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El maestro bordador

El profesor Jorge Quisbert transformó su pasión de la niñez en un oficio artístico.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández Ríos

00:00 / 22 de mayo de 2019

Eran tiempos en que Achacachi no tenía energía eléctrica, cuando los empleados de Alfredo Quisbert bordaban los trajes de moreno con la ayuda de unas velas o unos mecheros. Ahí, a sus siete años, escondido entre las telas de tocuyo, Jorge —el hijo de Alfredo— sentía una atracción inexplicable por los hilos plateados, las agujas gruesas y los dedales. Ahora —seis décadas después— es uno de los bordadores más reconocidos del país, a pesar de que su padre se oponía a ello.

Hace mucho que abandonó su pueblo y pasó mucho más tiempo desde que dejó de utilizar mechero. En la actualidad, en su casa de Mallasa, tiene un mejor lugar para trabajar, aunque sin olvidar el estilo que heredó de sus antepasados, para crear estos atuendos que son obras de arte.

“No, ¡cómo vas a ser bordador! ¿No ves cómo sufro? No quiero que pases por lo mismo. Tienes que estudiar”, es la voz de su padre, lo primero que Jorge rememora sobre sus inicios como bordador. Sentado en una silla, su mano derecha está debajo del bastidor, mientras la izquierda jala el hilo dorado para formar líneas incontables que de a poco se transformarán en estrellas relucientes de puños para achachis morenos de la fiesta del Gran Poder.

En contra de los deseos de su progenitor, de niño aprovechaba las noches para ingresar en el taller, con la esperanza de algún día convertirse en maestro bordador como su padre, su abuelo o su bisabuelo.

Eran los años 1960, cuando en Achacachi —capital de la provincia Omasuyos— había una fuerte competencia entre los bordadores para saber quién creaba el traje más vistoso de morenada, que para los bailarines significaba una manera de lucirse frente a la sociedad.

La morenada es una de las danzas folklóricas más populares en Bolivia, aunque se desconoce su origen. Mientras algunos lo sitúan en Oruro, otros hablan de Guaqui y Taraco. Lo cierto es que esta manifestación surgió como burla a los bailes de salón de las élites españolas, explican Eveline Sigl y David Mendoza en su libro Danzas de Bolivia. “La imitación de danzas de carácter social, bailadas en los altos salones virreinales, da lugar a que las cofradías de negros, que generalmente se reunían en corralones, satirizaran a sus propios señores, tratando de imitar desplazamientos del ciclo del minuet”, dice Julia Elena Fortún en Festividad del Gran Poder.

Con el tiempo, los mestizos se apropiaron de este baile, para lo cual se ponían trajes cada vez más lujosos, como un medio para demarcar su estatus social y dar realce al estrato social de los bailarines. “El que tenía el mejor traje era la persona más alabada en la comunidad”, cuenta Quisbert. Por eso la gente no dudaba en vender un toro para pagar el alquiler de una de estas confecciones de hilos plateados.

Como Alfredo estaba empeñado en que su hijo no continuara con el oficio, a sus 14 años lo mandó a La Paz para que siguiera sus estudios secundarios.

Espere…

Después, Jorge fue admitido en el Colegio Militar, pero sufrió discriminación por su origen, así es que, pese a que su papá se sentía orgulloso, abandonó la carrera. Después ingresó en la Academia de Policías, donde sufrió el mismo problema, por lo que renunció al poco tiempo. “Mi papá ya no me quería ver para nada. Me botó de la casa”.

Si bien no le perdonó, su progenitor le enseñó el arte de bordado, aunque Jorge se inscribió a la Normal, donde conoció a su esposa, Silveria Ribera, con quien trabajó en varios colegios. La vida de ambos cambió de manera drástica cuando descubrieron que a través del bordado podían ganar más dinero. “El flete de una capa de rey moreno era el sueldo que cobraba en un mes; de esa manera he dejado el magisterio para dedicarme a trabajar en el bordado”. Así es como el año 1982 crearon su taller de bordados El Detalle.

“No te voy a decir cuánto cuesta un traje, pero es caro porque se trata de un trabajo artístico”. Para hacer un traje, el bordador tarda 30 días, con jornadas de 17 a 18 horas continuas. Es por esa razón que en este tiempo ha contratado al menos a 2.000 ayudantes para entregar sus contratos.

Tijeras, bolígrafos, dedales, desarmadores, bastidores, saquillos, cartón, engrudo... estos materiales son sus armas para competir con los más de 200 bordadores que hay en la sede de gobierno, aunque se ufana de que es el único que mantiene la tradición del bordado antiguo, con incontables hilos que forman hojas, escamas de pescado, flores, estrellas o figuras tiwanacotas. Por esa razón ha sido invitado a coescribir con Varinia Oros el libro Bordados: Las qillqas del cuerpo y del alma, además de viajar a varios países del mundo para exponer sus conocimientos y defender que Achacachi es la capital cultural del bordado artístico de la morenada.

“Quiero que la gente vea cómo vestían nuestros abuelos, quiero que vean cómo se baila”. Como parte de su legado, Jorge está exponiendo todos los sábados por la mañana (hasta el 25 de mayo) seis trajes de moreno en la Casa Grande del Pueblo, que muestran las diferencias entre las técnicas antiguas y actuales.

“Sigo con la misma emoción de los siete años. Ahora estoy más inquieto, con más ideas. A veces desearía tener 25 años menos para trabajar mejor”. Otra vez con el bastidor, el maestro que se convirtió en bordador regresa a la aguja y el hilo plateado para enseñar cómo se hacen relieves sobre cartón y para demostrar que todavía siente fuerzas para hacer arte.

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