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La era de la manipulación

La anticiencia es practicada por personajes irresponsables que inventan sus propias teorías sin dar paso a la razón.

Perjuicios. Los defensores de la anticiencia suelen basar sus paranoias en dos ideas. Una es que existe una conspiración mundial destinada a negar los perjuicios de la ciencia oficial y los beneficios de la investigación alternativa.

Perjuicios. Los defensores de la anticiencia suelen basar sus paranoias en dos ideas. Una es que existe una conspiración mundial destinada a negar los perjuicios de la ciencia oficial y los beneficios de la investigación alternativa.

La Razón (Edición Impresa) / Patricia Fernández / El País

00:00 / 02 de julio de 2017

El cambio climático es una patraña inventada por los chinos. Las vacunas provocan autismo. El alma se trasplanta. La energía eólica es mala para la salud. Fumar no es malo para la salud. Las terapias alternativas, que incluyen homeopatía o reiki, curan el cáncer.

Estas afirmaciones son absolutamente falsas. No hay una sola prueba científica de que sean ciertas. De hecho, cientos de estudios realizados por miles de investigadores en todo el mundo han llegado a la conclusión de que el cambio climático es real y está provocado por la acción humana, de que las vacunas no provocan autismo, de que el tabaco mata y de que las llamadas “terapias alternativas” no tienen ningún efecto real más allá del placebo.  Sin embargo, ni siquiera toda la fuerza de la Ciencia y la Razón, con mayúsculas, es capaz de frenar el avance de la anticiencia, que se alimenta de la irresponsabilidad de presentadores y famosos, de columnistas de diarios, y hasta del Presidente y el Vicepresidente del país más poderoso del mundo, que probablemente tiene el récord mundial de patadas a la ciencia (en un ámbito local, ¿no se le viene a la memoria eso de que el “sol se esconderá?”).

La ciencia y la tecnología han logrado cotas de progreso económico y social nunca antes vistos en la historia de la humanidad. Gracias a la ciencia, en los países desarrollados se puede disfrutar de luz, agua corriente, calefacción y aire acondicionado; es posible transportarse hacia el lugar de trabajo y viajar con relativa comodidad a países remotos; se puede confiar en que, si se vacuna a los niños, se los protege de las enfermedades que en otros momentos de la historia, y en otros lugares del mundo, matan a miles de personas; y se puede usar internet y los potentes “smartphones” para ignorar toda esta información y decidir que se vivía muchísimo mejor en la Edad Media. Sin medicamentos, sin vacunas, sin energías alternativas, sin transgénicos, sin antenas de telefonía y wifi, sin información contrastada científicamente. Sin progreso.

Los defensores de la anticiencia suelen basar sus paranoias en dos ideas. Una es que existe una conspiración mundial —en la que están implicados periodistas científicos, divulgadores, investigadores, organismos como la OMS, y compañías energéticas, farmacéuticas y de telecomunicaciones— destinada a negar los perjuicios de la ciencia oficial y los beneficios de la investigación alternativa. Solo por nombrar un simple ejemplo, la homeopatía ha tenido dos siglos para demostrar científicamente que funciona y aún no lo ha logrado. La otra idea es que la ciencia falla. Y por supuesto que es así.

El método científico implica construir una hipótesis, testarla, analizar los resultados y llegar a una conclusión, que posteriormente será revisada por investigadores del mismo campo, para finalmente publicar los resultados en una revista científica. El estudio que vinculaba las vacunas y el autismo había pasado todos esos filtros y resultó ser un fiasco. El médico implicado falseó los resultados, pero se descubrió poco después, cuando investigadores independientes intentaron reproducir sin éxito sus hallazgos. El método científico falló, sí, eso es cierto, pero también fue ese método el que permitió que se conociera lo que realmente ocurrió con la investigación. No es perfecta, pero es lo mejor que se tiene. ­­l

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