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El legado del Niño Jesús

Seis generaciones de una familia que se dedica a restaurar imágenes sacras, en especial las del Niño.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández Ríos

07:39 / 13 de diciembre de 2019

El taller se encuentra entre los dormitorios y la sala, llena de radios antiguas, santos, vírgenes y miniaturas de Alasita. Está como aislado, como si nada de lo que ocurriera afuera interesara. En el tercer piso de una vivienda en la calle Heroínas 16 de Julio (Villa Pabón), Óscar Mansilla está concentrado en aquella habitación llena de pinturas, pinceles y, sobre todo, de pequeñas esculturas del Niño Jesús.

El pesebre como lo conocemos surgió en 1223, bajo el influjo de San Francisco de Asís, fundador de la Orden Franciscana. “Tres años antes de su muerte, él (Francisco) quiso celebrar en Greccio (Italia) el recuerdo del nacimiento del Niño Jesús, y deseó hacerlo con toda posible solemnidad, a fin de aumentar mayormente la devoción de los fieles”, cuenta el teólogo italiano San Buenaventura (Juan de Fidanza 1217-1274).

El primer pesebre fue armado 15 días antes de Navidad, para lo cual escogieron una gruta en medio de un bosque, que llenaron de heno para que vecinos personificaran a José, María y Jesús, rodeados por un asno, un buey y otros animales, tal como indica la Biblia. “Y dio a luz a su primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre”, indica el santo Evangelio según San Lucas, capítulo 2, versículo 7.

A partir de ese momento, el mundo católico convirtió esa representación en una tradición que sigue vigente y que tiene al Niño Jesús como protagonista.

Por este tiempo, los talleres de restauración de arte se llenan con estas esculturas, que en la mayoría de las veces carecen de dedos, aunque otras están prácticamente desechas. “Los accidentes suelen suceder en Año Nuevo y en el Día de los Reyes Magos”. Como si fueran cicatrices, Edwin Sánchez lleva un pantalón con incontables manchas de pintura, producto de años de trabajo en reparación de imágenes sacras. Hermano mayor de Óscar, cuenta con orgullo que son la quinta generación que se dedica al arte. Todo empezó con su tatarabuelo Aniceto Jaliri, quien aprendió a restaurar y hacer miniaturas con los hermanos franciscanos de Potosí.

El talento fue heredado por su hija Basilia Jaliri, luego por su nieto Abelino Mansilla Jaliri y después por su bisnieta Hilda Mansilla. Estos dos últimos se dedicaron a hacer miniaturas para la Alasita y restauraciones de santos, vírgenes y, también, del Niño Jesús.

Los sucesores fueron Edwin y Óscar, quienes desde muy pequeños incursionaron en el arte, cuando aprendieron a convertir pedazos de yute en cabello y pestañas.

“Para hacer el enrulado teníamos que usar clavo caliente”, recuerda Edwin. “Se usaba anilina para cambiar el color; para los pelos empleábamos yute, pese a que se deshacía rápido, y en otros casos trabajábamos con cabello natural”, rememora Óscar.

El taller parece desordenado. No para el artista, ya que conoce dónde están los trabajos que le faltan terminar, cuáles acaban de llegar o los que están terminados y guardados en cajas de zapatos. Si bien el ambiente huele a gasolina, Óscar asegura que está acostumbrado y que mitiga las posibles molestias con un pijchu. En su mesa hay nueve estatuillas de Jesús, parecidas, aunque de distinto material. A su lado izquierdo está todo lo que necesita: pinceles de distinto grosor, lijas, tijeras, estiletes, pinturas, pegamentos y todo lo que permita volver a la vida a las estatuillas del hijo de María.

“Más allá de que alguna gente piense que se trata solo de un bebé hecho de yeso o madera, lo importante son los valores y el cariño que generan en sus dueños”, comenta el restaurador, que por un momento deja de lijar el cuerpo de un Niño que resultó quemado.

Con más de 40 años dedicados al arte —comenzaron como taller Virgen de Copacabana y luego cambiaron a Cuestión de Fe—, los hermanos conocen muchas historias en torno a las estatuillas. “Por favor, tenga cuidado. Mi Niño es travieso, porque de repente aparece roto”, advertía una cliente. Lo que ocurre —explica Edwin— es que algunas familias tienen varias efigies que, al llevarlas a la Misa de Gallo y de Reyes, suelen estropearse. En algunos casos regresan despeinadas, “porque tal vez pelearon entre ellas”. “Hay secretos que no te enseñan en la Academia Nacional de Bellas Artes, sino que se aprenden con la experiencia que dan los años de trabajo”, reflexiona el artista paceño. En este tiempo ha llegado un sinnúmero de Niños Manuelitos. El más antiguo era uno hecho de madera de maguey y harina de arroz, de finales del siglo XV. “Mirá cómo era la habilidad de los artistas, porque para vestirlos podías sacar sus brazos”, explica Óscar.

“Cuando los Niños llegan a los hogares, ya sea como regalo o como herencia, se convierten en parte de una familia. Por eso es que, cuando me dejan estos trabajos, siento que también me están visitando los familiares”, confiesa Óscar.

En este linaje de artistas hay una sexta generación. Se trata de Daniela Mansilla, quien con 11 años está aprendiendo el arte de crear cabello y pestañas  —al igual como empezaron su padre y su tío—  y también a hacer trabajos más elaborados. “Los dedos de las estatuillas son como granos de arroz, muy chiquitos, entonces nos cuesta modelar la uñita y todos los detalles”, explica frente a un bastidor que le ayuda a elaborar el cabello.

Edwin asegura que la restauración de Niños es todo el año, en especial entre enero y marzo, y noviembre y parte de diciembre. Algunas veces les han llegado efigies totalmente dañadas. En otros casos, los dueños de las estatuillas llegan llorando cerca de Nochebuena para pedir ayuda. “Les decimos que es poco tiempo para hacer un buen trabajo —cuenta Óscar— y por eso nos negamos a hacer el pedido. Pero ellos nos recuerdan que nuestra tienda es Cuestión de Fe, y por eso recibimos a los Niños”.

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