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Las joyas de Comanche: La t’ika tanka y el granito son su herencia

El primero en documentar la existencia de las puyas es el francés Alcide D’Orbigny, pero el italiano Raimondi le impuso su nombre. El cerro de Comanche ha motivado el cese de emigraciones, pues la cantera da trabajo y hay mercado en las urbes de La Paz y El Alto.

La Razón / Jorge Quispe

00:00 / 21 de julio de 2013

Hace unos 50 años, la llegada del tren a Comanche, pueblo ubicado a  unos 70 kilómetros de la ciudad de La Paz, era lo peor que podía pasar para sus pocos habitantes. Una vez que el sediento y viejo ferrocarril arribaba a la estación, se bebía toda el agua del tanque y no dejaba una sola gota para los lugareños.

La antiquísima máquina funcionaba a carbón, pero también requería centenares de litros del precioso líquido para seguir su marcha y por eso todos los comancheños maldecían su paso en aymara. “Kuchimutura jutaniw jani utjanit umawa  (el coche motor vendrá y no habrá más agua)”, gritaba el niño Luis Gómez a los vecinos para que vayan al tanque a llenar los cántaros, antes de que la locomotora lo dejase seco.

A sus 67 años, Luchito, como le llaman sus amigos, recuerda esos tiempos, cuando además una empresa de la familia Machicado Silva explotaba la cantera que rodea al pueblo de la provincia Pacajes. “No había potable agua, ni luz y éramos pocos comunarios”, añade desde su tienda a unos metros de la carretera  asfaltada que los une a La Paz y de la vía ferroviaria por la que no pasa el tren.

En 1985 llegó el agua potable a esa región paceña y la energía eléctrica en los 90.

En aquellas épocas, una antiquísima imagen de la Virgen de las Nieves fue reemplazada por la actual Virgen de la Candelaria, la patrona del pueblo, a la que se rinde devoción con el baile de los ch’utas y cholitas cada 2 de febrero. Y a la par, la crianza de ganado ovino fue creciendo de manera próspera junto a una hoy desaparecida fábrica de yeso.

Comanche forma parte de la cuarta sección municipal de la provincia Pacajes, tiene cinco cantones y 29 comunidades; es uno de los 80 municipios del departamento de La Paz, posee una población que bordea las 4.000 personas y es conocida turísticamente en el mundo por la gigante Puya Raimondi, una milenaria bromelia que florece cada 100 años.

La silla municipal ha sufrido vaivenes en los últimos años, con las salidas consecutivas de Mónica Betzabé Paxi Ríos y Víctor Mamani, denunciados ambos por corrupción. Graciela Rondo espera ser reconocida como alcaldesa por el Tribunal Electoral Plurinacional y la Federación de Asociaciones Municipales (FAM) de Bolivia. Fue Paxi Ríos quien explicó a Escape que siete puyas habían florecido y esto motivó el viaje al lugar, sólo para descubrir que no hay flores aún y que las peleas ediles persisten.

La palabra comanche tiene un origen remoto; los antiguos habitantes solían decir que vivían —a principios del siglo XX— en K’uma Janchi, cuya primera palabra aymara hace referencia a un ojo de agua o vertiente que dotó por décadas del líquido vital a la población. “Uka uma wali k’umaw (esa agua es bien limpia); así decían los padres de mis padres, por eso la bautizaron k’uma”, relata el poblador Gonzalo Quispe. Mientras que janchi o cuerpo se refiere a la montaña que protege al lugar. “Es por el cerro o el cuerpo de roca que aún da de comer a muchas familias picapedreras”, cuenta Gómez, exdirigente y qilqiri (escribidor) de la región. La colina está sobre los 4.000 metros de altura sobre el nivel del mar y es uno de los yacimientos más grandes del país en granito o, como se la conoce, piedra comanche.

Por alguna razón, las palabras K’uma Janchi fueron vistas como un problema a la hora de identificar al pueblo, debido seguramente al proceso de castellanización que fue avanzando en el área rural paceña. Al final, la unión de ambas derivó en Comanche, tal cual hoy se conoce al pueblo.

La reina de los andes

Al ingreso de Comanche, junto a un letrero que identifica al municipio, sobresale otro que invita a conocer el corredor turístico Calacoto y Comanche, y junto a ellos, un dibujo de la Puya Raimondi, el gran orgullo botánico de toda la región pacajeña.

Ante las imponentes puyas, Gómez recuerda al italiano Antonio Raimondi (1826-1890) que en el siglo XIX bautizó con su nombre a la planta que florece cada 100 años y que ya tenía su propio denominativo andino hoy olvidado. “Yo marqué algunas puyas y calculé que florecen a los 35 años; eso de que lo hacen cada 100, 120 o  130 años es una mentira. Sin embargo, lo que más rabia nos da es que esa persona ajena a la zona le haya puesto su apellido”.

Estudiosos como la bióloga Mónica Zeballos, del Herbario Nacional, de la Colección Boliviana de la Fauna, ratifican que la puya es una de las plantas más altas y longevas del mundo. La especie se desarrolla en la cordillera de los Andes, únicamente en Bolivia y Perú, en niveles que están entre los 3.200 y 4.600 metros de altitud.

“Se caracteriza por florecer sólo una vez en su vida y después morir, luego de un desarrollo vegetativo bastante largo que ha sido documentado entre los 80 y 150 años”, explica Zeballos. La puya se encuentra además bajo la categoría LC (Preocupación Menor), no está amenazada o en peligro, pero Zeballos cree que no se debe bajar la guardia y cuidarla en detalle.

En Perú también respaldan la teoría de la longevidad de la puya. “Es considerada una auténtica reliquia vegetal, una de las especies de plantas más antiguas del mundo y se la ha calificado como un fósil vivo. Es la planta del planeta que más tarda en florecer”, dice un resumen de la página www.yosantiagodechuco.com, una región—al norte del país peruano— donde fueron registradas centenares de puyas.  

Y aunque parezca increíble, la puya es una familiar lejana de las piñas, pues pertenece a la familia de las bromeliáceas.  

La historia recuerda que el naturalista francés Alcides D’Orbigny (1802-1857) fue uno de los primeros en reparar en la puya. En uno de sus viajes por Bolivia y cuando desfallecía —por el mal de la altura— creyó estar alucinando ante un bosque de gigantes plantas, de las cuales escribió pero sin imponerles nombre alguno.

La t’ika tanka

Pero, ¿cuál es el nombre original?, surge la inquietud por saber. T’ika tanka, responde Gómez y explica que significa planta que florece en borbotones.  “Creemos que por justicia deberían cambiarle el nombre, pero no sabemos ante quiénes hay que hacer ese trámite”, acota el comancheño ajeno a la nomenclatura científica.

La t’ika tanka existe en grandes cantidades por Comanche y las provincias Loayza e Inquisivi. En Cochabamba se halla en los municipios de Arani, Mizque y Tiraque, y, obviamente, en suelo peruano, particularmente en el norte de ese país.

Sin ser una atleta olímpica, la planta posee varias marcas personales que la convierten en la reina de los Andes, porque cuando está a punto de florecer puede medir hasta 12 metros, posee 10.000 flores blancas y obsequia a la naturaleza millones de semillas que son esparcidas con la ayuda del viento.

A su hermosura, se debe añadir que tiene un tronco muy fuerte, una raíz muy resistente y cada tallo puede medir hasta casi un metro matizado por hojas filudas que pasan más de un metro de longitud.

“Éstas ya están casi listas para florecer, en unos meses más van a estar más grandes y las copas estarán con flores”, explica Quispe al señalar un ejemplar de unos nueve metros que se yergue entre piedras comanche, mientras se lamenta que algunos niños y jóvenes hayan quemado los troncos de al menos unas cinco puyas en la última noche de San Juan.

Según los especialistas, después de florecer, la puya muere al cabo de tres meses y ése es el momento en el que algunos originarios aprovechan para talarlas y convertirlas en asientos y otros utensilios. Y mientras en Perú se trabaja en el manejo sostenible de la especie, en Comanche se intentó efectuar hace años una reforestación, pero sólo algunas plantas brotaron.

“Esta pequeña se encuentra muy tiernita todavía”, agrega Quispe y enseña un retoño de unos 30 centímetros, mientras un grupo de vizcachas corren por las faldas de la montaña a cuya izquierda se encuentra la cantera de los picapedreros.

En el pasado se creía que las puyas eran malditas, porque las vacas y ovejas quedaban atrapadas entre sus puntiagudas hojas, al punto de que algunos campesinos llegaban incluso a quemarlas. Ahora los escolares están aprendiendo a valorarla. “Estamos presentando a la Asamblea Legislativa un proyecto para que se declarada Patrimonio Nacional”, informa Genaro Herrera, vecino de la zona que refleja el sentir de los habitantes de esta zona.

Algunos vecinos atribuyen a la inestabilidad política del municipio el que no se haya podido armar y promocionar un circuito turístico en el lugar; pese a esa carencia, de vez en cuando algunos turistas arriban al pueblo. “Llegan algún sábado o un feriado y son los niños quienes se ofrecen para ser guías de turismo”, cuenta Gómez. No obstante, el turismo está todavía en pañales en Comanche, pues falta infraestructura y estrategias.

Las puyas fueron declaradas Patrimonio Natural de La Paz por la Gobernación en 2008 y ahora se pretende que ese título sea a nivel nacional y por eso se hacen gestiones ante la Asamblea Legislativa Plurinacional. Mientras se aguarda la decisión, los comancheños o comancheros, como también los llaman, seguirán viviendo de la picapedrería, la base económica de aquella árida región paceña.

Si hasta hace una década, la edad de los picapedreros pasaba de los 40 años, ahora llegan cada vez más jóvenes. “La mayoría, casi un 90%, está entre los 25 y 35 años de edad; los mayores somos pocos, yo por ejemplo tengo 50”, se presenta Vicente Condori, uno de los 120 hombres que se dedican a este oficio en la cantera Comanche, al costado izquierdo del cerro del mismo nombre, donde también destacan las puyas.

Unas 500 personas viven de la extracción de la roca, que luego la esculpen antes de ser vendida a los mercados de La Paz. “Los jóvenes están volviendo a Comanche”, añade Condori. Después del Decreto Supremo del 25 de agosto de 1985, que echó a la calle a miles de mineros, al menos un centenar de picapedreros también fueron despedidos en Comanche.

Ahora las cosas han cambiado. La Asociación Comunitaria de Canteros de Comanche representa a los mineros que trabajan a cielo abierto. “Nos autoadministramos”, aclara Condori, para quien el precio del bloque de piedra de comanche que antes se vendía en Bs 1,20, ahora cuesta Bs 4, lo que motivó a que muchos jóvenes estén dedicados a este oficio. Centenares de adoquines de 20 por 20 centímetros son destinados a los embovedados de La Paz y El Alto, los dos grandes mercados demandantes.

Hasta hace unos diez años, los jóvenes migraban a las ciudades, otros emprendían la aventura de viajar a Brasil y Argentina para ser costureros, pero recientemente se observa la tendencia a dedicarse a la picapedrería en Comanche.

El trabajo no es fácil. Hace un par de años fallecieron dos personas en la cantera. “Ayer nomás me salvé de ser sepultado por las bloques de las rocas, por eso todavía me duele la espalda”, expone Francisco Choque, de 62 años, que a diferencia de los mineros del subsuelo, no lleva un casco, guantes y menos lentes de protección ante las astillas que el combo saca a las piedras.

A dos metros de él, Condori apoya a Choque. “Sí, un compañero perdió la vista hace unos años”. Mientras que Félix Santos, que no pasa de los 40 años, indica que es un poco incómodo trabajar con lentes. “Una transpira y después no puede ver nada. Nosotros ya estamos acostumbrados a trabajar así nomás”.  

Una roca protectora

Y si en las minas del subsuelo los mineros le rinden tributo al Tío, los picapedreros tienen una roca a la que todos los días le piden su protección, mientras pijchan coca, fuman cigarros y beben sorbos de alcohol. “Ésta es nuestra piedra, a la que le ofrecemos dos wilanchas (sacrificios con llamas) en carnavales; ella nos protege”, relata Condori ante una roca gris de unos tres metros de perímetro, sin ninguna forma definida, y que se halla detrás de la herrería y a unos 100 metros de la cantera. En las fiestas de Carnavales, los mineros adornados de serpentinas, llegan a la una de la mañana al sector y por secciones le rinden tributo a la inerte roca.

Tratando de escarbar en la historia y queriendo saber si los comancheños son picapedreros desde tiempos antiguos, Condori revela que sus padres le contaron que fueron ciudadanos chilenos quienes enseñaron la técnica para explotar el material que abunda en la zona.

En 1904, cuando se firmó el Tratado de Paz y Amistad entre Bolivia y Chile para sellar la Guerra del Pacífico (1879-1883), los trasandinos se comprometieron a construir la vía ferroviaria entre Arica y La Paz. “Ellos les enseñaron a nuestros padres y abuelos la técnica, algo que pasó antes de la Revolución de 1952, cuando abrieron esta vía y algunos de los técnicos compartieron sus conocimientos; luego los viacheños nos ayudaron y finalmente los comancheños nos hicimos picapedreros”, resume Condori los antecedentes de la actividad que es tan esencial para el pueblo y la provincia.

Años después llegaron los empresarios bolivianos que emplearon a los pobladores para extraer la roca. Un testigo mudo de aquellas épocas es una casa de fino estilo europeo. “En 1906, el minero Jorge Machicado Silva y su esposa Rosa Viscarra adquirieron la hacienda Comanche y sus tierras. Con el modelo de una revista europea en las manos, Rosa diseñó una hermosa hacienda, que en su fachada tenía un estilo arquitectónico barroco- italiano de principios de siglo”, indica un blog de los residentes del pueblo en La Paz.

Unos 50 metros más abajo de la cantera, Adalberto Pari golpea con un gran martillo un pequeño punzón de metal que tiene el color al rojo vivo. Es la herrería, un cuarto oscuro que sólo se ilumina por la fragua. “Aquí cada uno arregla sus puntas, sus pinchotas, sus pitas y cancheras”, enumera Pari cada uno de los puntiagudos cinceles con los que se arremete contra las rocas.

Ingresar a la herrería es como trasladarse a la Edad Media. Al centro se encuentra la fragua que es alimentada con carbón para forjar el metal; a la izquierda se ubica un yunque en el que Pari golpea el metal que atenaza con unas grandes pinzas, y a un costado hay arena y mucha agua.

La picapedrería mueve la economía de Comanche, pero ninguna de sus calles tiene adoquines y la mayoría de ellas son de tierra. “Les han dicho a los picapedreros que ayuden para empedrar, pero parece que no han querido”, se lamenta un vecino que prefiere no dar su nombre, porque en el pueblo de Comanche todos se conocen.

Cuando a Condori se le pregunta qué harán el día en que se acabe la roca, responde que eso no pasará. “Hay muchas piedras y de gran tamaño varias de ellas en el subsuelo”. Claro que para acceder a esos yacimientos, “necesitaremos por lo menos una retroexcavadora”, añade el minero, mientras resulta inevitable para el que observa notar que el cerro va perdiendo su forma y se va hundiendo de tanto ser explotado.

Otras personas, como Gonzalo Quispe, que un día fue picapedrero, creen que el Estado debe apoyar con riego a los agricultores como él, que sufren por la escasez de agua, pues de esa forma se podría impulsar esta otra actividad.

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