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El imitador de trinos

Los trinos de nuestra era son mensajes inaudibles que quedan registrados con un clic en Twitter y se olvidan fácilmente.

Amy Hesketh, 35 años, actriz y cineasta. Nació en Maine, Estados Unidos. Foto: Álex Ayala Ugarte

Amy Hesketh, 35 años, actriz y cineasta. Nació en Maine, Estados Unidos. Foto: Álex Ayala Ugarte

La Razón (Edición Impresa) / Álex Ayala Ugarte

00:00 / 25 de mayo de 2014

Un llamador de pájaros es una gran mentira: un imitador de trinos, una pantomima, una cápsula rústica y muy simple capaz de reproducir gorjeos casi idénticos a los que las aves utilizan para comunicarse en mitad de una arboleda. El de Amy Hesketh, una norteamericana de 35 años afincada en Bolivia desde 2005 y dedicada al cine, tiene más de seis décadas encima y es marca Audubon —en homenaje a John James Audubon, hijo ilegítimo de un capitán de navío francés y uno de los ornitólogos más importantes del siglo XIX—. Consiste en un rodillo rojo de abedul y una rosca de zinc que vomita gorgoritos cuando alguien la gira en torno a la madera. Y descansa en un librero color caoba oscuro junto a un puñado de bigotes de su gato que guarda en un frasco de vidrio.    

Amy lo rescató hace poco más de un año del escritorio polvoriento de su padre, Dennis, que acababa de morir por la enfermedad de Pick, una demencia de origen neurológico para la que aún no existe cura. Dennis, un tipo de estilo informal y dedos largos como los de un pianista, trabajaba como ayudante de sheriff en Dover-Foxcroft, un pueblito de Maine (Estados Unidos) con algunos edificios de tipo victoriano y menos de 5.000 habitantes. Vivía a 25 kilómetros de allá, en una casa enclavada en medio de la nada en la que tenía más de diez pares de botas igualitas y un sinfín de muebles con aroma a barniz seco que se agolpaban por uno y otro lado como si formaran parte de un viejísimo museo. Y en sus ratos libres, según Amy, agarraba sus binoculares y se perdía en los bosques colindantes con un jean desgastado y un librito para identificar especies.

Los trinos de nuestra era son mensajes inaudibles que quedan registrados con un clic en Twitter y se olvidan fácilmente, un mecanismo de índole moderno que nos hace creer que tenemos algo interesante que decir al mundo. Para Amy, sin embargo, un trino es una voz imperecedera, un GPS invisible para ubicarse entre las huellas de otra época.

“Cada vez que veo el llamador de aves, me viene a la cabeza la imagen de mi padre”, explica. “Para mí, es la representación de todo lo bueno que él tenía. De niña, solía acompañarlo en sus paseos por el campo y recuerdo que él lo manipulaba con destreza. Hacerlo funcionar como se debe no es nada sencillo: es todo un arte”. Pero en cuanto uno aprende a manejarlo, descubre decenas de sonidos enlatados que gracias a un leve golpe de muñeca se propagan por el aire como un eco ligero. “Es sorprendente”.

Martin French

El Audubon es el Mustang de los llamadores de pájaros: todo un clásico, un objeto con la apariencia de un sacacorchos que en el campo funge de cebo imprescindible para que un gorrión de alas diminutas o un colibrí de vuelo kamikaze se acerquen sin miedo. El primer dueño del que Amy sostiene en este instante entre sus manos, delgadas como las de un cadáver que lleva días abandonado, era Martin French, un ambientalista de pelo blanco y brilloso como vajilla nueva ya fallecido que era muy amigo de su padre. “Martín se lo entregó a él en los años 50”, calcula la estadounidense. Y Dennis lo conservó en un lugar seguro, como si se tratara de un diente prehistórico de dinosaurio.

“En mi familia, siempre ha existido la tradición de no desprenderse de nada. Y yo crecí rodeada de cosas antiguas”: máquinas de coser, útiles de granja, mecedoras, lámparas a querosén, alfombras antiquísimas, álbumes con fotos blanco y negro o sepia de mininos con las colas estiradas que nos dan a entender que los retratos entrañables de mascotas que hoy están tan de moda en Internet son, en realidad, un invento del pasado.

Amy abandonó su hogar a los 18 años para cambiarlo por paisajes menos agrestes y más fashion. Pasó por Boston. También, por Nueva York. Vivió durante una temporada en Francia. Y lo más difícil para ella en este periplo fue seguramente acostumbrarse al mundanal ruido: a los gritos de los vendedores callejeros, a las sirenas de las patrullas policiales, a los bocinazos. “En Maine, todo era bien distinto, menos estresante. Allá, además, el sentimiento de comunidad es mucho más grande y la gente, más autosuficiente. Mi padre, por ejemplo, me enseñó a arreglar autos y motocicletas cuando era chica; y a utilizar la caja de herramientas cada vez que se nos averiaba algo”.  Otro de los artefactos que Amy se trajo de aquellas tierras —y que exhibe ahora junto a su biblioteca como si fuera porcelana fina— es un cilindro estanco de metal para evitar que los fósforos se mojen fabricado en 1900 que perteneció al tío de su abuela, un hombre robusto que tenía dolores agudos de cabeza y que decidió vivir como ermitaño porque cada vez que le caía una jaqueca encima trataba de agredir a los que tenía cerca.

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