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El martillo tiene la última palabra

En 2006, una pintura de Jackson Pollock fue adjudicada en una subasta por 140 millones de dólares .

Ariel Mustafá Rivera, 50 años, es director del grupo de prensa y comunicación Acento. Foto: Álex Ayala

Ariel Mustafá Rivera, 50 años, es director del grupo de prensa y comunicación Acento. Foto: Álex Ayala

La Razón (Edición Impresa) / Álex Ayala

00:00 / 11 de enero de 2015

Una subasta de arte es un juego de tronos, una lucha encarnizada entre coleccionistas expertos y amateurs que están detrás del lienzo perfecto para decorar un pasillo, un escritorio, un living o un dormitorio. Son las ocho de la noche de un miércoles y en el hotel Camino Real de La Paz se han dado cita camisas de tonos chillones y plomos, trajes pastel, vestidos de gala. Las obras cuelgan ya de las paredes. Y algunos las miran con el mismo detenimiento con el que un médico observa una válvula en una operación a corazón abierto, mientras recogen las paletas numeradas con las que harán sus ofertas en unos minutos. Ariel Mustafá, el martillero, viste pantalón oscuro, zapatos a juego y una corbata azul cobalto.

“La presencia es fundamental —me explicaba un día antes en un café concurrido—. Uno solo puede darse el lujo de quitarse el saco cuando el evento es un éxito”. Es decir, tras la segunda o la tercera ronda de güisquis (cuando el subidón de adrenalina es como viento endemoniado y el público, como un gallinero alborotado).

El martillo de Ariel es un gran pedazo de madera capaz de hacer añicos una cabeza con un solo golpe de brazo, un bastón de mando. Un mazo en manos de un juez es la mano de Dios capaz de mandarte a la cárcel; en un remate, el instrumento que te despoja de un inmueble tras la incautación de un banco; y en una subasta, el poder inmediato. “A mí me gusta porque, cuando lo sostengo, siento que tengo la última palabra”, dice Mustafá. En su casa, en cambio, la tienen sus cuatro hijas: tres trillizas y una adolescente de 14 años acostumbradas a lidiar con las extravagancias de su padre (que el pasado agosto colocó un cuadro bajo el cristal de una mesa larga para invitados).

A las ocho y media, se ofrece la primera pieza. “¡A la una, a las dos… y a las tres!”. ¡Pum! “¡Vendida!”. En cuatrocientos dólares, en un suspiro. Aplausos. La apertura, según Ariel, “marca la pauta”. Es el entremés que hace que todos de- seen los platos siguientes.

La manzana de Adán

A mi izquierda está Javier, uno de los proponentes (así llaman a los compradores en la jerga que se maneja en este tipo de acontecimientos).

Tiene cabello de plata, un peinado bastante clásico y alrededor de 50 años. Guarda su paleta con el número 26 debajo de su trasero, y de vez en cuando gira la cabeza en busca del consentimiento de su madre. Cuando adquiere algo, arruga un poco la nariz, como para pedir disculpas, saluda como militar y apunta la cifra final en los bordes de su listado. Y cuando lo pierde, repite la misma operación (como si también se sintiera obligado a dejar registro de sus fracasos).

En la antigua Babilonia, se subastaban mujeres y era ilegal obtener esposa fuera de los circuitos de venta; en el Imperio Romano, tierras y esclavos. Poco después de la Revolución Francesa, se volvieron moneda corriente las subastas de artículos raros en las tabernas; y en el mundo moderno es posible pujar ya por cualquier cosa, desde palomas mensajeras hasta maletas perdidas en los aeropuertos. El periodista Juan José Hoyos recuerda en un reportaje que Pablo Escobar, el narcotraficante más famoso del pasado siglo, mandaba a sus empleados a los remates para hacerse de nuevo con los animales que el Instituto Agropecuario le decomisaba: “elefantes de la India, canguros de Australia, dromedarios del Sahara, hipopótamos del África”. Y dentro de estos circuitos, las obras artísticas suelen ser las más cotizadas: en 2006, por ejemplo, una pintura del estadounidense Jackson Pollock fue adjudicada por 140 millones de dólares.

“Lo que hay que tener en cuenta es que, en lugares como éste, siempre te puedes llevar algo único”, me comentaba Ariel hace unas horas. Pero solo si eres pillo. En una subasta, argumentaba, “no hay mañana. Lo que nosotros hacemos se produce, se traduce y se acaba hoy”. La emoción es el motor que empuja a los asistentes segundo a segundo, la manzana de Adán; y nuestro martillero, el showman que invita a pecar hasta a los más precavidos. La mayoría de las veces, con frases hilarantes que arrancan una carcajada entre la concurrencia: “Tendré que cambiarme de trabajo si vendo este óleo al precio de salida”, anima a los presentes a las nueve y media, mientras tuerce la cara (un hombre tímido en la posición de Mustafá sería un fiasco elevado a la enésima potencia).

Frente al púlpito de Ariel, han desfilado ya camaleones, gatos, bodegones,  paisajes, retratos. En estos momentos, Mustafá se desgañita para intentar despachar una acuarela que muestra un bailarín con un tatuaje del Che Guevara. Y al final de la velada —dos horas más tarde— abandona el salón deshidratado y con el gesto extraviado (en ese lapso, apenas tuvo tiempo para encajarse tres vasitos de agua entre pecho y espalda).

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