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El mar boliviano

Ch’enko total - El papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

Manuel Monroy Chazarreta

Manuel Monroy Chazarreta

La Razón (Edición Impresa)

15:00 / 28 de marzo de 2018

Mi primer recuerdo del mar lo tengo a los dos años, es una imagen que parece de otra vida, estoy en brazos de mi madre, siento las gaviotas, los pelícanos y ese olor a océano absoluto. Era en la costa chilena, mi padre se desempeñaba como Embajador de Bolivia en Chile (1960-1962). Mi madre recordaba con afecto esos años en Santiago, sin embargo se le nublaba la mirada cuando conmemoraba cómo salimos de allí. Mi padre rompió relaciones bilaterales en 1962 por la desviación del río Lauca; René Zavaleta era el consejero de nuestra embajada que redactó la carta de rompimiento, hordas chilenas trataron de incendiar la embajada, salimos de Santiago entre humos y sirenas.

Tras 45 años, la vida me llevó a Santiago de Chile, era 2007, la invitación llegó por parte de hermanos chilenos que deseaban que toque mis canciones en diversos actos que apoyaban la causa marítima de Bolivia. Partimos del aeropuerto paceño junto al senador Antonio Peredo y su inteligente esposa María Martha. Fue una semana intensa, toqué en barrios populares como Peñaloren, Lo Prado, en la Universidad de Chile junto al cantautor Pancho Villa, en un coliseo enorme junto a Inti Illimani; los hermanos chilenos que nos llevaron nos hicieron conocer las dos casas de Neruda, también toqué en boliches de la “wiskizquierda” chilena como el Rincón Nerudiano, mi guitarra los dejó con la boca abierta, tomaban seco rapidito los comensales. Una de esas noches actué en el Café Brasil, centro cultural del PC chileno, fue allí que conocí a unos jóvenes que portaban un cuaderno de solidaridad para firmar, integrantes del Movimiento MarTi, que significaba Mar para Bolivia, Tierra para los Mapuches: emocionado firmé el libro. Tengo gratos recuerdos de esa estadía, plasmados en la canción Un boliviano en Chile, registrada en mi último CD de estudio, Helado propicio (2009).

El 1 marzo de 2012 se me designa súbitamente embajador interino de Bolivia en Ecuador (Encargado de Negocios en la jerga diplomática). De empellón debo organizar los actos del mar boliviano, que en realidad consistían en una ofrenda floral del cuerpo diplomático el 23 de marzo en la Plaza de la Alameda de Quito. Desde la memoria, el espíritu de mi padre me instruyó: hay que hacer algo más. Entonces creamos la “Primera jornada de reflexión sobre el mar boliviano”, un evento más bien académico/histórico. El imaginario ecuatoriano era muy prochileno, por sus alianzas militares y cooperación histórica, ahí me tenían peregrinando para conseguir un auditorio, tres universidades nos negaron el espacio arguyendo que no querían problemas con Chile. El entonces rector de Flacso-Ecuador me dijo: “No te puedo dar el auditorio pero tratemos de ver uno”, me presentó telefónicamente al director del CIESPAL (Centro Internacional de Estudios Superiores de Comunicación para América Latina), quien amablemente nos cedió un hermoso auditorio multilateral para 280 personas. Hicimos la ofrenda floral a las 11.00 y en la noche del 23 de marzo de 2012 inauguramos esta primera jornada de reflexión entonando, emocionados, nuestro himno al mar. Recuerdo el apoyo del Dr. Jaime Villarroel, magistrado del Tribunal Supremo de Justicia de la Comunidad Andina de Naciones, quien hizo una ferviente ponencia patriótica; al intelectual tarijeño Fernando Torres Gorena, asistente de Coordinación de Investigación de la Flacso–Ecuador, con una ponencia sobre el Tratado de 1904; la ponencia “Ecuador y el mar boliviano”, del Comité de Solidaridad con Bolivia en Ecuador, representado por la antropóloga indígena Estelina Quinatoac. Unas 150 personas asistieron al acto, entre académicos, integrantes del Comité de Solidaridad, hermanos del movimiento indígena ecuatoriano, algunos residentes. El asunto es que entre 2012-2016 realizamos todos los 23 de marzo esta jornada de reflexión y crecía en calidad y cantidad. El aporte en las últimas dos del Dr. Rubén Saavedra, nuestro representante ante la Unasur, fue fundamental. En la jornada de reflexión de  2016 participó como expositor un relevante académico de la historia de Ecuador, el Dr. Juan Paz y Miño, su presencia sacó sarna a los vecinos.

Mi militancia con el mar boliviano se extiende hasta hoy. En la gloriosa jornada del “banderazo” del sábado 10 de marzo de 2018 canté en la Plaza del Casco del Minero de Oruro una cuequita popular que compuse días antes, denominada Cueca del mar boliviano. Hoy supe que el presidente chileno Sebastián Piñera dijo que Antofagasta ha sido, es y será siempre chilena. ¿Ha sido? ¿Desde cuándo? Bolivia nació como república independiente un 6 de agosto de 1825. Fue hija legítima y radiante del libertador Simón Bolívar con la luchadora de América Manuelita Sáenz. Bolivia nace con una costa de 400 km extendida en un territorio de más de 120.000 kilómetros cuadrados. El Mariscal libertario Antonio José de Sucre, segundo presidente de Bolivia, en 1826, determina la creación del departamento de Litoral boliviano, compuesto por cinco provincias: la provincia de Mejillones, capital Antofagasta (mire, puñó); provincia de Cobija, capital La Mar; provincia de Loa, capital Tocopilla; provincia de Caracoles, capital Caracoles; provincia de Atacama, capital San Pedro de Atacama. El departamento contaba en la época con 15.000 habitantes. Bolivia nunca fue observada en esta época por la República de Chile en su estatus territorial, las constituciones políticas del vecino país de los años 1822, 1823 y 1833 reconocen que el límite de Chile al norte está entre los paralelos 22 y 23 en el desierto de Atacama. Más de medio siglo tuvimos mar. Tenía que ser un Presidente indígena boliviano de izquierda el que lidere con dignidad, valentía, constancia y seriedad nuestro reclamo histórico ante la CIJ de La Haya. Por todo esto: “Mar boliviano, ya volverás/ mar de los trabajadores/ mar boliviano, retornarás/eres símbolo de paz”. Hey dicho.

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