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El ilustrado de origen cholo

Alfonso Prudencio, ‘Paulovich’

La Razón / Willy Camacho

01:00 / 15 de enero de 2012

Cuando el semanario Presencia se convirtió en diario, su director, Huáscar Cajías Kauffmann, consideró que hacía falta una columna de humor, e intuyó que el indicado para la tarea era Alfonso Prudencio Claure, el joven periodista que, por ese entonces, semanalmente escribía reflexiones de corte espiritual, firmadas con el seudónimo “Paulo”, en la columna Cartas a mí mismo. En 1958 nació, pues, La noticia de perfil, y también, El hijo de Paulo, frase que en lenguas balcánicas se expresa con un solo vocablo: Paulovich.

La intuición del doctor Cajías fue acertada, pues, como rememora Hernán Maldonado, antiguo colega de Paulovich, “había días en que Presencia se vendía por sus columnas, porque entre chiste y chiste le decía las verdades al movimientismo, en una época en que había censura de prensa”.

Desde la ironía sutil, pasando por el sarcasmo agudo, hasta la mofa indirecta, Prudencio empleó los recursos del humor para opinar sobre temas serios, insertando críticas que algunas veces —él lo reconoce— fueron demasiado ácidas e incluso ofensivas. Pequeños deslices, se podría decir, que pasan inadvertidos en una producción periodística que, a ojo de buen cubero, comprende algo más de 10.000 columnas en 60 años de ejercicio profesional.

Días antes de la Navidad reciente, don Alfonso anunció que dejaría de escribir La noticia de perfil, debido a la considerable disminución de su sentido de la vista, que no le permite teclear en su máquina Olympia con el ritmo que había sostenido hasta hace poco. “Pero lo seguiré haciendo, aunque con más calma”, dijo el último viernes de 2011, durante una visita a su vivienda, ubicada en el Barrio del Periodista.

Es evidente que le cuesta enfocar la mirada, pero sus ojos aún reflejan un brillo especial cuando quiere acentuar la picardía de alguna frase ocurrente; por eso, cuesta creer que sus problemas de vista sean tan graves como para forzarlo al retiro, más todavía con las ventajas de la tecnología actual, que posibilita incluso a invidentes utilizar un procesador de textos.

“Alguna gente cree que es por lealtad a mi Olympia, a la que no la pude abandonar por otra herramienta más moderna, pero la verdad es que llegué tarde a la informática y ahí me quedé”, explica con tono melancólico. Cuenta que, al principio, la computadora no le llamó la atención, y confiesa que no calculó la importancia que iba a tener en la vida de los seres humanos; “de tal manera que me quedé nomás atrás”, se lamenta con cierta tristeza, pero al instante alza la vista —la picardía destella en su mirada— y añade: “Nunca entré en la informática ni en las drogas, pese a que estuve tentado por las dos”.

Si bien evitó la computadora y el vicio, no tuvo igual firmeza ante una tentación mayor: la política, cuyos encantos lograron, y en dos ocasiones, vencer su resistencia. Por ello, llegó a ser diputado y alcalde.

La primera vez ocurrió en 1964. Ya era jefe de redacción en Presencia, cuando llegaron unos señores a pedirle permiso para que su nombre encabezara la lista de candidatos para la elección de diputados de ese año. Le pidió consejo al doctor Cajías, quien le dijo, “lánzate, tienes permiso”.

Prudencio emprendió esa aventura de la única forma que podía hacerlo: con bastante humor, que fue la característica de todos sus discursos. Pero claro, haciendo bromas no se gana una elección, “también hay que decir y proponer algo”, afirma poniéndose muy serio.

Para su campaña creó un eslogan que aludía a los fraudes electorales cometidos por el MNR: “Movimientista, tú que puedes votar dos y tres veces, vota uno por tu partido y otro por mí”. Al parecer, el eslogan tuvo éxito, pues Prudencio ganó un curul en el Parlamento nacional, aunque su carrera política fue interrumpida por el golpe de Estado del general René Barrientos, lo que determinó la clausura de ese periodo legislativo.

Alcalde de La PazDos décadas después de su fugaz gestión parlamentaria, la tentación volvió a presentarse, esta ocasión en la figura del general Hugo Banzer Suárez, a la sazón cabeza del partido Acción Democrática Nacionalista (ADN). “Paulo, quisiera que me ayudes, mi lista no es muy convincente, quiero mejorarla y que tú vayas como concejal”, le habría solicitado el exprimer mandatario de Bolivia. Prudencio intentó negarse, indicando que no era de ADN, pero el general desprendió la insignia adenista que lucía en su solapa y la acomodó en el saco del periodista, a tiempo de decirle: “No es necesario que lo seas”.

“De esa manera llegué a concejal y, al final de esa gestión, el alcalde de entonces, Ronald MacLean, decidió volver a candidatear, para lo cual tuvo que renunciar, y el Concejo me designó a mí como sustituto”, rememora. Estuvo sólo tres meses al mando de la comuna; “poco tiempo para realizar algo concreto”, lamenta en voz baja. Sin embargo, fiel a su estilo, no demora en soltar una ocurrencia que transforma el lamento en risa: “Lo bueno es que me porté honradamente, porque tres meses es poco tiempo para robar”.

Una faceta poco conocida de Paulovich, para las generaciones actuales, es la de entrevistador. Una pena, pues de lejos es un maestro en el género. En 1967 publicó Apariencias, un libro donde reúne sus diálogos con 38 personas, rescatando incluso a personajes populares que no eran considerados “interesantes” por el periodismo de entonces.

“Hay personajes en una ciudad que no siempre son consagrados por la crítica, o por los libros o por la historia o el periodismo. Yo conocí, por ejemplo, a un canillita que lustraba zapatos en la plaza Murillo, y era un hombre de una extraordinaria imaginación y muy gracioso. Era don Escipión Chuquimia”, evoca y se siente el aire de nostalgia.

En Apariencias figuran entrevistas con Marina Núñez del Prado, Wálter Guevara, Alcira Cardona, Roberto Prudencio, Marcelo Quiroga Santa Cruz, Jaime Saenz y Tristán Marof, por citar algunos nombres. Pero entre todos, quien más impactó al autor fue una monja de clausura, a la que pudo entrevistar sólo con permiso del obispo, porque no les era permitido ser visitadas. “Ella estaba en un convento de Miraflores. Me contó su vida, y admiré cómo se puede vivir y honrar a Dios de esa manera, viviendo de la oración, rezando por los demás, y el papel que cumplía esta parte de la Iglesia, que parece que no hiciera nada y, sin embargo, está elevando un término de oración general por el mundo, que tal vez es lo que todavía lo mantiene más o menos equilibrado y no deshecho en mil pedazos”, reflexiona.

El tierno de SaenzRespecto a Jaime Saenz, uno de los más grandes escritores bolivianos, Paulovich recuerda que fue difícil concertar la entrevista, pero que cuando al fin lo logró, le sorprendió que el poeta fuera “un niño”. “Tal como yo lo he conocido, me dio la apariencia de ser un niño grande, tierno; descubrí la poesía en sus ojos”.

Recuerda que entrevistó al autor de Tocnolencias y La noche cuando aún vivía con sus tías en Miraflores, en un pasaje de la calle Muñoz, cerca del hospital del Tórax. “Era una casa arreglada como para viejitas, lógicamente, con sus planchas, sus adornos, y él me llevó a una ventana y me dijo:

‘Le voy a mostrar cómo se arrullan unas palomitas al frente’, y realmente al frente había unos palomares y las palomitas se estaban arrullando; Saenz se enternecía ante esas cosas, y me contagió eso”.

La tos interrumpe su risa, y hace una pausa para tomar un poco de agua, momento que aprovechamos para preguntar de dónde es realmente, ya que muchos creen que es cochabambino. “Soy paceño y bolivarista”, afirma rotundo, como para ponerle punto final a la aclaración que hiciera meses atrás, cuando fue homenajeado por un diario de Cochabamba, oportunidad en la que contó que, cuando era niño e ingresó a la escuela, su madre le había recomendado decir a quien le preguntase que era nacido en Cochabamba, “para que crean que eres inteligente”. El niño Prudencio obedeció a su mamá y de ahí surgió la leyenda de que era valluno “y también la de que era inteligente”.

La tos vuelve a interrumpirle y, esta vez, explica que se debe al cigarrillo: fuma media cajetilla al día, según estima él mismo, aunque rápidamente indica en son de broma que, como ha notado que le está afectando mucho, ha pensado seriamente en dejarlo, “porque con el tiempo me puede hacer daño”.

Claro que la cuota de tabaco seguramente se incrementa cuando visita el Giorgíssimo, bar de su amigo Jorge Romecín, que también ha sido nombrado en varios de sus textos, aunque utilizando un nombre “en clave”. “Ocurre que Jorge era un hombre muy especial, y me dijo que no quería ninguna publicidad para su local, de modo que cuando yo me refería al Giorgíssimo, tenía que hacerlo en clave, y lo convertí en el bar Chuma. Y quizá el bar Chuma existió efectivamente en La Paz quién sabe…”.

En ése y otros locales, Paulovich desarrolló una intensa vida social e hizo muchas amistades que perduran hasta la fecha. De hecho, no recuerda con encono a nadie y manifiesta cierta satisfacción al declarar que nunca ha sufrido cárcel ni persecución por sus artículos; “tal vez  porque mi humor siempre fue medido”. “Nunca he tenido censores en ningún periódico ni en ninguna época, ahora tampoco”, asegura, pero recuerda que alguna vez recibió llamadas anónimas con amenazas, a las que nunca dio importancia.Un hombre de recursosSu mirada se ilumina; está evocando una anécdota. “Una vez estaba conversando frente a frente con el doctor Víctor Paz Estenssoro (cuatro veces presidente de Bolivia) y él me dijo: ‘Va usted a saber, Paulovich, que éste es un país monoproductor’, yo únicamente le miré la cara y no dije nada” (el apodo popular del fallecido líder del MNR era “el Mono”). Cuando publicó esto, a sus lectores les causó mucha gracia, entre los que contaba al mismísimo político y estadista. “Él llegó a respetarme, como yo lo respetaba a él”, manifiesta con un dejo de orgullo.

    Para La noticia de perfil, Paulovich creó varios personajes, todos familiares cercanos, tías y tíos. “La tía es un personaje entrañable, ¿no? Y tal vez esto lo he sacado de mi verdadero entorno familiar. Mi madre murió cuando yo era muy jovencito, y tuve una tía que tomó el papel de madre, y la convertí, en mis escritos, en la tía Encarna”.

A esta señora se sumó la tía Ohmaygad, “que era una cruceñita que estuvo viviendo por Miami y el único inglés que sabía era Oh my god, pero lamentablemente murió hace algunos años”, menciona con cierta pena, como si se estuviese refiriendo a un ser de la vida real.

“También tuve a mi tía Semáforo, llamada así porque a partir de las diez de la noche nadie la respetaba”, se ríe.

La tía Encarna llegó inclusive a la televisión. En los años 60, los primeros del canal estatal 7, el rostro de Paulovich se hizo familiar en el país. Prendido a un teléfono,  simulando un diálogo con su personaje, analizó con humor la política de esa década del siglo XX.

Los tíos Huevastián y Pelópidas fueron también protagonistas, aunque sin duda la que mayores comentarios cosechó fue la tía Restituta vda. de Batistuta, dueña de una personalidad pícara y libertina. No faltaron los amigos que le dijeron al escritor que el nombre del personaje era algo subido de tono. “Yo les respondí: qué problema, pues si alguien te quiere insultar en la calle, nadie te va a decir sobrino de puta, y si lo hacen, levantas los hombros y dices a mí qué”.

Todo esto lo ha expresado muy divertido. De repente se pone serio para justificar la presencia de esos personajes en su obra: “El papel de una tía es muy tierno para el sobrino, y no tan severo como el de la madre, de ahí que la tía significa algo muy especial en todas las familias”.Mestizo a rabiar

Algunos de los escritos de Paulovich han despertado críticas por un supuesto menosprecio hacia la figura del indio en sus textos. “Lo que he intentado hacer es revalorizar el mestizaje, la figura del cholo”. Para él, es inconcebible que, hoy en día, decirle cholo a alguien en Bolivia sea todavía un insulto. “El Perú ha asumido su mestizaje con todo argullo y dignidad, y junto con el mexicano, son pueblos felices y orgullosos de ser mestizos, en cambio nosotros no, pues cholo sigue siendo un insulto”, se apena.

Desde su máquina, su inseparable Olympia, por tanto, ha intentado revalorizar al cholo, porque admira a esa figura y cree que la mujer de pollera es sumamente importante. Ella, “no sólo es la constructora de su hogar, sino que es una organizadora de la sociedad, específicamente en las ciudades; es un personaje muy noble al cual el país le debe mucho”.

Lo anterior lo ha dicho con solemnidad, pero su carácter le vence y añade: “Lamentablemente, no me pude casar con una chola, me casé con una española, echando por la borda lo que mis antepasados hicieron: guerrearon durante 16 años por liberarse del yugo español, y yo he vuelto a caer en éste”.

Antes de dejarle, le preguntamos por las mujeres; pero él prefiere eludir la pregunta con una salida que deja mucho a la imaginación: “He sido un tigre para el tango y un cholo para el amor”.

Texto: Willy Camacho.

Fotos:pedro laguna/Familia Prudencio

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