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La muerte de Tamayo

Ignacio Vera de Rada propone esta crónica basada en documentos hemerográficos sobre el deceso del pensador y poeta.

La Razón (Edición Impresa) / Ignacio Vera de Rada

13:47 / 14 de noviembre de 2018

Franz Tamayo pasaba sus últimos días en su casa de la calle Loayza, retirado de la vida pública como un viejo sabio que está consciente de que ya no debe perturbar el orden de las cosas con su influencia avasallante. Sin embargo, seguía escribiendo manifiestos, artículos y mensajes a la juventud estudiosa y patriota de Bolivia. Veía, además, los acontecimientos de la Revolución de abril de 1952 desde su balcón, en orgulloso aislamiento. Una vez su nieta, la señora Regina P. Tamayo, prematuramente muerta en enero de 2018, me reveló que su abuelo, ya de anciano, seguía escribiendo versos, unos versos que quedaron inéditos y que al final se perdieron. Y sí se sabe con certidumbre que tocaba el piano, teniendo las puertas de su balcón abiertas, como para que las notas de Beethoven se escapasen hacia el cielo altiplánico de la Hoyada y representasen el canto de quien era el último poeta de alto vuelo en la estepa de América.

Regina me contaba que Tamayo salía frecuentemente a cazar perdices y vizcachas y otro tipo de animalitos que pudiesen ser alimento para su familia. Incluso una vez me dijo que consideraba él un pecado no salir al cerrito donde escribía cuando se le presentaba en la mente un verso, aunque estuviese helando afuera. El frío altiplánico no detenía el vuelo del cóndor que se inspiraba con los cerros y peñascos. Escribía muchos versos en un collado que había en su hacienda de Yaurichambi; era un caminante empedernido de las llanuras altiplánicas; incluso ya de niño hacía largas excursiones por el altiplano, agarrado de la mano de su padre, con quien sostenía largas conversaciones que modelaron su alma e intelecto.

Todas esas actividades de implacable y desafiadora excursión debieron haber ido mermando el vigor de los pulmones del pensador andino y el aparato respiratorio que reposaba dentro de ese robusto tórax indio. Incluso el cóndor más ducho y viejo no puede volar los cielos más implacables ni desafiar los vendavales más helados de las cordilleras, aunque sean éstas su morada milenaria.

Decir estas cosas no es descabellado, pues recuerde o sepa el lector que uno de sus hijos, Ruy Gonzalo Tamayo Galindo, quizá el más querido por el poeta, murió de una enfermedad respiratoria o una complicación de los pulmones porque se le obligó a levantarse a las cinco de la mañana para realizar obligaciones militares en la época de la Guerra del Chaco.

El frío del viento americano, así como puede inspirar los más bellos versos y los más profundos pensamientos, puede aniquilar a quien hizo de él un poema y una filosofía teogónica.

Un corazón andino en reyerta

Las cosas sucedieron así. Era 1956 y el país vivía la euforia revolucionaria del nacionalismo. Tamayo, con 77 años en sus espaldas, se hallaba demacrado en la habitación principal de su casa de la Loayza, leyendo y meditando. Sus medicinas y saberes homeopáticos no habían podido hacer el milagro de sacarlo de la cama. Se levantaba pero el dolor de cabeza y de pecho lo tendía nuevamente. Su lucidez, sin embargo, se mantenía incólume.

Los ensayos publicados en Creación de la pedagogía nacional (1910) no habían perdido su vigencia, es más, por esos años Tamayo publicó un artículo reivindicando las ideas esenciales de la energía nacional propuestas ya en sus textos hace 46 años. Empero, las ideas del radicalismo ya pertenecían a territorios del pasado, impracticables por ser propias de un medio muy alejado; nuevas generaciones de políticos tenían la varilla de la dirección. El anciano pensador lo sabía.

Habían quedado atrás y para siempre los días de comienzos del 1900, cuando vestía levita, sombrero de copa y empuñaba un soberbio bastón cuyo regatón era de color dorado al igual que los botones de su abrigo; ya no caminaba vanidoso por la plaza Murillo. Ahora vestía un poncho de lana muy grueso que daba calor a ese pecho fuerte de poeta del Ande y caminaba dentro de su casa para cavilar. Sigue con el mismo peinado, con los cabellos canosos y espesos tirados hacia ambos lados de la cabeza. La melena simula la de un león.

Estaba sufriendo una inflamación en los oídos que posteriormente se agravó con una complicación pulmonar. Los diarios nacionales y algunas autoridades gubernamentales informaban a la opinión pública casi diariamente sobre el estado del ilustre enfermo. Todos, o al menos los estratos letrados, vivían pendientes del asunto. Y por instrucciones especiales del ministro de Salubridad, Tamayo iba recibiendo atenciones médicas con todos los recursos disponibles; incluso se había puesto en su habitación, al lado de su cama, una cámara de oxígeno.

En la sociedad boliviana se había hecho una especie de incertidumbre colectiva y común por el estado de salud de quien había sido por varias décadas el polémico y orgulloso tribuno radical y luego, ya distanciado del republicanismo y del liberalismo, ministro de Relaciones Exteriores del presidente Daniel Salamanca.

Cuando su corazón estaba cesando de latir, todos sus hijos estaban rodeándolo, estupefactos y consternados ante la escena del agónico existir de un hombre que, como Goethe, aspiró hasta el último momento a ser eso mismo que era desde siempre, un hombre.

Días antes de su muerte, un cura redentorista había entrado en los aposentos del enfermo para darle los auxilios de la religión católica. Un reverendo padre redentorista escuchó las confesiones del poeta y luego le impartió la bendición papal.

La enfermedad había estado presentando altibajos durante los últimos días, pero todo se resolvió en una complicación cardiaca imposible de ser revertida.

Cuando la noticia llegó a las redacciones de los principales periódicos paceños, varios periodistas se hicieron presentes en la casa donde fallecía el pensador.

El deceso se produjo exactamente a las 23.45 del 29 de julio. Sus dos médicos de cabecera, Walter Spdes y Mario Ramírez, se hallaban presentes con los medicamentos que ya nada podían hacer en aquel cuerpo moribundo y a la vez pertinaz. Pero, ¿qué había producido la complicación cardiaca? —La afección pulmonar y la uremia.

El cortejo fúnebre como canto de cisne

Profundo dolor había causado la noticia del fallecimiento del ilustre patricio y hombre público en círculos culturales y en la sociedad en general. El gobierno decretó honores para los restos mortales del pensador y se había decretado tres días de duelo sin suspensión de actividades.

Por voluntad del propio Tamayo, la capilla ardiente se erigió en su casa, donde desde las primeras horas del día siguiente a su muerte muchas personas la visitaron.

El jefe del Estado, Víctor Paz Estenssoro, envió a un edecán para expresar a la familia del extinto su consternación. También se hicieron presentes otras autoridades nacionales y departamentales y dirigentes de centros culturales y líderes sindicales pasaban a visitar el funeral, santiguándose solemnemente. Y en la puerta de la casona, fue puesta una guardia del Ejército desde la mañana. Mediante resoluciones oficiales, también se sumaron al duelo el Ministerio de Educación y la Universidad Mayor de San Andrés. Esta última institución declaró seis días de duelo con suspensión de actividades para el día del entierro.

Igualmente, se pronunciaron los alumnos de Filosofía y Letras del Instituto Normal Superior, la Confederación Universitaria Boliviana y las juventudes del MNR.El gobierno sacó un decreto supremo en el que se establecía el duelo nacional para los días 30 y 31 de julio y 1 de agosto de ese 1956. Se adhirieron también a los homenajes el Magisterio, con una resolución, y la Municipalidad, con una ordenanza.

El sepelio se realizó en el Cementerio General de La Paz a las 16.00. El cortejo fúnebre, en silencioso recogimiento, partió en la calle Loayza y en él se hicieron presentes el Presidente de la República y varios de sus ministros. La escena acaso evocaba el masivo cortejo fúnebre del poeta de Francia, Víctor Hugo, porque en el de Tamayo 50.000 personas siguieron el ataúd que contenía el cuerpo de quien en vida había sido ignorado por los más, porque la verdad es que se lloraba al hombre cuyo arte se desconocía. Antes de llegar al cementerio, se hizo una parada en la Catedral, donde se realizó la misa de cuerpo presente.

En la iglesia, los familiares más próximos al pensador (entre éstos su hijo Harmodio, su hermano José y sus hijos políticos) se hallaban a un costado de la capilla ardiente. Una enorme cantidad de personas, en puertas del templo, esperaba la salida del ataúd. A las 16.15, las masas tuvieron que ser dispersadas por las fuerzas de seguridad para trasladar los restos. En la plaza había bandas de música que ejecutaban tristes y gloriosas melodías.

Luego llegaron a la catedral el presidente del Estado, Paz Estenssoro, y el presidente electo, Hernán Siles Zuazo, junto con el oficial mayor de la Vicepresidencia. Asistieron también el ministro de Gobierno, el secretario de Prensa y Propaganda (Marcial Tamayo, sobrino del fallecido) y el oficial mayor de la Vicepresidencia. Federico Fortún, ministro de Gobierno, hizo uso de la palabra en nombre del gobierno y del MNR en el acto del sepelio.

El obispo auxiliar de la arquidiócesis de La Paz, monseñor Manrique, pronunció el responso final en el atrio de la basílica y acto seguido, Harmodio Tamayo, José Bascopé, Antonio Portocarrero y otras autoridades cargaron en hombros el ataúd.

Antes de iniciarse el cortejo fúnebre, comenzaron los discursos. Discursearon, entre otros más, Federico Fortún, en nombre del gobierno y del MNR; Luis Gutiérrez, en nombre de la Alcaldía; Max Mendoza, en nombre de la Prefectura; Gastón Araoz, en representación de la Universidad; el profesor Fernández Naranjo, en representación de la Facultad de Filosofía y Letras, y Alcira Cardona de la Unión Nacional de Escritores y de Gesta Bárbara. También vertió palabras el señor Julián Céspedes.

Una noticia publicada en un periódico de la época dice que los restos debían haber sido inhumados en un nicho del panteón de notables, pero nunca se hizo así.

Ya en la última morada, o en el camposanto, al final de la tarde, veintiún cañonazos del Ejército escuchados por la ciudad toda anunciaron que el cuerpo de Tamayo había sido enterrado.

El Coro de La Prometheida se escuchó en toda América más fuerte que nunca: ¡Es la hora más honda y más callada!

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