Escape

khamai, comida en familia

Es ideal para ir con niños: hay menú infantil, de raciones más pequeñas, y zona de juegos con niñeras.

La Razón / Gemma Candela

00:00 / 06 de enero de 2013

Dónde hay un lugar en el que comer en familia, en el cual los niños tengan su espacio para jugar mientras los papás disfrutan tranquilamente de la sobremesa? ¿Donde, además, el paladar sea tentado por variedad de sabores y se den la mano nuevas tecnologías y medio ambiente? Un espacio así existe en La Paz.

Hace un mes que Khamai encendió los fogones en el MegaCenter, en la zona Sur, para ofrecer platos de la cocina italoamericana, y con un objetivo claro: ofertar un restaurante en el que compartir en familia.

Seis son los socios de este negocio que ha estado gestándose durante siete meses y que ha necesitado otros tres para convertirse en realidad. Algunos de los accionistas son padres que, los fines de semana, se encontraban con el problema de no saber dónde ir con sus hijos. Por ello se ha creado este espacio donde hay mesas cuadradas para grandes grupos y otras, para reuniones más pequeñas, circulares, rodeadas por sillones con la misma forma. En total, caben 220 personas para las que trabajan 50 empleados, entre personal de cocina, meseros, limpieza y niñeras.

La idea de los socios fue, primero, recrear una jungla, pero pensaron que llenar el espacio de plantas podría resultar un tanto claustrofóbico. En Khamai, La Tierra del Sabor, se evoca una “civilización atemporal”, en palabras de uno de los socios, Andrés Bedregal, que vive en concordancia con la naturaleza pero sin dejar las comodidades que proporciona la tecnología. Las paredes tienen una decoración que simula colinas (uno de los diseñadores, Carlos Torres, fue hasta un cerro de la ciudad para poder reproducir en moldes su forma), las lámparas están hechas de cuerda y el verde de las plantas sintéticas brota por uno y otro lado del local. El 70% de la construcción, cuyo diseño estuvo a cargo de las arquitectas Denisse Barrón y Grace Pinto, junto a Torres, es orgánico.

La tecnología está presente. Hay televisores planos distribuidos por los tres espacios del restaurante (Kaverno —Cueva—, Krokodilo —Cocodrilo— y Sparko —Diversión—) y, en breve, se va a poner a disposición de los clientes tablets para navegar por internet; también servirán para poder observar a los hijos a través de ellas, mientras juegan en el parque, en Sparko. Los nombres de los tres ambientes están en esperanto, la lengua creada para la comunicación global, pero que nunca se llegó a implantar.

Aventurema bonvenon (Bienvenido, aventurero), se lee al comienzo de la carta.  “La idea es que tú juegues a encontrar el sabor”, explica Bedregal. En la carta alternan los nombres de comida en inglés, italiano, castellano y esperanto. Bruschettas (tostadas) acompañadas de quesos, champiñones o vegetales, ensaladas y flatbreads (una especie de pizza de fina masa servida sobre plato de laja) componen las entradas, junto con el tradicional antipasto italiano.

Tras los entrantes vienen las sopas, las hamburguesas y los sándwiches. Después es el turno de las pastas: se puede elegir entre fetuccini, rigatones, spaguetti o fusilli, y la salsa con la que comerlas. Las hay carnívoras, vegetarianas y marinas. Además, se puede aumentar porción extra de carne, de marisco o de pescado (algunas de esas salsas también se ponen, a pedido de los clientes, en las hamburguesas).

En ensaladas, hamburguesas y pastas, existe la opción Khamai, que es la especialidad de la casa.

Las carnes y pescados llevan dos guarniciones a elegir. Uno de los platos estrella es el steak gorgonzola —bife de chorizo cruceño con salsa de queso azul— acompañado de papas salteadas y verduras cocidas (foto en la otra página).

Tras el festín, hay que dejar espacio para elegir uno de los seis postres del menú, con nombres tan sugestivos como “fiesta de chocolate” o “seda blanca”.

Para beber, hay toda una variedad de jugos, gaseosas y bebidas alcohólicas (salvo en el bar del Sparko, donde no se sirven tragos). La especialidad es el té helado.

Los niños tienen un menú especial, con raciones más pequeñas, y baratas, y con divertidos cupcakes de postre.

Cuando los pequeños se cansan de estar en la mesa, pueden ir a colorear las siluetas de especies bolivianas en peligro de extinción o a jugar, al Sparko, vigilados por la atenta mirada de las niñeras (una, además, ha sido enfermera durante 20 años).

Todos los días, salvo los lunes a la hora del almuerzo, este local, con su entrada en forma de cueva y su felino a tamaño natural que respira y ruge, espera a los comensales que quieran, en familia, viajar por la tierra de los sabores.

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