canto. Vuelve en súbito la solemnidad, se reparte el documento, los asesores deambulan, se dicen secretitos, llegan discursos, la seguridad policial late afuera, entonces las dos Gabrielas se despiden con un abrazo hermoso, insondable, saben que la cosa no es fácil, que no es fácil ser mujer y dirigir las asambleas, saben que el sistema patriarcal les pone zancadillas a cada rato, que los prejuicios las tratan de condenar, saben que la lucha por un mundo digno tiene sus costos, dejar los hijitos en la casa con los papás, enfrentar a una prensa horrible que calumnia, dirigir asambleas belicosas.

Pero son firmes con sus sueños. Cuando se abrazan, brota una luz de wiphalas. Entonces nos vamos por alfombras rojas, se encienden las sirenas, las autopistas pasan en rayo, el avión ronronea. —Cuídate Papirri, me dice la Gabriela de Bolivia. Y yo me siento azorado por el orgullo de haber estado tan cerca, de tantas maneras y sentires con estas dos extraordinarias mujeres. Me impresionaron las Gabrielas, che. Pa’ ques decir.

(*) El papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

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