Escape

La linterna de un superviviente

‘Un oficial de apellido extranjero, un hombre gigante que lloraba, me la entregó como recuerdo’.

Marco Alberto Montellano, 29 años, comunicador y consultor. Foto: Álex Ayala Ugarte.

Marco Alberto Montellano, 29 años, comunicador y consultor. Foto: Álex Ayala Ugarte.

La Razón (Edición Impresa) / Álex Ayala Ugarte

00:00 / 04 de mayo de 2014

La linterna cilíndrica de Minor Vidal, negra, como un elegante Cadillac, luce boca abajo en el escritorio de Marco Alberto Montellano, frente a dos libros con los bordes desgastados: El concepto de ficción, de Juan José Saer, y Confesiones de un lector, de Onetti. Está ahí como un trofeo, con el cristal agrietado y algunos rasponazos.

El martes 6 de septiembre de 2011, un día de sol, Minor Vidal, 1,70 de estatura, vendedor de medicamentos, se convirtió en un superviviente. Aquella jornada, el avión en el que viajaba, un Fairchild de la empresa Aerocon, desapareció del mapa minutos antes de la hora prevista para el aterrizaje. Había despegado de la ciudad de Santa Cruz con siete pasajeros y dos tripulantes y se estrelló a las 18.55. Minor, el único que no se desangró —fue un milagro que el aparato no se desintegrara—, deambuló después como un náufrago en una isla desierta por las selvas del Oriente boliviano 60 horas malditas.

Cuando lo rescataron, tenía en una de sus manos una botellita plástica donde había almacenado su propio orín para calmar la sed mientras trataba de encontrar un poco de agua. En la otra, dicen, llevaba una linterna: una Maglite estadounidense hecha en California —según los fabricantes, la más segura del mundo— que recuperó entre el fuselaje de la nave antes de partir desorientado, en busca de ayuda, a través de una vegetación espesa, que parecía el escenario perfecto para hallar una civilización perdida.   

Por aquel entonces, Marco Alberto era asesor civil del Ministerio de Defensa y rastreaba el lugar en helicóptero junto a varios militares que conocían bien la zona. “Minor contaría después que él nos escuchó durante el rastrillaje aéreo. Pero nosotros nunca llegamos a verlo —rememora Montellano ahora, frente a una mesa con una taza azul cobalto de café y una computadora abierta—. La que lo avistó fue una patrulla de la Naval que también formaba parte del operativo de emergencia. En cuanto nos avisaron, hicimos mandar una ambulancia y fuimos a darles encuentro. Y una vez allá, un oficial de apellido extranjero, un hombre gigante que lloraba por la emoción de aquel momento, me dio la linterna para que me la guardara como recuerdo”.

Antorcha eléctrica

Maglite produce miles de linternas cada año para cazadores, aventureros, policías y marineros; y también, para experimentados pilotos aeronáuticos que rara vez recurren a ellas. La que utilizó Vidal, con número de serie D2030534485, capaz de emitir un resplandor reconocible a decenas de metros, tiene la matrícula del Fairchild que se disolvió como un terrón de azúcar grabada en la parte superior; y pesa al menos medio kilo. “A Minor seguramente le sirvió para tranquilizarse cuando se vio solo en medio de la nada —supone Montellano—. Y como se trata de un objeto contundente imagino que pudo serle útil para partir alguna cosa. Pero no lo sé, no alcancé a charlar con él de eso”.   

Encender una linterna es un acto casi reflejo que nos rescata en los apagones, que señala al enemigo en un campo de batalla y que nos abre camino cuando estamos de acampada y nos entran ganas de ir al baño en mitad del monte. A Minor Vidal un chorro de luz le salvó la vida: las crónicas que narran su odisea cuentan que un destello preciso —y oportuno— hizo huir a un felino salvaje una de las noches que pasó herido a cielo abierto. A finales del siglo XIX, el ruso Conrad Hubert sorprendió a todos iluminando Nueva York con su última invención: la antorcha eléctrica, que se alimentaba con pilas secas. La versión moderna de aquella creación le servía a Minor para conciliar el sueño.

La memoria de alguien que probablemente no quiere recordar ni mirar atrás —es decir, de un sobreviviente— son sus pertenencias. Cuando dieron con él, Minor, que tenía el pantalón hecho jirones y varias costillas fracturadas, se arrodilló, agradeció a Dios y se deshizo de ellas. “Lo que más me impactó a mí fue el olor a muerto que desprendía —cuenta Marco Alberto—. Su cabeza estaba abierta y daba la sensación de que se le caería la cara en cualquier momento. Se le había podrido: tenía hasta gusanos dentro. Luego, lo acompañé hasta el hospital y no solté la linterna ni un instante porque no había dónde meterla”. Dos días después partió hacia La Paz con ella. Y aquel regreso también fue de telenovela, un déjà vu: casi se accidenta su avioneta de la Fuerza Aérea.

Lo primero que hizo Montellano tras llegar a casa fue sacar la ropa sucia, agarrar la linterna y mirarla con detenimiento. Luego, apretó su interruptor y entró en éxtasis al comprobar que aún funcionaba. “Jamás me olvidaré. Para mí eso fue el final perfecto”.  

Hoy, la Maglite coge polvo en su librero y ya no prende. Marco Alberto dice que le gustaría devolvérsela a Vidal, pero no está seguro de que vaya a hacerlo. Al fin y al cabo, una linterna inservible es como una oda a la oscuridad: una invitación a perderse.

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