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La llama hambrienta: Cenas, amigos y comida boliviana en México

Abrirse a conocer nuevas personas e ingredientes es la propuesta del cocinero boliviano Daniel Aráoz.

La Razón (Edición Impresa) / Naira de la Zerda

13:00 / 14 de noviembre de 2018

Daniel Aráoz estaba decidido a aprender a hacer un buen anticucho. Había llegado de México —donde radica desde 2011— y se lanzó a buscar el mejor maestro. No encontró otro más apto que su casera —Lupe—, quien los vende desde hace años en la calle 15 de Calacoto. 

Ella le abrió su casa y le enseñó a cortar y sazonar los corazones de vaca, de forma que Daniel pudiera reproducir el sabor tradicional del desvelado platillo. Además de su mamá, María Elena Pacheco, quien más lo ha influenciado, Modesta Quispe y Tita (Concepción) Mamani —las cocineras que trabajan con María Elena desde hace más de dos décadas— fueron las  otras encargadas de alimentar y corregir la sazón del paceño, quien hace un año abrió La Llama Hambrienta.

Su iniciativa no es un restaurante. Son cenas íntimas que se realizan en su casa de Monterrey, de lunes a viernes, todas las noches. “La idea es unir a la gente, darles un espacio único, para salir de la vida cotidiana y conocer nuevas personas. Cada comensal que viene termina con nuevos amigos y de la mano está la experiencia de probar platillos bolivianos, regalarles un llaverito en forma de una llama y que dejen una huella en mi casa, firmando un póster al final de la comida”, resume Daniel.

Los martes y jueves son los días reservados para estas cenas abiertas donde cada persona llega a compartir con desconocidos, comida que probablemente nunca ha probado, en la casa de alguien del que no había sabido antes. Es una aventura para enfrentarse a lo desconocido. En la mesa —que le regaló un amigo, interesado en la forma en que se llevan a cabo estas citas gastronómicas— se lee: “Aquí vas a compartir, comer bien y tomar una rica bebida junto a los amigos que harás esta noche”.

En el espacio en el que se sentará cada participante se leen otras frases que funcionan como detonadores de conversación. Después de leerlas, cada uno explica su opinión al respecto y se presenta. Luego, se elige a un comensal para que inaugure la comida, con un brindis hecho con un singani sour: “Les explico de dónde viene este destilado, cuándo se suele consumir y así, comienza todo”, explica.

Si bien pocos son los que se conocen, la intención del cocinero es que se sientan muy a gusto. Cada uno puede tomar cuanta agua lo desee, también deciden cuánto vino consumir, de las dos botellas que están en la mesa. Y si quieren llegar a alguna otra bebida, pueden hacerlo. La conversación fluye y mientras prueban diferentes platos, el cocinero explica aquéllos con ingredientes bolivianos, les permite tocarlos y olerlos. Si bien no en cada cena, grandes amistades han nacido de esta aventura culinaria.

En realidad, Daniel se fue a México a estudiar Administración de Empresas hace ya más de cinco años. Su plan era licenciarse y volver a Bolivia a trabajar con su familia; sin embargo, el amor hizo que cambiara de planes. Trabajó en diferentes empresas, donde pasó poco tiempo, porque quería probar diferentes áreas; durante una de aquellas transiciones, un amigo suyo le pidió que le ayudara en su food truck (camión de comida). Pasando varias horas produciendo comida se hizo innegable, la cocina era más que un hobby.

En vista de que aún no sabía cómo comenzar, decidió escribir pequeñas reseñas gastronómicas en su cuenta de Instagram, donde además publicaba una fotografía. Después la curiosidad comenzó a crecer y los escritos no eran suficiente para calmarla. “Hazlo y no la pienses”, esas fueron las palabras  dichas por el chef Felipe Donnelly que detonaron el proyecto de las cenas.

“Estaba en un foro gastronómico escuchando la historia de Felipe —chef mexicano colombiano, dueño del restaurante Cómodo (Nueva York), junto a Tamy Rofe, su esposa— quien comenzó así, como cocinero autodidacta, haciendo cenas en su casa. Cuando me le acerqué para comentarle que me había inspirado y que quería comenzar como lo había hecho él, solo llegó a decirme esa oración”, narra.

Daniel solía ser el tipo de persona que se tomaba días y noches antes de decidirse a llevar a cabo un proyecto. Con las cenas, cambió de proceder. Poco tiempo después lanzó su primer evento. Durante cierto periodo hizo una cena a la semana, sobre todo con amigos, para probar recetas y ganar experiencia, después fueron dos. Para abril del año pasado, el tiempo no le abastecía y tenía que decidir: o su trabajo como analista financiero o potenciar sus experiencias culinarias.

“Yo pensaba que el día que renunciara a mi trabajo para dedicarme a lo que me gustaba más, iba a ser el mejor día de mi vida. Al contrario, fue un día muy duro”. Los cambios se dieron de golpe, terminó su relación amorosa, porque no recibió el apoyo que esperaba, tuvo que cambiarse de casa para tener más espacio y hacerse a la idea de que ya no tenía un sueldo fijo al cual recurrir. Tenía que ver la forma de valerse por sí mismo.

Al ver que la demanda continuaba creciendo, su angustia se calmó y pudo aumentar el número de comensales, así como la cantidad de noches de atención. Las personas que conocían su blog fueron los primeros clientes. Poco a poco se corrió la voz y comenzó a atender cinco días a la semana “Sábado y domingo no atiendo, porque tengo compañeros de cuarto a los que no quiero molestar. Es suficiente con que me dejen trabajar en la semana”.

La curiosidad de los mexicanos por la comida boliviana también ayudó mucho a que las cenas fueran un éxito. Es muy poco lo que se conoce afuera sobre la gastronomía nacional y se suele relacionar todo lo andino con Perú. “Cuando ven el nombre, siempre piensan que tiene que ver con Perú, ahí es donde comienzo a explicarles ciertas características de Bolivia, como que tiene incluso más llamas”.

Es por eso que en octubre se tomó casi un mes libre para volver a La Paz y tomar clases particulares de cocina nacional. Aprendió a hacer una buena sajta y a preparar bien el chuño y la tuna. El plato que hasta ahora más éxito ha tenido es el queso humacha. Y claro, la quirquiña: “Siempre la pongo en la llajua y les encanta, me he tenido que traer semillas para tener siempre a mano, para todo”.

Si bien no ejerce, no se arrepiente de haber aprendido la parte administrativa de un negocio. Sobre todo porque ahora se puede dedicar sin impedimentos a estudiar y preparar comida mexicana, haciendo prácticas en diferentes restaurantes. También organiza noches colaborativas con diferentes colegas en La Llama Hambrienta.

Ser el anfitrión le ha permitido salir un poco de su timidez y dejar de lado reparos a la hora de buscar auspicios. Fue una manera de aprender a ser quien dé el primer paso para hacer un primer contacto: “Lo más gratificante es ver que logré que más de 500 personas pasaran un buen rato, y conocieran un poco más de Bolivia”.

Algo que le sorprendió fue la cantidad de nuevos restaurantes que tienen propuestas de cocina de autor en La Paz. Lugares como Ali Pacha, Popular Cocina Boliviana, Gustu y Typica son los emprendimientos con los que medirá fuerzas cuando regrese el próximo año: “Ya es hora de volver, La Llama Hambrienta no se muere en Monterrey”.

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