Escape

Factoría de sueños

Las carencias de José Núñez lo animaron a construir un juguete para su pequeño y de esta manera abrir su empresa.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández

00:00 / 10 de abril de 2016

Wilson es el encargado del “control de calidad” de la factoría. Pero no es de los que se fijan que el vehículo tenga una antena larga o un control remoto, sino que lo que más le llama la atención son los cables con los que puede remolcar a otros motorizados, sus partes movibles y la resistencia del material. Es por esa razón que dedica una tarde entera a mover la retroexcavadora, luego la aplanadora, el tractor agrícola y la grúa. A sus tres años, este niño está complacido por el oficio que le toca desempeñar en el taller de juguetes de acero Kuper, una fábrica que produce autos a escala, desarmables y de acero, que empezó por unos sueños de infancia y por la necesidad de dar un regalo de Navidad.

Metros atrás del “campo de pruebas”, José Núñez, gerente general de Kuper, observa con alegría y también con nostalgia el “control de

calidad” que lleva a cabo Wilson, pues le recuerda su niñez, cuando diseñaba sus propios juguetes. “La imaginación de los niños no tiene límites, es gratuita, ellos no necesitan electricidad ni baterías. Se entretienen con todo lo que encuentran a su paso, ya sean unas piedras e incluso el papel que sirve para envolver el regalo”, reflexiona el hombre.

El campamento La Salvadora —ubicado en la mina Siglo XX, al oeste de Llallagua, en el departamento de Potosí— fue el lugar donde Simón I. Patiño comenzó a forjar su riqueza mediante la extracción de estaño. Fue también la zona donde, tiempo después, el pequeño José pasó los primeros años de su vida rodeado de grandes máquinas que explotaban el mineral. “Habían unas grúas gigantes, pero la locomotora era lo que más me llamaba la atención porque era grande, como un dragón que botaba fuego por abajo”.

Eran tiempos en que los trabajadores mineros —como el padre de José— eran “bien atendidos”. Por eso, cuando llegaba la Navidad, los niños recibían juguetes traídos desde Estados Unidos. Y como la curiosidad de los chicos está ligada a las travesuras, el pequeño José quería saber el funcionamiento de su arma espacial o su buque a cuerda, así es que los desarmaba pieza por pieza, aunque hubo ocasiones en que después no sabía cómo volver a componerlos. Ésa fue una de las razones para que utilizara latas de leche y de sardina con el fin de crear sus propias locomotoras. “Jugar con eso en La Salvadora era muy lindo, todos intervenían, yo hacía mis trenes, otros fabricaban sus volquetas”. Cuando se graduó del colegio, José decidió cursar la carrera de Derecho en la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) de La Paz. Pero el destino le tenía previsto algo distinto pues cambió el terno y el maletín por el overol y la cachucha, para estudiar metalmecánica industrial en la ciudad de Cochabamba, carrera que no logró concluir porque ya tenía esposa y un niño a quienes debía dar sustento.

Con la mente puesta en un mejor porvenir, retornó a la sede de gobierno con el objetivo de trabajar en el armado de estructuras metálicas, pero pronto se dio cuenta de que iba a perder en la lucha con la competencia. Pese a tener los implementos necesarios y un pequeño taller no conseguía trabajo ni dinero. La crisis lo golpeaba duro y las carencias le impedían también comprar un regalo de Navidad a su hijo Mauricio. Corría 1987, José se encontraba solo en su factoría con un cúmulo de fierro picado, así que apeló a su imaginación de niño: tomó un pedazo de papel, armó los planos de un jeep y con una pistola de soldar fabricó el regalo que no sería de la autoría de Papá Noel, sino de un padre que lo único que sabía era armar sus ideas.

Como el experimento le había salido más que bien, construyó otros ocho coches, los puso en un maletín grande y se fue a recorrer El Alto, en cuya avenida 6 de Marzo encontró en los vendedores de repuestos a sus compradores, así es que “para esa Navidad ya tenía dinero”. Con el ánimo y recomendaciones de sus nuevos clientes y amigos, se formó de manera autodidacta en ingeniería mecánica y transformó su taller de metalmecánica en una minifactoría de vehículos a escala, donde actualmente se fabrica casi todo “con excepción de tornillos, tuercas y pernos”.

Los juguetes de Kuper son de acero, por lo tanto, son muy resistentes. Aunque esta vez José no utiliza pedazos de metal, sino que después de atender en su puesto de venta en la Feria 16 de Julio, camina por los rieles y sus alrededores en busca de repuestos en desuso. Resortes, caños, rodamientos helicoidales, fierros. Todo lo que ve se transforma en un proyecto para armar su próximo juguete. Es por esa razón que en un rincón del taller ubicado en la urbanización Bello Horizonte acumula cachivaches que, está seguro, le serán muy útiles en algún momento.

El trabajo en Kuper se inicia con los planos del vehículo que quieren replicar, después se arman los moldes que sirven para formar las partes del vehículo a escala.

En esta parte del proceso de producción, Marina Rosa Franco es una protagonista importante, pues junto a otros dos compañeros se encarga de fundir el metal y moldear las máscaras, los aros y otros implementos. Ella es una de las pocas egresadas como técnica superior en metalurgia, fundición ysiderurgia del Instituto Tecnológico Industrial Brasil-Bolivia. “Todos decían que dedicarse a la metalurgia es varonil, pero hoy en día veo que todos podemos hacerlo, así es que es un arte muy bueno y bello”, comenta mientras prepara el molde para fabricar la parrilla de un camión y de un jeep.

Con el mismo ánimo, Cristian Tito aprovecha los últimos días de prácticas en la empresa, donde pone a prueba sus conocimientos en electrónica, electricidad y mecánica. “Me ha ayudado mucho, porque no es lo mismo la parte teórica que la práctica. Al principio uno patalea mucho, pero de a poco se aprende más”.

El trabajo final es una obra de ingeniería. Así como José desarmaba sus juguetes, ahora otorga a los niños la posibilidad de hacer lo mismo con los Kuper. Los jeeps, por ejemplo, se pueden desmontar en 14 partes, mientras que el camión Caterpillar, de aproximadamente 30 kilos, se desarticula en 186 piezas. Ocurre lo mismo con los otros 20 modelos de la marca.

De seguro, Wilson —como los amigos que lo acompañan— se quedaría por siempre en el patio a someter los juguetes a su estricto “control de calidad”, así como José continúa satisfecho por corroborar que todos nacen para jugar.

Por la Virgen Morena

Cuando se ingresa a la casa donde funciona el taller Kuper, lo primero que hace José Núñez es acercarse a la imagen de la Virgen de Copacabana que descansa hacia un costado del garaje y se persigna. Según la tradición paceña, cuando alguien adquiere un vehículo, una de las tareas pendientes es hacerlo bendecir en la iglesia de Copacabana. En los años 80, el actual gerente de la microempresa de juguetes compró una camioneta, así es que “como todo buen católico” llevó su nueva adquisición al pueblo lacustre. La costumbre también manda que el auto tenga un nombre, así que José preguntó a su hijo Mauricio cómo lo iban a llamar; entonces surgieron varias denominaciones, la mayoría relacionada con el lugar donde estaban, como Copacabaningo. Pero al final se decidieron por algo sencillo: Cuper, y una vez creada la fábrica, y por la similitud de los juguetes nacionales con la marca Tonka, José cambió la C por la K para tener el nombre definitivo: Kuper.

Apoyo del Estado

“Uno de los principales problemas para el lento avance de nuestro proyecto es la falta de políticas de Estado que apoyen a los microempresarios”, explica José Núñez, razón por la que su microempresa está impedida de ampliar sus actividades.

El gerente de Kuper cuenta que en sus mejores tiempos empleó a ocho personas, pero el impedimento para seguir creciendo es la falta de apoyo para la compra de equipo de última generación, que ayudaría a agilizar el proceso de producción. El presidente de la Confederación Nacional de la Micro y Pequeña Empresa (Conamype), Humberto Baldiviezo, señala que, desde 2006, unas 45.000 micro y pequeñas empresas cerraron sus puertas. “Lo único que pedimos es que el Estado piense que los hidrocarburos y los minerales se van a acabar algún día, así que es mejor que piense en nosotros”. Por lo pronto, José decidió continuar con su apuesta por la industria nacional, así es que el taller también capacita a jóvenes trabajadores. “Cuando uno está seguro de lo que tiene, del producto que ofrece y sabe que puede salir adelante, le seguimos dando”, asegura el microempresario que con orgullo muestra su sello de Hecho en Bolivia, para exportar sus productos a Suiza y Alemania, principalmente.

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