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Entre muertos y colores

Murales en el Cementerio General. Son 70 murales los que custodian el camposanto paceño. Artistas de Bolivia y el mundo han plasmado sus visiones

La Razón (Edición Impresa) / Ignacio Vera de Rada

00:00 / 13 de marzo de 2019

Un niño mira con ternura una calavera pintada —como para ser vista en tercera dimensión— con vivos rojos, naranjas y azules eléctricos. De las órbitas oculares le nacen flores como de un paraíso: dos margaritas de pétalos lozanos y blancos.

¿Quién dijo que no puede haber arte en un campo de muertos? ¿Podría resentirse la fatalidad del destino o aquel lugar que nos espera más allá al ver en el receptáculo de los huesos la expresión viva de lo que los vivos piensan de los muertos? El Cementerio General de la ciudad de La Paz ahora luce 30 nuevos murales, fruto de la tercera versión del encuentro Ñatinta, celebrado en noviembre, y que ahora forman parte del recorrido del camposanto con 70 piezas en total.

Es una pinacoteca y un osario al mismo tiempo. Tiene colores fuertes y llamativos que hacen contraste con esos mausoleos viejos, que no están enjalbegados, que por poco y dejan ver los ataúdes que contienen y que, por eso mismo, causan desolación y crean un ambiente de melancolía infinita para quienes han perdido a sus seres más amados. La pintura hace honor a los muertos felices y, aún más, a los que fueron artistas en sus días de andar por el mundo.

Estos murales son de más o menos tres metros de ancho por tres de alto, aunque hay algunos mucho más altos y, por eso mismo, más imponentes. El tamaño de éstos desafía a la mirada perdida e intimidada del doliente: se los ve de varios metros de distancia, e incluso así hay que levantar los ojos.

Las pinturas cuentan historias. Para Giovanni Flores, quien va al cementerio todos los domingos a dejar rosas en el nicho de sus padres, “son expresiones mexicanas, no son propias de nuestro territorio ni de nuestra cultura; es como si estuviésemos asumiendo identidades de otros lugares del mundo. Obviamente respetamos las creencias y las identidades que tienen cada pueblo, cada región del mundo, pero no deberíamos asumir esas expresiones, sino más bien conservar lo que son nuestras tradiciones y nuestras creencias”. Giovanni es la voz de un conjunto de personas que no está de acuerdo con la mestización de la cultura, particularmente en lo referido a la muerte. Pero más allá de la simbología de estas expresiones, y que puede ser bien o mal valorada, hay indudablemente un valor artístico.

También hay quienes creen que estas expresiones son una falta al decoro fúnebre de los cementerios o de las personas que tienen la herida causada por la pérdida de un ser amado. Erica Cazas, de unas cuatro décadas, que va a visitar la tumba de su padre cada que llega a La Paz, piensa que muchos de estos murales son “muy grotescos; me parece que en el cementerio debería haber más que todo flores. Algunos son como una mofa y no me gustaron. Algunas sí son bonitas pinturas”.

Calaveras vestidas con lluchus andinos, con dos bolas de algodón metidas en las cavidades oculares y un cigarro encendido saliendo de la boca dentada. Una expresión íntima y auténtica. Cristianismo y tradición prehispánica unidos en la pintura han llamado la atención sobre las obras creadas por estos artistas.

En los muros pueden verse obras de los bolivianos Die 77, Oveja 213, Khespy Pacha, Puriskiri, Knorke Leaf, Sak Crew y Nona y de invitados internacionales como Lluc (España), Medianeras (Argentina), Coche (Argentina), Ledorian (Chile), Bufon (Chile), Memo (Chile) y Leiga (Brasil). De hecho, el mural Tiempo, Memoria, Muerte realizado por el artista uruguayo Theic se encuentra entre los mejores 18 murales en el mundo, según el portal especializado All City Canvas.

Lo que se asocia a un lugar triste, ofrece una imagen más alegre. Hay distintos tipos de murales. Algunos poseen colores uniformes y líneas y formas sencillas. Pero los más atractivos son los que representan a las ñatitas (calaveras). Otros son de una melancolía estremecedora, como aquel que representa una chola vestida totalmente de luto, al pie de un mausoleo y con un semblante de total desolación.

“Las tantawawas, que no son casi nada conocidas en el extranjero, se dan a conocer aquí, en estas pinturas. Lo mismo ocurre con las ‘ñatitas’”, opina Jenny Alarcón, funcionaria de la Alcaldía paceña, “ya no ves el cementerio como algo triste”. Ciertamente: los turistas deambulan de un lado a otro con cámaras fotográficas en mano, sin flores y con asombro y alegría.

Así, el cementerio se ha vuelto en una atracción turística, no solo porque en él se hacen actividades y recorridos en el Día de los Muertos o porque en él yacen los huesos de muchísimos personajes ilustres y patricios, sino porque se engalana con las pinturas vigiladas por los muertos.

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