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La muerte de un padre

Antonio Peredo hijo responde una carta de su progenitor.

La Razón / Mabel Franco

00:00 / 02 de septiembre de 2012

Cuando Antonio Peredo Gonzales cumplió 17 años, a fines de los 90, su padre le hizo un regalo especialísimo. Los otros, los de las navidades y demás cumpleaños, no eran propiamente “sus” obsequios, pues quien los elegía era la madre. Aquella vez, don Antonio Peredo Leigue le dio al adolescente un escrito, una especie de larga carta en la que recogía, año tras año, la experiencia de ser el papá del más pequeño de los hijos, el último, el benjamín...

“Mis padres, Antonio y Martha, me dieron muchos otros hermanos, pero yo soy el único de la pareja. En mi familia se cumple eso de que el ‘hermano de mi hermano que no es mi hermano…’”, dice Antonio, el actor, que luego de dos meses de la muerte de su famoso papá puede al fin, quiere, hablar de la pérdida.

Ese hablar, hace dos semanas, ha sido teatral. Una despedida, en muchos sentidos. Porque Antonio se va de La Paz y hasta de Bolivia durante cuatro meses. Uno lo pasará haciendo entrenamiento físico en la Escuela Nacional de Teatro, en Santa Cruz, donde se formó como un profesional de las artes escénicas. Dos meses asistirá a un taller en Sao Paulo (Brasil) sobre técnica actoral y uno más estará en España para especializarse en gestión cultural.

“No es que me esté yendo porque me encuentro deprimido, todo se dio por casualidad”, aclara; pero ese tiempo le ayudará a encontrar el equilibrio para retornar con nuevas ideas, ideas distintas “pues lo que menos deseo es aferrarme a lo que ha funcionado, quiero atreverme al cambio”.

La muerte de un actor, obra en clave de clown, escrita y actuada por Antonio como parte del colectivo El Búnker, cierra asimismo, con las recientes presentaciones, un ciclo de un año y medio que ha sido bueno. La pieza ganó, a fines de 2011, el premio del Festival Bertolt Brecht que se organiza en Cochabamba y Antonio recibió también la distinción como mejor actor.         

En medio de ese andar, su padre, el periodista, político e intelectual, enfermó y murió. “Fui el que más cerca estuvo de él. Vivíamos en la misma casa, no estoy casado como sí mis hermanos, así que naturalmente me ocupé de acompañarlo hasta el final”; incluso ayudó a corregir el maquillaje del rostro ya inanimado y de asumir los actos del velatorio público.

“Siempre lo entendimos así en la familia; don Antonio era una personalidad pública. Pero, también era mi compañero de charlas, de café, de paseos. No era el papá mimoso ni de los que proponen ‘háblame, hijo, qué te sucede’. Conversábamos de política, de libros, de su trabajo, del mío”. Y no es que estos diálogos fuesen cosa de todos los días, “él andaba ocupado siempre y yo también; pero los momentos para estar juntos los aprovechábamos; esto es lo que extraño más de él. He escrito algo para transmitir este sentimiento; pero creo que la forma de hacerlo, para mí, es el teatro”.

La muerte de un actor, como no había sospechado cuando puso en marcha la obra, “me ha servido en la medida en que se habla de esa muerte, pero también de la de mi padre, de la mía, de cualquiera”. Además, “tenía que reencontrarme con mi oficio, con la actuación, que me ha servido para crearme un lugar donde me siento en equilibrio”.

Aquel regalo paterno, que don Antonio tituló Uno más uno diecisiete, ha sido releído por el hijo en estos días de duelo. Y, “como siempre, me hace llorar”.

Además de las lágrimas, la respuesta esta vez ha sido otra carta, la del hijo al padre, titulada Uno más uno treinta y dos, la edad actual del actor que comienza el texto con sus recuerdos de los 18 años. Por ahora, no hay intenciones de publicar el material ni tampoco de traducirlo al lenguaje teatral, “es todavía demasiado íntimo; que puede, en la medida en que es una comunicación entre un padre y un hijo, volverse universal, es cierto, aunque creo que ese salto debe encontrarme con la madurez que todavía no tengo”.

Un hijo en libertad

Antonio dice no haber sentido nunca la tentación de seguir los pasos profesionales del padre y lo explica como una consecuencia de la educación de libertad que recibió en su casa. “De hecho, desde colegio comencé a ser aquello que él no era”. A los 16 años “me inicié en el fútbol y a él no le gusta (el verbo en presente se escapa) para nada. Él estudió Arquitectura antes de ser periodista y a mí, aunque de vez en cuando dibujo algo, nunca me interesó ese campo. Sé que le hubiera complacido que yo estudiase Periodismo, Sociología o Literatura; pero respetó cada elección mía y me acompañó a su manera: asistió al estadio cuando jugué un partido en las divisiones inferiores de Bolívar y acudía al teatro cada vez que yo actuaba; no iba a verme a los camerinos y tampoco me comentaba qué le había parecido, aunque sí hablaba de ello con mi familia y yo terminaba por enterarme de lo que le había gustado o no”.

Para 2013, y desde el espacio El Búnker, que Antonio dirige, las intenciones son las de montar una obra, Palacio quemado, de la que el teatrista prefiere no adelantar más. Y luego están listos dos textos en tono de divertimento que él ha escrito. “Algo que admiro de mi padre es que nunca, ni con sus 76 años, dejó de trabajar por la revolución en el sentido de cambio, un cambio a partir de él mismo. Podía ser un conservador en sus costumbres, pero era muy libre en su forma de pensar. Yo pretendo lo mismo desde mi campo, que es la actuación”.

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