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El imperio de lo minúsculo

Martinet nació el mismo año que la Barbie: 1959, pero es la antítesis de la famosa maniquí de Mattel.

Juana Martinet Romero posa junto a sus Barbies mientras sujeta  un muñeco que conserva desde los años de su niñez llamado Copete. Foto: Álex Ayala

Juana Martinet Romero posa junto a sus Barbies mientras sujeta un muñeco que conserva desde los años de su niñez llamado Copete. Foto: Álex Ayala

La Razón (Edición Impresa) / Álex Ayala

00:00 / 28 de diciembre de 2014

Mide 11 pulgadas y media (29,2 centímetros). En su más de medio siglo de vida ha tenido más de 40 mascotas, incluyendo un panda y una cebra. Los mejores diseñadores del mundo le han creado prendas para que esté a la moda. Hasta el momento, se han utilizado más de 100 millones de metros de tela para elaborar su vestuario. Se han producido un billón de zapatillas solo para ella. Tiene más de 12 millones de likes en su página de Facebook. Y maneja Twitter. La Barbie es el sueño de miles de adolescentes de clase media en todo el planeta —una mujer que ni envejece ni menstrúa: debido a sus medidas, por las que ha recibido innumerables críticas, sobre todo de grupos feministas, en el mundo real carecería del porcentaje de grasa necesario para que el periodo aparezca—, y el juguete predilecto de Juana Martinet (“la muñeca perfecta”, dice ella).

Martinet nació el mismo año que la Barbie: 1959. Y es la antítesis de la famosa maniquí de la empresa Mattel: apenas roza el metro con 65 centímetros, no es devota ni de la ropa de marca ni de la joyería fina y tiene unos kilitos de más, como la mayoría de los mortales que pueblan la Tierra. Se crió en Uyuni, un pueblito a orillas del salar más grande de Sudamérica. Y se enamoró de la Barbie cuando era niña (de ella y de sus cientos de accesorios: perfumes, lentes, floreros, neceseres, mochilas, patitos de goma).

“En mi juventud —recuerda—, esos complementos costaban una fortuna. Y yo me volvía loca por ellos. La verdad es que siempre me han gustado las miniaturas. De pequeña, intentaba hacerme con todas las que podía y las metía en un tarrito alentada por mi padre, de quien heredé la afición por guardarlo todo: él ocultaba en un armario mi primer calzado, la primera trenza de pelo que me cortaron, mis peluches preferidos”.

Hijos e hijas

En los 80, Martinet se trasladó a La Paz para estudiar y con el tiempo ha convertido algunas de las habitaciones de su casa en un homenaje a lo minúsculo. En el cuarto reservado para los invitados, en un mueble repleto de detalles delirantes, exhibe, por ejemplo, más de 800 pares de zapatitos, bolsitos fashion, cámaras de fotos, trofeos, raquetas de tenis, lámparas, relojitos, desodorantes, adornitos, juegos de rímel, sombreritos. Todo, para que la Barbie los utilice. Porque aquí siempre ha gobernado ella.

Los dos primeros hijos que engendró Juana fueron varones. Y casi acaban con  su ilusión por seguir acumulando muñecas (como cuando era quinceañera). Por aquel entonces, mientras sus muchachos crecían, Juana sacaba a veces parte del dinero para hacer mercado y compraba trajes para las que ya tenía sin que nadie se diera cuenta. O eso creía. “En ocasiones, sacrificaba la plata para los tomates y me reclamaban” (se ríe). En su tercera visita al hospital, dio a luz a una niña que no desarrolló mucha empatía por la musa de Mattel y continuó su angustia. “Aunque a su nombre comencé a recolectar Barbies de nuevo”, se carcajea. Y hace 18 años apareció Michelle, la más joven de la familia y la cómplice incondicional de Juana. “Entre ambas, las peinamos, les fabricamos collares o aretitos, las ordenamos. Pero ya no tan a menudo como antes”.

Mientras las acomoda una por una para que no se caigan, Martinet me dice que, aunque algunas de sus figuras son de segunda mano, las pudo conseguir en buen estado. “Odio cuando están rotas —advierte luego—. A mis hijos siempre les he enseñado a cuidar sus pertenencias. Y reniego mucho cuando veo a alguien que destroza las suyas”.

Con tan solo hurgar unos minutos en las ventas de usados, Juana es capaz de descubrir a veces tesoritos mínimos, como máquinas de escribir, vestiditos de gala o frascos de plástico. Entre las cosas que trajo de lejos, hay algunas extravagancias europeas, como unos zuecos holandeses que le hacen a la Barbie (por supuesto) o una vajillita de porcelana que está dedicada a la reina de Austria. Y hoy, sus ciento y pico maniquíes disponen del ajuar suficiente como para armar una boutique, un dormitorio, una peluquería, una tiendita, una cocina (y hasta coquetos equipajes para salir de viaje).

Entre las piezas más queridas por Martinet, hay dos muñecas que le regalaron sus padres y una réplica —edición de aniversario— de la primera Barbie de los 50. “Es lo máximo a lo que puedo aspirar”, suspira. En una subasta en 2006, el original de un modelo similar a ése alcanzó un precio solo apto para bolsillos holgados: 5.400 dólares.  

“Los que nunca me conquistaron fueron los Ken —dice después con cara de chiste—. Apenas hay cinco o seis para que se los repartan entre todas las chicas” (risas).

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