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El menaje de la abuela

‘Los objetos que todavía conservo forman parte de la genealogía de las mujeres de mi familia’.

Elena Apilánez Piniella, 46 años, cooperante, nacida en Gijón (España). Foto: Álex Ayala Ugarte

Elena Apilánez Piniella, 46 años, cooperante, nacida en Gijón (España). Foto: Álex Ayala Ugarte

La Razón (Edición Impresa) / Álex Ayala ugarte

00:00 / 11 de mayo de 2014

Cada vez que se marcha de un país, Elena Apilánez viaja con el legado de su abuela a cuestas. Su equipaje es a menudo un revoltijo con aroma añejo incapaz de levantar sospechas en los aeropuertos: un juego de té minimalista, tarros de cerámica para meter especias, copitas de colores para coñac, abrebotellas y demás menaje con el que podría armarse un museo de la cotidianidad en cualquier rincón del planeta. En los últimos 14 años, los objetos que hasta el 88 pertenecieron a María Amelia Castiello, su abuela muerta, recorrieron 8.258 kilómetros entre Gijón (España) y Tegucigalpa (Honduras); 6.079 entre Tegucigalpa y São Paulo capital (Brasil); 2.376 entre São Paulo y La Paz; 3.896 entre La Paz y Santo Domingo (República Dominicana), y 3.896 extra durante el vuelo de regreso a los más de 3.000 metros de altitud de los barrios y avenidas paceños.

“Cuando tengo que acomodarme en un nuevo lugar, lo único que compro son los muebles”, dice ella mientras apura un cigarrillo que termina estrujando en un cenicero sin pensarlo mucho. El mobiliario que ha adquirido Elena desde que cayó en Bolivia consta de mesas, sillas, estantes y libreros entre lo rústico y moderno que luego vende sin remordimientos, que le ayudan a costear el traslado de los utensilios de su abuela cuando se aburre y decide que llegó la hora de partir hacia otro sitio. Estos últimos, en cambio, han sobrevivido al envejecimiento: son como seres fantasmales que se resisten a abandonar el mundo. Y según Elena, son también los que transforman los espacios de los que se adueña “en un hogar donde sentirse a gusto”.

Algunos, sin embargo, los fue regalando por el camino. A Aleida, la persona que le ayuda con la limpieza en su departamento del edificio Da Vinci —una mole estilo Gotham City—, le entregó toallas y mantelería porque consideró que las necesitaba más que ella. Porque lo importante, dice, es que alguien siga utilizándolas. “De eso se trata”.

Ni casa, ni auto, ni hijos

Elena, que luce una melena atípica, onda gogó años 60, y un flequillo corto con forma de horquilla, dice que jamás ha tenido en propiedad nada valioso: “ni auto, ni vivienda, ni hijos”, bromea. Sus posesiones más preciadas son el Mus, un perro esponjoso y obediente que apenas ladra, y los artefactos que heredó de María Amelia. En su mayoría, enseres que pasaron de moda hace ya unas cuantas décadas: una ranita blanca con la boca abierta para botar los huesos de aceituna durante la sobremesa, un florero del año de Matusalén, una aceitera; detalles a veces diminutos que Elena trajo en caravanas de maletas desde España; pequeñas reliquias terrenales por las que un anticuario apenas pagaría unos pesitos, pero que para Elena son como pepitas de oro.

“Los vasos verdes que tengo en la cocina, por ejemplo, son los que mi abuela usaba en Gijón durante los almuerzos. Y me traen muchísimos recuerdos”.

El café que me acaba de ofrecer Elena lo ha preparado en un molinillo eléctrico con más de 30 años encima. “Que funciona todavía como el primer día”, se ríe. Cuando tiene invitados a comer, separa el agua de la olla de la pasta hervida con un escurridor que María Amelia agitaba en otra época —seguramente, en los 70— para quitarle el almidón al arroz con el que completaba sus guisos. Y cuando duerme lo hace a veces debajo de unas finas sábanas con dos iniciales grabadas que también fueron de su abuela.       

María Amelia era modista. “Pero, fíjate, vestimenta es precisamente lo que no conservo de ella”, comenta Elena. “Sus abrigos se los quedó mi madre: los hizo arreglar y se los continúa poniendo. Y las joyas también las guarda ella. Yo nunca he sido muy apegada al brillo”. Ella prefiere la bolsita para el pan, el palillero, el azucarero. Aquellos artefactos que se han ido involucrando en su historia personal, que de algún modo la preservan. “Y que forman parte de la genealogía de las mujeres de mi familia”.

Según Elena, su abuela era de estatura media y solía pasar desapercibida. “Yo viví largas temporadas con ella porque enviudó relativamente pronto; y jamás tuvimos problemas de convivencia —cuenta—. Cuando murió, me acomodé en su dormitorio. Y cuando me independicé, en los 90, me hice con muchos de los útiles que ella ocupaba”, como la manopla para manipular el horno, que cuelga ahora de un gancho sobre el grifo.

Elena armó su primer ajuar casi sin gastar una peseta, que era la moneda que circulaba en su Asturias natal en aquellos días. Y desde entonces ha procurado no separarse de esa especie de memoria artificial enquistada en algunos de los bártulos que marcaron su niñez y adolescencia. “No se trata solo de cosas que me acompañan. Para mí son imprescindibles porque les doy uso”. Y quizás también porque a través de ellas, cada vez que se muda a otro punto del mapa, como si fuera una rehén del tiempo, vuelve a instalarse donde siempre estuvo: en la casa de su abuela Amelia.

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